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La llegada de Gustavo Petro a la Casa de Nariño abre una nueva oportunidad de alcanzar una paz negociada con el Ejército de Liberación Nacional (ELN), el último grupo guerrillero en Colombia. El mandatario electo afirmó en medio de la campaña que buscaría “un desarme para lo que queda de la vieja insurgencia, un diálogo político rápido. Desde la perspectiva del nuevo gobierno, el ELN puede dejar las armas en el corto plazo en medio de un proceso de “profundización democrática”. Mientras tanto, el Comando Central del ELN expresó su “plena disposición para avanzar en un proceso de paz que dé continuidad a la Mesa de Conversaciones iniciada en Quito en febrero de 2017”.

El Estado colombiano y el ELN han tenido intentos fallidos de diálogo desde los años 90 con los gobiernos de César Gaviria, Ernesto Samper, Andrés Pastrana, Álvaro Uribe y Juan Manuel Santos. Esta será la primera vez que el ELN tendrá como contraparte a un gobierno de izquierda, lo cual podría abrir oportunidades, pero también generar tensiones sobre cómo se concibe la solución de los asuntos estructurales y la terminación del conflicto armado. El ambiente es favorable, pero no está exento de las complejidades que han acompañado los acercamientos con esta guerrilla.

Para activar el proceso de conversación con el ELN es importante que el gobierno entrante construya pronto una oferta negociadora acotada y factible, tomando en cuenta las lecciones de procesos anteriores. Por parte del ELN, se requiere la decisión y convicción de su comandancia de avanzar en la negociación y poner fin al conflicto armado. Esto implica avanzar en una fase de exploración respaldada por una hoja de ruta con tareas concretas para definir la ingeniería del proceso: su funcionamiento, tiempo, agenda y mecanismos. Es urgente activar la vía de la salida negociada con el ELN, sin perder de vista que sus resultados pueden no ser tan inmediatos. No será un proceso fácil, ni rápido.

Si bien el ELN propone dar continuidad a la Mesa iniciada en Quito hace cinco años, el contexto nacional e internacional ha cambiado. Además, dinámicas internas y externas han impactado a este grupo guerrillero. Por eso se requiere de un proceso renovado que responda a estas condiciones.

La Fundación Ideas para la Paz (FIP) tiene el convencimiento de que la terminación del conflicto armado en Colombia requiere de una paz negociada, con diálogos que necesitan de preparación y apoyo técnico para ser exitosos. En este documento analizamos cuál ha sido el ADN de la negociación con el ELN y sus implicaciones y cuáles son los principales cambios que han ocurrido desde que se interrumpió el proceso en el 2018.

También identificamos una serie de decisiones clave para que el nuevo gobierno active la conversación con esta guerrilla. Se trata de los asuntos que se deben resolver en el plano internacional, nacional y en el ámbito regional-local, resaltando sus implicaciones.

Sobre el ADN de la negociación

El ELN tiene una visión particular sobre la “salida negociada” y diferencias importantes con la perspectiva que tenían las FARC, que deben tenerse en cuenta para el proceso que el nuevo gobierno busca impulsar. A partir de esta comprensión, que debe superar la imagen de una guerrilla intratable, hay que valorar las opciones, definir posiciones y construir una hoja de ruta que lo lleve a buen puerto.

Sobre los cambios desde que se interrumpió el proceso

Desde el inicio de la administración del presidente Duque, el gobierno estableció condiciones para avanzar en el diálogo con el ELN, una de las cuales exigía la liberación de todos los secuestrados y el cese del accionar armado. El atentado del ELN a la Escuela de Cadetes de Policía General Francisco de Paula Santander (ECSAN) el 17 de enero de 2019, que dejó 99 víctimas —dentro de las cuales se encuentran 22 cadetes asesinados— precipitó la decisión de acabar definitivamente con el proceso.

Desde que se firmó el Acuerdo en 2016 entre el gobierno y el ELN, muchas cosas han cambiado, alterando el contexto de la negociación e impactando a sus protagonistas. Reactivar el proceso de diálogo requiere adaptarlo a las nuevas condiciones y posibilidades.

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