Esta columna se publicó originalmente en Colombia 2020, de El Espectador

A mediados de mayo de 2020, Rosa, una líder campesina, organizaba su agenda del día para poder cubrir un turno en el peaje comunitario instalado para prevenir la propagación del coronavirus en un municipio del Catatumbo. Al otro lado del país, María enviaba mensajes de WhatsApp a lideresas del Urabá para organizar una ruta de seguimiento a casos de violencia intrafamiliar y facilitar canales con las comisarías de familia. En esos mismos meses, comunidades del Catatumbo lideraban eventos virtuales, sacaban comunicados, solicitaban medidas humanitarias al Gobierno Nacional y el cese al fuego a los grupos armados ilegales. En Urabá, líderes campesinos advertían sobre el control armado y los riesgos de los jóvenes ante los impactos económicos de la pandemia.

En estos tiempos —como en los más difíciles del conflicto— ese capital humano y social ha persistido en las regiones. “Matamos el miedo para que el miedo no nos mate a nosotras”, dicen las lideresas para explicar cómo sostienen sus procesos organizativos. Sea como viudas, familiares de desaparecidos, víctimas o mujeres ejerciendo su ciudadanía, incluso durante la pandemia han movilizado políticas locales, espacios de diálogo y procesos de denuncia. Más allá de una característica innata por el hecho de ser mujeres, la fuerza de estos liderazgos surge, en parte, por los efectos diferenciados que tiene la violencia: mientras la letal impacta mayoritariamente a los hombres, la sexual tiene como principales víctimas a las mujeres. El efecto es que ellas asumen roles como cabezas de familia, sobrevivientes de hechos de violencia sexual, y se involucran en procesos de reconstrucción de tejidos comunitarios[1].

Por esto, la incorporación del enfoque de género en el Acuerdo de Paz fue un hito en el reconocimiento al impacto del conflicto sobre las mujeres y el rol que juegan en una paz sostenible. Considerando los rezagos que ha tenido la implementación de las medidas de género, en este momento es necesario potenciar iniciativas de equidad que ya existen en los territorios, así como las fuerzas colectivas que se han sostenido y adaptado en medio de la adversidad.

Desde un espacio de diálogo denominado La Incubadora[2], en el que participan lideresas del Urabá antioqueño y el Catatumbo, en la Fundación Ideas para la Paz elaboramos algunas reflexiones que rescatan experiencias de acción colectiva como las de Rosa y María, y de otras mujeres que se preguntan cómo llevar del papel a la práctica políticas de género y paz a sus territorios. Comparto cuatro:

  • El poder del aprendizaje colectivo. Para implementar políticas y medidas de equidad género a partir de las capacidades que hay en lo local, es importante saber: ¿qué es lo que ya trabajan y lideran las organizaciones de mujeres? ¿Por qué han priorizado su trabajo en determinados temas? En veredas, corregimientos y cascos urbanos existen asociaciones, organizaciones y colectivos que se han formado a partir de necesidades y preocupaciones compartidas. Por esto, en ocasiones la ‘fórmula mágica’ de crear organizaciones de mujeres ‘por decreto’ no garantiza la sostenibilidad ni el impacto de proyectos productivos o capital semilla, por poner un ejemplo; primero, es necesario identificar un rumbo e intereses comunes entre las mujeres. Estas experiencias pueden ser también un punto de partida para la formulación de esquemas más efectivos de protección de las lideresas sociales.
  • Reunir agendas diversas para trazar metas comunes. Enfocarse en las mujeres no debe hacer perder de vista que estamos hablando de un universo diverso, no homogéneo. Aunque parezca una obviedad, esto resulta relevante sobre todo en contextos locales donde la interseccionalidad de lo étnico, rural/urbano, y ciclo vital, marca experiencias particulares de exclusión y violencia. Por ejemplo, mientras en Catatumbo a Rosa le interesa el trabajo en las JAC, otras mujeres, como Zenaida, consideran prioritarios los proyectos productivos; María, por su parte, insiste en la recolección y denuncia de casos de violencia sexual, y Adelaida quiere trabajar por la situación de las mujeres migrantes. Los espacios de participación que permitan el reconocimiento e intercambio de esas agendas diversas —en algunos casos también disímiles—, son un primer escalón para identificar acciones estratégicas para los derechos de las mujeres.
  • Sumar y conectar esfuerzos. En regiones donde ha habido avances importantes en la implementación de las medidas de género del Acuerdo de Paz, se han alineado intereses de diferentes sectores y puesto en práctica políticas locales relacionadas con ellas: definición de metas e indicadores claros en los planes de desarrollo, trazadores presupuestales y, sobre todo, veeduría y control de la sociedad civil. Para potenciar esto, es necesario involucrar a diversos actores a las políticas de género y seguir convenciendo sobre su utilidad; al final, los avances en equidad representan beneficios para las comunidades y el Estado. Sobre esto, estamos aún en deuda de entender los mapas regionales de los desafíos de las políticas de género en Colombia.
  • Sin contextos favorables, la capacidad de agencia y resiliencia de las mujeres no llevará a procesos transformadores. Si bien Rosa y María lideran procesos que se han sostenido y pueden potenciarse para generar importantes impactos en sus comunidades, siguen ejerciendo su liderazgo en contextos con pocas garantías de seguridad y profundas vulnerabilidades. Iniciativas de empoderamiento y participación de las mujeres en estas regiones chocan muchas veces con contextos poco favorables que reducen su impacto. Por esto, no se puede descargar en las mujeres la responsabilidad de transformar sus vidas y empoderarse mientras no transformemos los contextos en los que viven; esto incluye, por supuesto, un trabajo amplio de género, que contenga a los hombres y las comunidades. Esto es particularmente relevante para medidas contempladas en el Acuerdo, como la titulación y formalización de tierras para mujeres rurales o el acceso a créditos y proyectos productivos, que, sin un trabajo sobre los contextos, no lograrán el impacto esperado.

Como Rosa y María, muchas lideresas han “matado el miedo” sosteniendo iniciativas de paz en contextos de alta fragilidad. En La Incubadora hemos identificado la necesidad de seguir profundizando en lecturas territoriales sobre los obstáculos y oportunidades del Acuerdo de Paz desde la perspectiva de género, así como en las potencialidades que tienen las experiencias de resiliencia de las mujeres.

Las participantes de esta iniciativa quieren visibilizar dos temas que son prioritarios para potenciar la paz y la equidad: la participación y el empoderamiento económico. En Catatumbo, las lideresas reflexionaron y dieron propuestas sobre cómo impulsar su participación en escenarios de construcción de paz (navegue las infografías que realizamos con sus propuestas en construcción de paz y equidad de género). En Urabá, las mujeres elaboraron mensajes dirigidos a las comunidades, sector empresarial y la institucionalidad sobre la relevancia del empoderamiento económico para la paz territorial (escuche aquí lo que las mujeres de Urabá le quieren decir a estos sectores).

En definitiva, en las regiones hay fuerzas colectivas y aprendizajes que pueden protegerse e incubarse para una paz incluyente.

Conozca la relatorias virtuales: Empoderamiento económico en Urabá y ¿Qué sienten las mujeres en torno al empoderamiento económico?

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[1] Sobre esto, en la Universidad del Valle recopilamos diversas experiencias de acciones colectivas de mujeres por la paz y las potencialidades de la perspectiva de género para el análisis de la movilización por la paz en Colombia: Rodríguez, A., Ibarra, M., Cuesta, I., & Luna, Y. (2018). Mujeres en movimiento. Género, experiencias organizativas y repertorios de acción en Colombia. Cali: Editorial Universidad del Valle.

[2] La estrategia La Incubadora se desarrolla como parte del proyecto “Alcanzar la paz en medio de la fragilidad” implementado por la Fundación Ideas para la paz (FIP) con apoyo del IDRC de Canadá.

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