Este análisis se publicó en Razón Pública el 10 de mayo del 2021

El Gobierno Nacional lanzó una agenda limitada y no concertada para avanzar en los diálogos y atender las demandas que han venido expresándose en las calles durante los últimos días. Es limitada porque menciona temas como la vacunación masiva y la matrícula cero que, si bien son necesidades concretas, están lejos de abordar reformas al sector de la salud o solucionar los problemas en torno a la educación, que han aumentado durante la pandemia.

Esta agenda ignora la dinámica de las actuales demandas, que han mostrado heterogeneidad en su contenido así como en quienes las esgrimen en las calles y fuera de ellas. No podemos pensar tampoco que solo quienes están en las calles son los que articulan las demandas ciudadanas: partidos políticos, grupos de interés y ciudadanos independientes que no han salido, también deben ser oídos en un diálogo amplio y con objetivos concretos que permitan entrar a solucionar las dificultades actuales.

Hay que tomar conciencia de que, si bien muchos de estos problemas vienen del pasado, la pandemia los ha aumentado y cambiado de una forma que no nos permite aún estimar sus efectos sociales, económicos y políticos. Basta con pasearse por el centro de cualquier ciudad para darse cuenta que buena parte del comercio y de la actividad económica han desaparecido.

Pero esa agenda propuesta tiene un elemento que nos llama poderosamente la atención: el punto de la no violencia. No lo entendemos como pareciera ser el consenso social —como la condena de la violencia— que tiene la particularidad, por una parte, de rechazar formas no específicas de la misma y, por la otra, de pararse en estructuras de justificación de alguno de los tipos de violencia.

Contra la justificación de las violencias

Esa justificación de la que hablamos puede observarse en las redes así como en una parte de las declaraciones del Gobierno y de un sector de los movimientos sociales que se manifiestan. En las expresiones de ambos se observa la lógica de la reciprocidad, donde la violencia se justifica porque uno de los actores —estatal o social— ha sido violento y, en consecuencia, debe reprimirse con más violencia. Es decir: a la violencia se responde con una violencia justificada.

Esta lógica, como lo señala Judith Butler en su libro La fuerza de la No violencia, traducido al castellano a comienzos de este año, se ampara también en la idea de la autoprotección: la violencia se justifica para proteger lo cercano, lo que no es ajeno.

Si no empezamos por desmontar las estructuras de justificación de la violencia que inundan nuestros discursos, será casi imposible frenar esta ola de homicidios, lesiones y destrucción que parece venirse encima de nuestra sociedad. Buena parte de la violencia de los últimos días ha sido estimulada por los discursos de políticos y mandatarios, que parecen justificar cierto tipo de violencia. Sería tonto decir que son responsables directos de las acciones concretas en las calles, pero lo que sí es claro es que las declaraciones políticas tienen efectos sobre la realidad. También, que se desconoce al receptor del mensaje y la forma como este lo recibe, y que, a raíz de declaraciones en apariencia inocentes, lo que se activa es un mecanismo que apela a las emociones que rondan a los ciudadanos.

Desde los hechos de noviembre de 2019, esta violencia y su justificación han venido creciendo. Cada vez se destruyen más instalaciones de Policía en las ciudades, cada vez se atenta más contra la vida de estos funcionarios, y cada vez hay más homicidios en las calles cometidos por miembros de la Fuerza Pública, que actúan por fuera de cualquier marco institucional y legal acordado.

La desconfianza en el otro

Todo esto se fundamenta en una profunda desconfianza hacia el otro, hacia todo aquello que consideramos extraño y que no hace parte de nuestro entorno inmediato. Este es otro elemento que permite el desarrollo de la violencia. Tanto en las encuestas que hemos venido realizando en la Fundación Ideas para la Paz (FIP), como en la última encuesta mundial de valores, los colombianos nos caracterizamos por confiar solo en nuestras familias y únicamente nos sentimos seguros con ellas. Los niveles de seguridad y confianza disminuyen de manera drástica al referirse al barrio, la vereda o al municipio donde vivimos. No tenemos mucha capacidad para construir ‘otro’ que se aleje de nuestra experiencia directa, lo que dificulta cualquier posibilidad de reducir la violencia y avanzar en el diálogo.

Pero la tarea inmediata es, por supuesto, desescalar o frenar la espiral de la violencia. En este sentido, han aparecido opciones en el Valle para aliviar la dramática situación que vive Cali, así como en Antioquia, que buscan iniciar diálogos locales con quienes están en las calles. Estas iniciativas son necesarias para comenzar a desmontar la violencia e iniciar los diálogos que conduzcan a la solución de los problemas de fondo. Este es un papel que parecen haber entendido algunos gobiernos locales y otros actores del territorio, y que debe ser tenida en cuenta por el Gobierno Nacional. Si bien son de carácter nacional, las demandas sociales tienen una expresión local.

La discusión sobre el sector de la seguridad

En el marco de la no violencia, la discusión sobre el sector seguridad es uno de los puntos centrales que deben abordarse. Las demandas de los ciudadanos por un uso racional de la fuerza, por el respeto de los derechos humanos o del derecho internacional humanitario, no se limitan a los eventos de la protesta social. La reforma al sector seguridad hace parte de los mecanismos de control de la violencia que tiene un Estado. Pero esta discusión tampoco la podemos poner simplemente en términos de la modificación del cuerpo de policía o de las fuerzas militares; concentrarnos en ese único aspecto es negar que hay toda una estructura de civiles que han estimulado y estimulan el uso de las fuerzas militares y de policía en una determinada dirección.

Si no rompemos esa estructura de justificación de la forma como hemos consolidado el sector de la seguridad, difícilmente superaremos también la oposición entre Estado y Sociedad que, en cada manifestación masiva, se transforma en un campo de batalla. En este sentido, nuestra comprensión del Estado se ha focalizado en el fortalecimiento del control de la violencia, reduciendo muchas veces la idea de un Estado que responde a las necesidades del desarrollo. Otra dicotomía que afecta la posibilidad del diálogo.

Y si bien la discusión sobre el sector seguridad tiene dimensiones técnicas, también requiere contar con expresiones de la ciudadanía. Existe una gran desconfianza y una distancia enorme entre los ciudadanos y la Fuerza Pública que está basada en situaciones reales, como las que hemos visto en las calles.

Superar lo individual

La sucesión de datos sobre muertos y heridos que se han presentado en los últimos días, caracteriza la forma como nos informamos sobre lo que sucede. No existe en realidad una organización o entidad que pueda consolidar todas las piezas que se difunden por las distintas redes, en las que se observan ataques de miembros de la Fuerza Pública a ciudadanos, grupos de motocicletas de la Policía que persiguen a jóvenes en los barrios de la principales ciudades, policías parapetados en las estaciones de Transmilenio disparando de forma indiscriminada, confrontaciones de ciudadanos contra contingentes de policía, ataques a la infraestructura policial en las ciudades por parte de personas agrupadas en piquetes, noches caracterizadas por los incendios, gritos angustiosos de mujeres y hombres cuando son llevados por autoridades, homicidios tenebrosos de personas, y niños y niñas que les gritan a sus padres y madres y a sus papás policías que no salgan a trabajar.

En fin, videos y videos que deshumanizan y humanizan lo que sucede en las calles para movilizar en nosotros un conjunto de emociones antes que un grupo de ideas que nos permitan pensar y superar la ola de violencia en la que estamos. Un momento en el que predomina el dolor y la destrucción.

Esta forma de informarnos sin que exista un consolidado y una reflexión sobre lo que sucede en la calle, nos lleva a entender el fenómeno social por el que estamos pasando solamente de manera individual. Cada vida es llorada, pero tristemente solo por parte de los suyos. Tenemos que romper ese círculo de la reproducción de la información por las redes propias. En las encuestas de homicidios que hicimos entre 2018 y 2019 en Cali, Barranquilla y Quibdó, encontramos que la mayor parte de las noticias eran recibidas y reproducidas por este medio y cómo, además, muchas veces socialmente se culpabiliza a las víctimas de lo sucedido.

El efecto que produce esa forma de informarnos es que tenemos una visión segmentada de la situación, totalmente emocionalizada, que nos impide pensar con claridad para encontrar salidas. Estamos aterrados.

Las tareas son variadas

Si bien la agenda del Gobierno es imperfecta, este punto de la no violencia nos impone a todos —y en especial al Gobierno— la obligación de desmontar ciertos elementos que constituyen la relación con los otros y con las redes de información.

Para empezar, debemos desmontar las estructuras de justificación de nuestra propia violencia. Gobiernos y actores locales juegan un papel fundamental en este proceso. Debemos avanzar en el reconocimiento del otro y extender nuestro círculo de confianza hasta que podamos alcanzar las ficciones de ciudadano que superan las de hermano o familiar. Debemos reconocer que la discusión de la seguridad y de nuestros mecanismos para ejercer la violencia asociados al Estado deben abrirse a las discusiones ciudadanas. Y, finalmente, tenemos que romper y mejorar nuestros mecanismos para informarnos y para construir las realidades, recurriendo a las ideas y las dinámicas de fondo que subyacen los fenómenos, más allá de las emociones fragmentadas con las que somos bombardeados, sin culpar a las víctimas y sin hablar solo entre amigos. Lo contrario es continuar aumentando esta espiral de violencia que podría romper aún más nuestros lazos sociales en las próximas protestas.

* Los autores reconocen que buena parte de estas ideas están inspirados en el libro de Judith Butler “La Fuerza de la No Violencia” e invitan a su lectura crítica.

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