Si se aborda de manera constructiva y propositiva sería ideal, porque no hay tema más político y fundamental para el país que la paz. Pero el uso que se le viene dando al proceso de paz, y a la posibilidad misma de la paz, me parece gravísimo.

Es un asunto que, sin lugar a dudas, debe estar en primera línea del debate. El problema es que terminó trivializado en el afán de las campañas de llegarle al público (al electorado) más primario, o si se quiere, más desinformado al respecto.

Poner la discusión en torno a si habrá paz con o sin impunidad no aporta, porque precisamente el proceso está buscando que no la haya. El debate debe centrarse en el modelo, el plan que permita construir un proceso benéfico para el país.

Abrir las puertas a esa dicotomía, maniquea, de si la paz o la guerra también es improductivo. Son simplificaciones que descalifican el debate y las propuestas de campaña.

Es peligroso, por ejemplo, la campaña en torno a las Fuerzas Armadas y sus víctimas dentro del proceso. O que si se les retiran garantías, o que si se separan ministerialmente Policía y Ejército. Esos son apuntes que juegan con la desinformación de manera perversa. Las encuestas dicen que la gente quiere la paz, pero no nos ponemos de acuerdo en el cómo, y ese debería ser el centro del debate presidencial.