Este año Bogotá arrancó con una aparente paradoja. Mientras el alcalde Gustavo Petro y el presidente Santos celebraban que en 2012 la tasa de homicidios de la capital fue la más baja de los últimos 30 años, en uno de los barrios del sector de Usaquén, al nororiente de la ciudad, se registró una masacre de cinco personas que pertenecían a la banda delincuencial conocida como Los Pascuales. Las muertes se habrían producido por disputas de control territorial entre miembros de una misma familia, conocida en el sector por manejar la venta de droga al menudeo.

Esta situación muestra claramente lo que viene ocurriendo en los últimos 18 años. El homicidio baja, pero persisten focos, aunque atenuados, principalmente por disputas entre o al interior de estructuras criminales y delincuenciales. Según las autoridades, desde hace seis años no se registraba en Bogotá la muerte de cinco personas en un mismo hecho y de ahí que se hayan prendido las alarmas. A esto se suman los continuos operativos contra mafias en la Calle del Bronx, un sector considerado como epicentro del microtráfico en la ciudad.

Pero el clan de Los Pascuales no es la única banda de este tipo en la ciudad. “Hay muchos ‘pascuales’ en Bogotá. Es decir, bandas con las mismas características. Son bandas que se ubican en las periferias de las ciudades, que se han organizado en zonas de alta pobreza y donde la presencia institucional es limitada”, explica Rodolfo Escobedo (ver entrevista), autor del más reciente informe de la Fundación Ideas para la Paz sobre violencia y bandas delincuenciales en Bogotá. Esto no quiere decir que en todas las zonas donde hay pobreza y baja presencia institucional ocurra lo mismo, sino que se produce en donde, además, confluyen redes delincuenciales y criminales. El estudio, titulado Crimen organizado, intensidad y focalización de la violencia homicida en Bogotá: una mirada de largo plazo, es la primera entrega de una serie de informes sobre violencia urbana al que se sumará el análisis de la situación en Cali y en Medellín.

Para la FIP es indispensable tener un enfoque de largo plazo para entender el comportamiento de la violencia homicida. Por eso, en este estudio sobre Bogotá se analizaron las zonas en donde se han concentrado los homicidios en los últimos 34 años (1977 a 2011) para explicar por qué la violencia creció en la década de los ochenta y en los primeros años de los noventa –llegando a su nivel más alto en 1993–, por qué a partir de 1994 su comportamiento bajó y a qué se debe que esta tendencia se mantenga en la actualidad.

El estudio concluye que “ha existido un elevado nivel de concentración de este crimen (homicidio) en puntos específicos de Bogotá a lo largo del tiempo” y que estos están ligados al accionar de organizaciones, estructuras y redes criminales y delincuenciales. Escobedo resalta una alianza entre esmeralderos y narcotraficantes que se forjó en los años ochenta y noventa y “que sirvió de base a la conformación de agrupaciones paramilitares, pero también permitió la formación de agrupaciones delincuenciales dedicadas a delitos contra el patrimonio”.

Para entender el ascenso vertiginoso de los homicidios en los últimos años de los ochenta y principios de los noventa, el estudio de la FIP demuestra que el Cartel de Medellín se inscribió en la ciudad aliándose con sectores de esmeralderos y este acuerdo –que se expresó por medio del uso de la violencia– acabó acaparando los principales nichos delincuenciales y criminales de Bogotá. Pero no fueron los bombazos y los homicidios selectivos que propició el Cartel de Medellín los que explican el ascenso de los homicidios. Fue la dinamización simultánea de las estructuras y redes delincuenciales que existían, lo que activó muchas disputas al interior del crimen organizado e intensificó la violencia en todos los focos de la capital.

En el análisis de la FIP es claro que a partir de 1994 empiezan a disminuir los homicidios en la ciudad, precisamente por efecto de esas alianzas. “A diferencia de Cali y Medellín, donde con frecuencia las disputas entre organizaciones criminales al servicio del narcotráfico están en el trasfondo del elevamiento de los niveles de violencia, en Bogotá, el afianzamiento de una alianza entre sectores de esmeralderos y narcotraficantes explicaría que las disputas no hayan sido la nota predominante”, explica Escobedo. Esta alianza –según el informe de la FIP– se ha perpetuado por cerca de dos décadas.

A esto se suma, en los últimos años, la acción de las autoridades y la consolidación de redes y estructuras criminales y delincuenciales en zonas muy precisas. Este ingrediente elimina de tajo las confrontaciones internas de estas estructuras ilegales, algo que incide directamente en la disminución de los homicidios en la capital.

El estudio también afirma que hasta los años ochenta la violencia se concentró en focos ubicados en el centro de la ciudad, y que desde entonces empezaron a surgir focos en zonas periféricas como la dominada por Los Pascuales. Estas crecieron en la primera mitad de los noventa y adquirieron su nivel más elevado en 1996.

En la radiografía que hace Escobedo de Bogotá han habido nueve focos donde se han concentrado los homicidios en los últimos treinta años, distribuidos entre centro y periferia así: en el centro de la ciudad estarían la zona el centro (Santafé, Mártires y Candelaria), el sur (Puente Aranda, Antonio Nariño, Tunjuelito) y el centro-norte (Siete de Agosto, San Fernando); y en la periferia sobresalen focos en Ciudad Bolívar, Kennedy (Avenida Primera de Mayo, Corabastos), Engativá, Suba (El Rincón, La Gaitana-Lisboa- Bilbao), y finalmente, Bosa y Usaquén (Codito, Verbenal). En cada zona está presente la relación entre los focos de homicidios y estructuras y redes criminales y delincuenciales. Según Escobedo, estos focos tienen continuidad, con ciclos que duran más de una década debido a que las estructuras y redes que los determinan “se asientan, se adaptan y se transforman constantemente”.

En el caso de las redes que se ubican en la zona central de Bogotá, estas se caracterizan por realizar asaltos bancarios (hasta finales de los noventa) y fleteos, paseos millonarios y taquillazos (desde finales de los noventa, principalmente). También hurtos de carros, de residencias, al comercio y otros hurtos a personas de altas cuantías (antes y en la actualidad), y bodegazos (hurtos de bodegas) y acciones de piratería terrestre. Otras redes se pusieron al servicio de paramilitares (años ochenta a mediados de la primera década del nuevo milenio) y de bandas criminales y de narcotraficantes (hasta la actualidad), en actividades como sicariato, cobros y extorsiones. “Han penetrado mercados ilegales como la distribución de droga, el tráfico de armas (Calle del Bronx, San Andresito), el contrabando en general (San Andresito) y el manejo de zonas donde se concentra el trabajo sexual (Barrio Santafé)”, dice el informe.

En la periferia de Bogotá, estas redes criminales estuvieron asociadas a guerrillas (M-19, FARC, ELN) y paramilitares vinculados a otras mafias (esmeralderos, Cartel de Medellín, alianzas de esmeralderos y narcotraficantes), que se disputaron y se turnaron el control de esos sectores, ejerciendo dominio sobre las entradas y salidas de la ciudad. Así mismo, en los ochenta y noventa, intervinieron en los conflictos por la tierra (invasiones, ventas sucesivas de un mismo lote, linderos, desalojos). También incidieron en las disputas internas de los mercados agropecuarios (Corabastos), en la extorsión, la distribución de droga en la ciudad y ejecutaron ‘limpiezas’.

En la periferia, la FIP también destaca el tema de las pandillas y parches que directa e indirectamente han estado vinculados con el homicidio. “En el pasado fueron protagonistas de ajustes de cuentas y, en no pocas ocasiones, algunos de sus integrantes se pusieron al servicio de estructuras más organizadas. A la vez, muchos de ellos fueron víctimas de ‘limpiezas’ en los años ochenta y noventa. Esa práctica persiste en la actualidad, aunque en una proporción más baja”, afirma la FIP. Ciudad Bolívar, Kennedy, Suba y Bosa son casos críticos.

Hoy, el panorama es el siguiente: “Persisten redes delincuenciales y criminales que se forjaron desde los años sesenta y setenta en el marco de disputas entre esmeralderos; que se transformaron en los ochenta y principios de los noventa con la irrupción del Cartel de Medellín; que experimentaron nuevos cambios con la presencia de las AUC debido a la incidencia del Bloque Centauros y de las Autodefensas del Casanare en el nuevo milenio; y que más recientemente, se han puesto al servicio de intereses de narcotraficantes y esmeralderos con tradición y arraigo en la ciudad”.

El informe de la FIP concluye que actualmente las fluctuaciones de los homicidios giran en torno a las disputas por la distribución y el expendio de droga al menudeo y prevé que en el futuro los índices de homicidio en Bogotá no van a incrementarse de manera significativa. “Resulta poco probable que una fuerza del tamaño del Cartel de Medellín irrumpa como lo hizo en el pasado y logre alterar la situación que hoy se vive en los principales focos de la delincuencia”, afirma Escobedo.

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