Artículo publicado en la revista RS # 51

El conflicto armado interno ha sido por décadas uno de los factores más desestabilizadores del entorno de las operaciones empresariales en Colombia. Cerrar el capítulo de casi 50 años de guerra interna es un paso indispensable para que el país salga del pasado y supere el atraso. Esto abrirá el camino para que enfrentemos sin amarras los grandes retos que tenemos como son lograr una presencia estatal adecuada para dar seguridad y bienestar a la sociedad en general y, en últimas, generar condiciones para el desarrollo con equidad.

Para la Fundación Ideas para la Paz (FIP) es claro que firmar la paz con las guerrillas no acabará con todos los tipos de violencia en Colombia, ni con los problemas asociados a éstos. El problema de las drogas seguirá alimentado la violencia así como otras actividades como la minería criminal. También es probable que las filas de las bandas criminales se engrosen con combatientes que no se sumen a la paz. Adicionalmente es bien posible que la protesta social, justificada en muchos casos por la magnitud de las necesidades insatisfechas y el record de promesas incumplidas, se incremente una vez se libere del estigma guerrillero.

Con todo, el fin del conflicto con las guerrillas y la consecuente dejación de las armas de estos grupos es un primer paso necesario para generar entornos estables que faciliten operaciones empresariales sostenibles y condiciones dignas de desarrollo. En muchas ocasiones, los empresarios se han visto obligados a dejar en un segundo lugar temas claves para la sostenibilidad de su negocio asociados a la prosperidad del entorno de su operación, por tener que concentrar esfuerzos en evitar ser víctimas del conflicto o en prevenir que sus prácticas lo alimenten.

La posibilidad de generar un valor compartido es mucho mayor cuando las empresas no tienen que dedicar parte de su energía y recursos a enfrentar amenazas a su seguridad, como pueden ser el ataque a sus instalaciones, el secuestro y la extorsión. Si cerramos el conflicto con las guerrillas, las empresas no tendrán que tener los arreglos de seguridad que hoy requieren y la relación con las comunidades será más fluida, lo cual facilitará su gestión en lo local.

Hoy más que nunca paz, sostenibilidad y prosperidad van de la mano. Visto de esta manera, el proceso de paz en curso, más allá de los acuerdos que se logren con las FARC en La Habana y en una eventual mesa de negociación con el ELN, es una gran oportunidad para que las empresas se enfoquen hacia la construcción de paz entendida como la transformación de los entornos de operación, haciéndolos más sostenibles y prósperos.

En la experiencia colombiana, las empresas han operado y generado riqueza pese al conflicto armado. De igual modo han tenido iniciativas de construcción de paz en el marco de la responsabilidad social empresarial y han introducido lineamientos dentro de su gestión conforme a los estándares internacionales de empresas y derechos humanos.

Ante la perspectiva de un cierre del conflicto con las guerrillas, es indispensable revisar esta experiencia y preguntarse por el aporte que el sector empresarial debe hacer en un escenario de postconflicto. Para que una empresa aporte de manera significativa a la construcción de una paz duradera y estable, es clave que al menos considere tres elementos: 1) que las iniciativas que emprenda en esta materia se tomen a consciencia, 2) que sean parte integral de su gestión y 3) que efectivamente coadyuven a transformar las condiciones locales que facilitan los conflictos.

El primer punto llama la atención sobre la necesidad de que se defina sin ambigüedades qué iniciativas y prácticas en concreto construyen paz. Hay que decirlo claro, no todos los programas sociales de las empresas por bien intencionados que sean, contribuyen per se a la construcción de paz en los términos de transformación del entorno señalados arriba.

La noción de que la construcción de paz sea parte integral de la gestión, implica que las empresas identifiquen qué elementos del entorno pueden detonar conflictos o exacerbarlos dada su operación, para así poder evitarlos. Esto sencillamente requiere de un análisis juicioso de su operación de manera atenta a los conflictos y un ajuste conforme al resultado de tal análisis. Un estudio de este tipo, por ejemplo, puede servir para identificar que prácticas que en principio parecen deseables como el contratar mano de obra local, en algunos casos, pueden aumentar los conflictos sociales existentes o incluso favorecer actores armados ilegales.

En cuanto a las iniciativas transformadoras de las condiciones locales que facilitan los conflictos, el reto está en ir más allá de los programas sueltos de responsabilidad social y meterse de lleno en la noción de sostenibilidad. En este contexto caben iniciativas como las de emprendimiento e innovación social, que no son otra cosa que buscar nuevas soluciones a viejos problemas como la inequidad y la falta de oportunidades. Estos merecen una lectura moderna, que aproveche la tecnología, pero sobre todo, que brinde la posibilidad a las comunidades de participar en la construcción de las soluciones. El emprendimiento y la innovación social sin duda requieren que los empresarios pongan de su parte y que la gente se involucre activamente en los procesos de cambio.

Se trata de promover, por ejemplo, los llamados mercados inclusivos donde se involucra a la base social como parte importante de la cadena y las empresas reacondicionan sus negocios. Este tipo de iniciativas no son extrañas para algunas empresas en el país que operan en zonas de gran conflictividad y han generado sostenibilidad para el negocio y rentabilidad para todos. Si esto ha sido así en medio del conflicto, sumémosle la paz con las guerrillas.

De lograrse que dejen las armas, no acabaremos con toda la violencia y conflictividad en el país, pero sí abriremos una gran ventana de oportunidad para transformarlo y hacerlo más seguro, próspero y equitativo. El sector empresarial será sin duda un actor clave de esta transformación.