Esta columna de opinión se publicó el 31 de octubre de 2020 en La Silla Vacía

Me es difícil no mantener una relación de “te quiero, no te quiero” con la Alcaldesa de Bogotá, Claudia López. Siempre tiene algo en lo que coincido y algo con lo que me distancio. Por ejemplo, coincidí totalmente en su defensa de la vida al inicio de la pandemia. Fue ella quien movilizó a toda la institucionalidad para tomar medidas. Sin embargo, todo se desvaneció cuando insistió, con su actitud tirano-pedagógica, en responsabilizar al ciudadano y cumplir amenazas de sanción.

Otro ejemplo fue cuando sentí alivio de ver a la máxima autoridad de policía (para los que lo ignoren, la Alcaldesa) reclamarle a la Policía el cumplimiento de sus obligaciones constitucionales y legales de protegernos, cuando en las noches septembrinas olvidaron sus deberes. Me pareció valiente y decidida. Pero después, la forma en que muestra sus exigencias a los militares para el control del antiguo Bronx, mientras regaña a su Secretario, la pone en la orilla contraria de la defensa de todo aquello que encarna la seguridad ciudadana.

Esas contradicciones son propias de nuestra cultura, cuestión de la que no podemos escapar fácilmente porque nos define.

Pongo en ese contexto el trino (sigo rogando para que los gobernantes abandonen el Twitter) en el que escribe: “No quiero estigmatizar a los venezolanos, pero…”, frase tan propia de nuestra cultura. “No soy homofóbico, incluso tengo amigos homosexuales, pero…”, “las mujeres son iguales a nosotros, pero...” o “no soy racista, pero...”. Repetimos esas frases en público o en privado, sin darnos cuenta que cuando lo hacemos estamos insistiendo en mantener los prejuicios de nuestra cultura que alimentan la discriminación y la exclusión.

Ese trino es equivocado desde su esencia como persona. Con ese mensaje está insistiendo en ideas emocionalizadas (prejuicios) que son difícilmente rebatibles porque no están en el ámbito de lo racional. Algo contra lo cual ella ha luchado a lo largo de su vida y para ser la gobernante de Bogotá.

Es equivocado desde lo técnico porque, tal como hemos insistido desde hace tres años en la Fundación Ideas para la Paz con los análisis sobre migración y criminalidad, es claro que no existen elementos que puedan afirmar que esa relación existe. Algo que reiteraron con posterioridad un análisis de la Universidad de los Andes y otro en el ámbito de los países andinos.

Es equivocado políticamente porque se alinea con las explicaciones sin fundamento de las autoridades de policía, de esta y otras ciudades, poniendo a los ciudadanos venezolanos como enemigos de los colombianos y objeto preferido del sistema penal. Otro de los elementos que hemos señalado en nuestros análisis cuando explicamos que la insistencia de la relación entre migración y delito es un discurso institucional.

Me preguntan sobre los efectos de ese trino. No puede llegar a decirse que estimula la xenofobia contra los venezolanos, es exagerado. Pero puede legitimar, momentánea y parcialmente, algunos sentimientos. Ya lo ha dicho en otras ocasiones y esas cosas se dicen siempre en medio de una crisis de seguridad (hace unos meses dijo algo parecido en una rueda de prensa).

Más que sus efectos, lo que refleja el trino es la tendencia que tenemos a discriminar y a excluir. Estoy seguro que el efecto reflexivo de la Alcaldesa será tomar medidas para eliminar los estigmas y prejuicios entre los ciudadanos, entre ellos los que existen en contra de los migrantes. Estoy seguro que ella misma empezará pronto por no mencionar a los venezolanos o noruegos que delinquen en Colombia. La nacionalidad no es una variable, como hemos insistido en la FIP.

Por otra parte, indica la desesperación de un gobernante ante la ausencia de verdaderas políticas que sean eficientes en el control de la actividad delictiva. Algo que no es exclusivo de la Alcaldesa, sino que es propio de toda la política de seguridad a nivel nacional, departamental o municipal, donde la predominancia policial tiene tanto éxito.

Otro efecto tendría que ser dejar de culpar al otro, que es una tendencia en el país. La culpa siempre es de otro. Y la pregunta sobre la delincuencia en la ciudad no es si hay o no venezolanos involucrados en actividades delictivas. La pregunta es si tenemos una política efectiva de seguridad ciudadana en la ciudad. La respuesta, tristemente, es que no. Eso no es responsabilidad de ningún extranjero, es nuestra responsabilidad, como muchas cosas que nos suceden. Y en este caso es responsabilidad del Alcalde.

Nota: Me pregunto cómo se puede identificar la nacionalidad de quien delinque viendo una cámara (en Colombia no hay identificación biométrica, eso es en China).

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Para los interesados en nuestros análisis sobre migración y criminalidad:

Informe: Migrantes venezolanos y su impacto en la seguridad: mitos y realidades en: http://www.ideaspaz.org/publications/posts/1783

Podcast: ¿Son los venezolanos los culpables de la criminalidad en el país? en: https://open.spotify.com/episode/5wMO1fT81v9jhdUF...

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