Esta columna de opinión se publicó en La Silla Vacía el 28 de octubre

“Se dice que la primera víctima de la guerra es la verdad. Yo he encontrado que la primera víctima del conflicto es la confianza y la de la polarización tóxica es la curiosidad” John Paul Lederach

Dialogar no es una tarea fácil. Se requiere compromiso, paciencia, constancia, disposición y escucha. En principio pensamos que es algo natural y sencillo porque como seres humanos tenemos la capacidad de comunicarnos y conversar a diario. De lo que no siempre somos conscientes es que dialogar requiere de un esfuerzo adicional. Nos implica salir de nuestra zona de confort, retar nuestros miedos y confiar en personas que usualmente no conocemos y que tienen visiones distintas o antagónicas a las nuestras.

Pero todo reto complejo trae consigo oportunidades valiosas, aunque también enemigos acérrimos. Entre las oportunidades del diálogo está la resolución de conflictos, el reconocimiento del otro y la posibilidad de colaborar hacia un objetivo común. Entre los enemigos están la desconfianza, el miedo y la polarización.

Por eso no es de extrañar que en un país como Colombia, donde hemos vivido un conflicto armado tan largo y complejo, estemos ante la paradoja del diálogo: creer que es el mejor camino, pero no poder utilizarlo del todo por los mismos obstáculos que enfrenta, o haberlo utilizado a medias o sin método, lo que ha terminado por desgastarlo y trivializarlo.

Sí, hemos logrado diálogos improbables. El resultado de uno de los más recientes nos llevó a la firma del Acuerdo de Paz con la guerrilla de las FARC. Por más que el NO ganó en el plebiscito respecto de este acuerdo, las encuestas arrojaron consistentemente, desde 2003 y hasta el 2016, cuando se firmó, que “insistir en los diálogos” era la mejor opción para resolver el problema con las guerrillas[1].

Desde el punto de vista de los conflictos cotidianos también creemos que el diálogo y la negociación son la mejor manera para enfrentarlos. La última medición del Barómetro Colombiano de Reconciliación, realizada en 2019[2], arroja datos contundentes como que 4 de cada 5 personas considera que la agresión verbal o física no es necesaria para solucionar los problemas del día a día. Este es un indicativo del rechazo que sentimos al uso de la violencia para enfrentar nuestros conflictos, lo que sin duda contrasta con los niveles de violencia que hemos vivido y las agresiones de que siguen siendo objeto líderes y defensores de derechos y causas comunitarias en varias regiones del país.

Sin embargo, también vemos la otra cara de la paradoja, los obstáculos del diálogo, que tienen que ver con el sistema polarizado en el que estamos envueltos y la desconfianza creciente. Según el mencionado Barómetro de Reconciliación, el 80% de los colombianos cree que actualmente existen razones para que estemos divididos. Esta percepción es sin duda terreno fértil para la polarización, que como bien dice John Paul Lederach, nos lleva a juzgar en lugar de escuchar, a culpar para evitar responsabilidades y a demonizar al otro en vez de humanizarlo.

Por el lado de la confianza hay datos que muestran un panorama verdaderamente delicado. El mismo Barómetro indica que cerca del 80% de los colombianos desconfía de muchos o todos sus vecinos. Y la confianza en instituciones claves no es más alentadora: el Trust Barometer de Edelman (2019) indica que apenas el 37% de los colombianos confía en el ejecutivo, mientras que la última encuesta de Invamer Gallup (agosto 2020) muestra una opinión abrumadoramente desfavorable frente a la justicia (79%) y algunos órganos de representación política como el Congreso (65%) y los partidos políticos (71%).

Es por eso que hoy tenemos que insistir en el diálogo. La Cumbre de Diálogo Social es una de las experiencias en Colombia que actualmente ofrece mayores posibilidades. Ha sido un proceso impulsado en los últimos dos años por la Procuraduría en el que hemos participado cerca de 300 personas muy diversas, que venimos de distintas partes del país, con diferentes culturas y visiones sobre los temas. En mi caso puedo decir que en este proceso he visto el poder del diálogo para enfrentar prejuicios, construir confianza, transformarnos en lo personal y cambiar relaciones.

Quiero compartir cuatro aprendizajes como participante de este proceso y, en particular, de mi experiencia colaborando durante los últimos seis meses, en medio de la virtualidad, junto con otras 80 personas en la preparación de la quinta Cumbre.

1. La diversidad es clave: las personas que han hecho parte de la Cumbre provienen de diferentes partes del país y de realidades muy distintas, incluyendo líderes sociales y de comunidades étnicas, empresarios, académicos, excombatientes, artistas, campesinos, periodistas, políticos y funcionarios públicos. Esta mezcla puso sobre la mesa la diversidad de opiniones, saberes y perspectivas que hay en el país, lo cual, si bien fue fuente de tensiones, llevó a un diálogo enriquecido entre personas que en circunstancias normales no nos habríamos juntado, haciendo posible que se ventilaran diferencias que para algunos eran de fondo sobre temas álgidos como la intensificación de la violencia, el ingreso mínimo vital, la situación del campo, el narcotráfico, el reconocimiento de nuestra diversidad y la protesta social.

2. El cómo importa: el diálogo no se da de manera espontánea, requiere de soporte y método. En el caso de la Cumbre, el impulso dado por la Procuraduría junto con un equipo motor compuesto por distintas personas que han hecho parte de la misma, dio el soporte indispensable para que fuéramos dando el paso de los encuentros esporádicos, al diálogo como proceso. Esto con una apuesta metodológica que se fue adaptando en la medida que avanzábamos que facilitó el mutuo reconocimiento de los participantes y permitió construir confianza.

3. La disposición de los participantes: el diálogo requiere que las personas que participamos estemos dispuestos no solamente a escuchar genuinamente, sino también a dejar nuestros miedos. Lo primero es que escuchemos para aprender y no para responder. Esto implica que ejercitemos nuestra curiosidad, que seamos pacientes y estemos dispuestos a reconocer lo que las otras personas tienen para decir. De aquí se desprende lo segundo, que es la disposición a aceptar que no siempre tenemos la razón, lo que requiere despojarnos de prejuicios e ideas preconcebidas y aprender a confiar en el otro. En el proceso de la Cumbre fui testigo de cómo los participantes nos fuimos abriendo a cambiar para dialogar y cómo a través del diálogo empezamos a confiar los unos en los otros y fuimos capaces de construir entendimiento colectivo.

4. El diálogo para la acción: los colombianos estamos cansados de dialogar por dialogar. Por eso es clave que podamos desarrollar un proceso que nos permita ir abriendo paso a la definición de objetivos comunes que generen acciones y cambios. En el caso de la Cumbre, particularmente en su fase más reciente, nos propusimos dar ese paso logrando avanzar en diagnósticos comunes y en la construcción de propuestas concretas, a pesar de las diferencias.

Estos aprendizajes me animan a insistir en el diálogo como posibilidad y a hacer un llamado para que el proceso de la Cumbre continúe y se fortalezca más allá de su quita edición. No podemos dejar perder lo avanzado. Colombia necesita mucho más diálogo entre diversos, con método y con foco en la acción y el cambio.

* Este texto contó con la colaboración de Tatiana Mosquera, coordinadora de Transforma, centro de formación y pedagogía de la FIP.

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[1] El termómetro de la paz. Análisis de la opinión de los colombianos frente al proceso de paz con las FARC (2016). Fundación Ideas para la Paz (FIP). Ver: http://www.ideaspaz.org/especiales/termometro/

[2] Este Barómetro es una iniciativa del Programa Alianzas para la Reconciliación (PAR) de USAID y ACDI/ VOCA. Los resultados completos se pueden consultar en: http://www.acdivoca. org.co/barometro/barometro-nacional/resultados-de-la-encuesta/

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