Buenas tardes y gracias por esta invitación. Me siento muy emocionada por el privilegio que me otorgan de compartirles en este día tan importante para ustedes y sus familias, algunas de mis experiencias profesionales y reflexiones sobre el momento que vive Colombia.

Quisiera comenzar haciendo una confidencia:

Le he dedicado toda mi vida profesional a los estudios sobre la seguridad y la paz. Y he tenido la oportunidad de aportar, a lo largo de mi carrera, a debates cruciales para Colombia.

Desde las políticas de sometimiento a la justicia en la época de los carteles del narcotráfico, pasando por la modernización de la policía y el proceso de desmovilización de los paramilitares, hasta las negociaciones de paz que se dieron en el gobierno que termina.

Visto desde afuera parece la materialización de una vida orientada por nobles propósitos. Un continuo esfuerzo de convencimiento y ayuda.

Pues sea este el momento –y que sea un secreto entre ustedes y yo–, para confesar que no fue así.

Hace treinta años cuando me gradué de la universidad, tal y como ustedes lo hacen hoy, no tenía grandes propósitos de aportarle a la sociedad, ni se me pasaba por la cabeza que le dedicaría mis esfuerzos profesionales a la paz de mi país.

En realidad, me movía más confrontar a mi papá.

Rodrigo, mi papá, fue un conocido político y economista del Partido Conservador. Quizás para ustedes su nombre no signifique mucho, pero yo crecí acompañándolo a la plaza pública y escuchando a sus compañeros del directorio decirle que tenía perfil de Presidente.

Claro, a medida que pasan los años he aprendido que siempre hay personas que rodean a los políticos, aduladores profesionales, que les atizan ese defecto tan propio de los hombres. Me refiero a la vanidad.

Al final, el entonces jefe del Partido Conservador, Misael Pastrana, se inclinó por su hijo Andrés, y mi papá se retiró tras una carrera llena de éxitos y de servicios al país.

Rodrigo Llorente, que es el nombre de mi papá –y a quien llevamos dos años extrañando–, fue un hombre de mundo, un intelectual, un humanista. Tenía una biblioteca inmensa. Se levantaba muy temprano en la mañana y escribía sus reflexiones, no sin antes haberse leído toda la prensa nacional y la de su querido Valle del Cauca, así como periódicos y semanarios de otras partes del mundo. Ahora creo que él sí fue uno de esos seres privilegiados que creció con un sentido de propósito, pensando en servirle al país para ayudar a la gente.

Y yo, su hija, la que lo había acompañado en sus correrías, en realidad quería retarlo un poco al momento de mi inicio laboral. Por eso me fui a trabajar al gobierno del Presidente Virgilio Barco, uno de los últimos gobiernos, si no el último, de estirpe puramente liberal, en el cual, para colmo, se excluyó a los conservadores del poder bajo el Esquema Gobierno-Oposición.

Eran los tiempos previos a la Constitución del 91. Un país en efervecencia. Por un lado, los siniestros capos Rodríguez Gacha y Pablo Escobar retaban la capacidad del Estado, y por el otro, avanzaba una profunda reingeniería institucional.

No se olviden que durante la guerra de Escobar, más precisamente en el año 92, Medellín alcanzó a tener una tasa de homicidios de cerca de 400 muertos por cada 100.000 habitantes. Para que comprendan la magnitud del problema, piensen que Bogotá tiene hoy algo más de 14 muertos en esa misma escala, y que hay capitales como Montevideo o Tokio que no superan los cinco. La cifra de Medellín en ese entonces es más que lo que se ha visto en las capitales de Siria e Iraq, incluso en los momentos más álgidos de la guerra.

En la campaña presidencial de 1989 habían matado, por distintas razones, a cinco candidatos y el país aún no entendía que estábamos ante el genocidio de la Unión Patriótica. Me refiero al partido político que se conformó en el marco de las negociaciones de paz entre el Gobierno de Belisario Betancur y las FARC.

El secuestro cometido por las guerrillas estaba llegando a niveles intolerables. La toma de pueblos y los atentados contra la infraestructura energética y vial eran el pan de cada día.

Pese a ello, o quizás precisamente por ello, en el Estado y en la sociedad civil se fue consolidando un grupo de servidores públicos y de gente interesada que trabajábamos con la idea de que era necesario superar ese estado de cosas. Era el impulso que generaba una urgencia manifiesta.

Por eso se tomaron decisiones arriesgadas y difíciles. Decisiones que implicaron desmovilizar unas guerrillas de izquierda a través del mecanismo del indulto, darles participación política a las cabezas y ayudas económicas a la base. Decisiones que implicaron imaginar una política de sometimiento para criminales que era generosa y, hasta cierto punto, injusta, sólo con la idea de generar incentivos para la rendición de sus grupos. Medidas que implicaron revivir la extradición, que tanto sufrimiento había generado. Medidas que llevaron a poner a un civil a cargo de la cartera de Defensa después de más de 50 años de estar en manos de los militares.

Y fue en este punto donde mi decisión de rebeldía con mi padre se convirtió en una decisión de compromiso.

Teníamos, en ese momento, la conciencia colectiva de que era necesario cambiar. Y de que el cambio era una responsabilidad moral. Teníamos conciencia de las necesidades más urgentes de las personas, y de las afectaciones del conflicto en campos y ciudades.

Con el tiempo hemos podido hacer balances sobre esas decisiones y, como en el ámbito de toda política pública, los resultados no son del todo satisfactorios. Sin duda, hubo muchas cosas que se pudieron haber hecho mejor.

Sin embargo, y para satisfacción de esta generación que ha empeñado su esfuerzo en creer que podemos tener un mejor país, hoy Colombia vive el mejor momento de su historia.

Nunca antes en los últimos treinta años habíamos tenido menos muertos, menos secuestros y menos ataques a la infraestructura. Menos enfrentamientos con grupos irregulares y menos inestabilidad económica.

Hemos venido, a paso lento, bajando la pobreza y subiendo los estándares de vida. Hemos mejorado ostensiblemente la cobertura de la educación pública y, pese a los enormes defectos de nuestro sistema de salud, hoy tenemos menos mortalidad materna y de recién nacidos, y la esperanza de vida ha subido casi 10 años.

Pero ojo. No estoy hablando del legado del presidente Juan Manuel Santos, sino de toda una generación de líderes más o menos anónimos que, desde mediados de la década de los 80, creyeron, en medio de la crisis más atroz, que otra Colombia era posible. Y es a ellos a quienes debemos, como expresión fundamental, el pacto Constitucional del 91.

Ahora quisiera hacer unas reflexiones sobre el momento actual:

En términos generales creo que la historia reciente de nuestro país refleja con fuerza la estrecha relación que existe entre el deseo de cambio y la compasión. Si, la compasión.

En el caso de mi generación, fue la conciencia incubada por las necesidades urgentes de las personas, la que nos hizo creer que el cambio institucional no sólo era posible, sino que era necesario.

Hoy veo con preocupación que, en medio del apaciguamiento del conflicto armado, esta relación entre cambio y compasión, motor central de la Constitución del 91 y sus desarrollos, se encuentra amenazada.

Por eso, apreciados graduandos, quiero hacerles un llamado. Un llamado desesperado a no olvidar que en nuestro país todavía hay mucho sufrimiento y que ese sufrimiento clama por el cambio. Sí, mi llamado es al liderazgo para el cambio.

Pienso, como lo ha sugerido James Doty, director del Centro para la Investigación sobre la Compasión y el Altruismo de la Universidad de Stanford, que una vida llena de sentido se relaciona mucho con la capacidad que tenemos para expresar una característica que es resultado de nuestra evolución como especie. Me refiero a la capacidad para cuidar y preocuparnos por la vida de las otras personas. De sentir empatía por las necesidades del otro.

Precisamente, la discusión que se dio a lo largo de todo el proceso de paz con las FARC y, de manera más marcada, después del plebiscito, en el que ganaron los opositores de los acuerdos de La Habana, ha sido uno de los escenarios que ha puesto a prueba nuestra compasión por los demás.

Por un lado, está la compasión por las víctimas, que claman por la verdad, por la justicia, por la reparación y por las garantías de no repetición. Es conmovedor conocer historias como la de Ciro Galindo, campesino de Coyaima, Tolima, víctima de todas las formas de violencia, recreada en el documental Ciro y yo que se proyectó a principios de este año y que todos los colombianos deberíamos ver muchas veces. Es doloroso reconocer que nuestra sociedad ha generado tantas heridas.

Pero también está la compasión por las FARC como victimarios. Y sé que esta no es una idea popular.

Se trata de una compasión importante, porque no sólo es necesario comprender las motivaciones y las dinámicas sociales que los llevaron a cometer delitos atroces, sino porque la justicia para sus víctimas no se generará si llevamos a la guerrilla hasta el trato indigno.

Creo que ustedes, que son jóvenes inteligentes y privilegiados, comprenden la enorme diferencia que existe entre una justicia que repara y una venganza que castiga.

No es un momento fácil porque estamos frente a numerosas heridas y porque queremos que los responsables paguen por lo que hicieron. Sin embargo, insisto en la relación entre compasión y cambio.

Ese deseo de venganza es el que ha venido nublando la oportunidad de cambio que representa el proceso de paz de los últimos años. Una oportunidad no solo para las víctimas, sino para los millones de colombianos que viven en las zonas más afectadas por la guerra.

Sabemos que hay dolores imperdonables, pero la historia nos muestra que la compasión es capaz de generar cambios.

Y esa es la razón por la que me da tanta tristeza escuchar a los políticos que no expresan la más mínima compasión frente a las FARC y sus líderes. A aquellos que quisieran verlos pudriéndose, en un avión de la DEA, expulsados de la sociedad.

Yo comparto con ellos la indignación por las atrocidades que cometieron, pero también creo que si no somos compasivos con ellos, no tenemos, realmente, la capacidad de cambiar.

Quizás sepan que este llamado a la compasión, como una emoción necesaria en la política, no es una idea aislada. Hace parte de una línea de pensamiento que viene exaltando las ventajas que tienen los comportamientos empáticos para las sociedades.

La filósofa Martha Nussbaum, que estuvo hace poco en el país, hace una aguda defensa de la compasión en su libro “Emociones políticas”. En él, muestra cómo la compasión es más poderosa para construir lazos y acuerdos que los acuerdos legales y formales, los cuales, por regla general, terminan siendo rígidos, lentos e ineficaces.

En la misma línea, creo que la compasión no puede agotarse en actos caritativos o actitudes contemplativas y tristes en las que predomina, en realidad, el deseo de confortar a los demás.

Para el también filósofo Peter Singer, en la compasión es posible juntar el corazón y el cerebro para tomar decisiones inteligentes que tengan un efecto real sobre la vida de los otros.

De hecho, un alumno de Singer, el joven Will Crouch, creó el website llamado “80.000 horas”, que orienta a los bachilleres qué carrera pueden elegir si quieren ayudar a los demás. Muchos se sorprenden cuando leen que Crouch recomienda carreras relacionadas con los bancos y los negocios con el simple argumento de que quien gana más, si es compasivo, puede ayudar más.

También hay portales como “thelifeyoucansave.com” y “Give well” que analizan los impactos de las ONG, para poder hacer compasión transformadora.

Dentro de los estudios recientes hay uno que me impacta mucho y que considero relevante para este momento de sus vidas.

Me refiero al trabajo de Daniel Martin y de Emma Seppala sobre la llamada “Orientación a la dominación social”.

Este concepto, que en la psicología social se conoce por sus siglas en inglés, como SDO, designa la propensión que tienen las personas a aceptar o a promover que en la sociedad haya grupos dominantes y superiores. Se trata del ethos de la competitividad, que divide al mundo entre ganadores y perdedores.

Martin y Seppala han mostrado que las personas que tienen altos niveles de SDO (orientación a la dominación social) se suelen involucrar en organizaciones y trabajos que incrementan la desigualdad social, que dependen de un status elevado y que justifican actitudes como el racismo y el sexismo.

Aún más, este tipo de personas suelen justificar las diferencias como resultado de un asunto “natural” y como la expresión justa de que cada quien tiene lo que merece.

En los EEUU se han hecho varios estudios sobre la propensión al SDO de estudiantes de bachillerato y universitarios recién graduados. Y se han encontrado correlaciones escalofriantes.

Los jóvenes con mayor orientación a la dominación social (SDO) se involucran, por lo general, en carreras de las que esperan posiciones de poder, como economía o negocios y gobierno. Esas carreras tienden, a lo largo del aprendizaje, a enfatizar los rasgos del SDO, haciendo que sean considerados como fracasados los egresados que no obtienen altos ingresos o posiciones relevantes.

Lo duro de esta situación es que las personas que son más proclives a la dominancia social tienden a ser menos empáticos y compasivos. Y eso explica, en parte, los prejuicios que existen sobre lo exitoso que es alguien que se dedica a ayudar a los demás.

Ustedes han tenido el privilegio de estudiar en este claustro y tienen la oportunidad de iniciar carreras llenas de reconocimiento. Algunos incluso ocuparán lugares de poder, desde los cuales tomarán decisiones importantes para las vidas de muchos.

Quiero pedirles, hoy en su grado, que no olviden todo lo que hemos progresado, pero también que tengan en mente todo lo que hay por delante.

Quizás, en algunos años, la violencia directa y los grupos de guerrilla ya no sean la preocupación principal, pero seguramente seguirá pendiente el saldo sobre la pobreza, la equidad y la integración de nuestro país.

Para transitar juntos ese camino necesitamos el impulso de la urgencia y la consciencia compasiva de que podemos vivir mejor. Mi generación ha hecho su esfuerzo. Ahora es su turno.

* Agradezco los aportes a este texto de Sergio Guarín, Director del Área de Posconflicto y Construcción de Paz de la FIP.