Este artículo se publicó originalmente en francés en la edición de diciembre de 2017 de la revista Bibliothèque(s) de la Asociación de los Bibliotecarios de Francia.

Las relaciones entre el desarrollo y la paz son múltiples y diversas. Hay quienes afirman que el subdesarrollo o, mejor, la no garantía de los estándares básicos de vida para amplios sectores de la población, es uno de los desencadenantes básicos de la violencia. Desde esta perspectiva, la llamada “justicia social” es uno de los elementos necesarios de la paz y su ausencia explica, al menos en parte, la existencia del crimen organizado y de las organizaciones rebeldes. Si el modelo económico es incluyente y genera oportunidades, las posibilidades de que haya violencia generalizada son claramente menores.

Otra interpretación propone que el desarrollo, o el avance de las naciones, supone una serie de cambios no sólo en las condiciones objetivas de vida sino en el modo en que se hacen las cosas. Y que esos modos son incompatibles con distintos tipos de violencia. En otras palabras, el desarrollo parecería implicar el acatamiento de las normas, el orden social, la predictibilidad de los comportamientos y la universalidad en los códigos de conducta. Y ello se constituiría en una barrera para el conjunto de prácticas violentas. Desde esta perspectiva, los dispositivos culturales y las pautas de interacción que se generan en el desarrollo fomentan, per se, una convivencia pacífica.

Ambas aproximaciones tienen ventajas explicativas y, a la vez, serias limitaciones. En el primer caso, evidencio un problema al suponer que existe una ecuación absoluta entre pobreza, vulnerabilidad y violencia, y al asentar un argumento que “justifica” la acción violenta en presencia de la debilidad estatal. Existe abundante evidencia histórica que muestra que la pobreza no necesariamente propicia violencia y que en sociedades con conflictos extendidos son precisamente las élites y los detentadores de la riqueza los que están en capacidad de promover y perpetuar los escenarios de confrontación.

La paz surge de la posibilidad real de tramitar antagonismos y tensiones que existen sobre distintas nociones de desarrollo entre grupos con intereses contrapuestos

Asimismo, la tesis “cultural” sobre el desarrollo ignora que incluso en los países con estándares más altos de vida y con modos de relación propensos al diálogo existen comportamientos criminales y antisociales que atentan contra la integridad física de las personas. En esos casos, los Estados están claramente más preparados para enfrentar estos desafíos de convivencia y, con ello, brindan a los ciudadanos mayores niveles de confianza que les permiten, a su vez, reclamar por el incumplimiento de las normas y los acuerdos. En esta segunda visión es crucial evitar la tentación de comprender el desarrollo y la paz como realidades que están circunscritas a un grupo social restringido. Como si fueran resultados exclusivos de la experiencia histórica occidental.

En vista de lo anterior, propongo una tercera interpretación de esa relación, la cual formularé de manera breve en la siguiente frase. Creo que la paz surge de la posibilidad real de tramitar los antagonismos y las tensiones que existen sobre las distintas nociones de desarrollo entre grupos con intereses contrapuestos, y de construir acuerdos, así sea parciales, sobre los horizontes de la acción pública y el aprovechamiento de los recursos naturales. Y no me refiero con ello a la paz comprendida como ausencia absoluta de violencia, sino que no se generalice el exterminio o el daño hacia quien piensa de manera diferente sobre asuntos en los cuales están en juego mis propios intereses.

Desde mi perspectiva, la violencia que ha vivido Colombia se ha debido en gran medida a la costumbre de imponer una noción restringida y elitista de desarrollo y de defenderla a sangre y fuego. Ese viejo conflicto armado colombiano, que se está cerrando parcialmente gracias a la negociación de paz con las FARC-EP, expresa, por ejemplo, nuestra incapacidad para acordar medidas de desarrollo rural entre los actores relevantes en los territorios. Por eso, si a pesar de “sacar” del mercado de la violencia la marca de las FARC-EP, no somos capaces de tomar decisiones colectivas sobre el futuro del desarrollo rural, lo más probable es que retornemos a nuestra situación inicial de miedo y violencia.

Y ¿cómo se tramitan esos antagonismos? De ningún otro modo que dialogando. Sin embargo, no es un diálogo cualquiera, pues requiere temas, enfoques y métodos particulares.

Un diálogo verdadero sobre el desarrollo implica, en los términos propuestos por el llamado enfoque de capacidades, que podamos identificar, promover y defender aquello que nos parece “valioso”. Lo que en Colombia, y gracias al aporte del sacerdote jesuita Francisco de Roux, hemos llamado la “vida querida”. Efectivamente, las obras de Martha Nussbaum y de Amartya Sen nos muestran que el desarrollo es la posibilidad de tomar decisiones que nos permitan vivir del modo en que consideramos valioso. Y es de allí de donde se deriva la estrecha relación que existe entre el desarrollo y la libertad. Una nación desarrollada, desde este punto de vista, le da cabida a las aspiraciones de las personas y les brinda las condiciones para hacerlas realidad [1].

La violencia que ha vivido Colombia se ha debido en gran medida a la costumbre de imponer una noción restringida y elitista de desarrollo y de defenderla a sangre y fuego

Ese proceso mediante el cual se identifica y se aclara lo que es “valioso” para las personas y para las comunidades merece algunas líneas aparte. No se trata de un asunto menor, ni mucho menos mecánico. Estamos hablando de una pregunta de tipo existencial, cuya respuesta se relaciona con la construcción de la identidad y con la definición de las aspiraciones y de los sueños sobre el futuro.

La identificación de eso a lo que le damos valor define los límites entre lo imprescindible y lo insustancial, entre lo que expresa la dignidad de la vida o lo que es transable en un pacto social. Dicho de otro modo, sin saber qué es lo que le da sentido a nuestra vida en comunidad y qué es lo valioso para las personas, resulta prácticamente imposible sostener un diálogo democrático para la construcción de los acuerdos colectivos, simplemente porque careceríamos del criterio para deliberar y priorizar.

Cuando, por ejemplo, una comunidad se define a sí misma como campesina y desde ese lugar defiende su derecho a vivir del trabajo de su tierra sin aceptar la extracción de hidrocarburos, o cuando un grupo indígena se opone a la construcción de una hidroeléctrica para proteger los santuarios de sus ancestros, o cuando un grupo de jóvenes rechaza la pavimentación de un parque en el que se practica diariamente el baseball, lo que sucede es que los elementos que son valiosos para las personas y las comunidades ocupan su verdadero lugar, y la tradición, la cultura y los imaginarios se vuelven tan importantes como los datos científicos sobre la riqueza del suelo, o que los estudios técnicos sobre la conveniencia urbanística de determinada decisión.

Ahora bien. La indisoluble alianza que existe entre la libertad y el desarrollo nos debe recordar que los elementos “valiosos” no pueden ser impuestos a nadie, ni supuestos de antemano, incluso entre miembros de un mismo pueblo o habitantes con características similares. A lo que me refiero es a que existe la posibilidad de que los valores cambien en el tiempo y que lo que importó para los abuelos ya no interese a los nietos. Subrayo que las identidades no son fijas y que no siempre la tradición y la conservación de los rasgos históricos de la cultura se constituyen en lugares de valoración obligatorios. En cierto modo, la vida en comunidad es un constante redescubrimiento de lo valioso y un esfuerzo permanente por tejer los sentidos que le dan soporte a las prácticas cotidianas.

Un diálogo verdadero sobre el desarrollo implica que podamos promover y defender aquello que nos parece “valioso”

Esa capacidad tan humana de darle valor a las personas, a los acontecimientos, a los objetos y a las circunstancias, más allá de las realidades objetivas que estos expresan, es instintiva y natural y, al mismo tiempo, requiere algo de introspección, apertura y poesía. Porque no todo lo que constituye nuestra vida la llena de sentido, y no todas nuestras relaciones, actitudes y comportamientos se alinean con nuestros propósitos más íntimos y vitales. La capacidad de asombrarse con las cosas simples, la posibilidad de descubrir la belleza y la grandeza en los actos, la posibilidad de percibir cuando un comportamiento o decisión resuena con nuestros valores hacen parte del conjunto de operaciones que realizamos los seres humanos de manera cotidiana y que son tan racionales como emocionales.

Y esa es la importancia que tiene el universo de la lectura en la construcción de condiciones para el diálogo constructivo sobre la visión del desarrollo. Dado que este diálogo no es sólo sobre decisiones técnicas sino sobre los aspectos que consideramos “valiosos”, es preciso que se dé en un marco enriquecido de referencias, de narrativas y de posibilidades distintas. A lo que me refiero es a que resulta fundamentalmente diferente plantearse la pregunta por lo valioso en el caso de una comunidad pobre en experiencias de intercambio, que hacerlo en el marco de “lecturas” diversas sobre el mundo y sus posibilidades.

En los textos clásicos de Nussbaum y Sen se reflexiona de modo frecuente sobre la importancia que tiene generar las condiciones para que las aspiraciones de la gente no queden atrapadas en sus propias limitaciones materiales y socioeconómicas. De allí se ha partido para resaltar el carácter fundamental que tienen la alfabetización y la educación en el desarrollo de las capacidades. Sin embargo, la educación formal en la mayoría de modelos occidentales, implica la reiteración de modelos sobre lo deseable e imágenes prefiguradas sobre el futuro.

En efecto, en la selección de los currículos y en el diseño mismo de las prácticas de enseñanza y aprendizaje, se reproducen discursos y paradigmas que no necesariamente responden a las expectativas de las comunidades territoriales.

Las bibliotecas tienen otra naturaleza. En ellas, los usuarios seleccionan sus materiales de consulta y construyen, en algunos casos con la ayuda de bibliotecarios perspicaces, su propio itinerario de reflexión e indagación. De búsqueda autónoma del sentido. En ese acto de elección, que es profundamente individual y hasta cierto punto caótico, se expresa con vigor la libertad a la que nos referimos cuando hablamos de descubrir lo que es valioso para cada uno de nosotros.

Las bibliotecas y el mundo del libro y la lectura son lugares idóneos para ejercitar la necesidad de asignarle “valor” a lo que nos rodea y de generar diálogos distintos sobre nuestros deseos y nuestro futuro

En las bibliotecas, además, tenemos acceso no sólo a materiales informativos o de divulgación, sino a obras de arte en distintos formatos y posibilidades, como el cuento, la novela y la poesía. Esta posibilidad de estar en contacto con lenguajes metafóricos y generadores de experiencias estéticas, es fundamental a la hora de identificar lo valioso para las personas. Efectivamente, el contacto con lo sublime, lo abstracto, lo desafiante y lo no-racional hace parte de las herramientas que nos permiten ver más allá de la realidad material evidente que posee el mundo que nos rodea.

También es importante saber que las bibliotecas, como espacio, se constituyen en lugares de encuentro y, en muchas ocasiones en Colombia, en santuarios de tranquilidad. Resulta frecuente encontrar personas que buscan en el ambiente de las bibliotecas el sosiego y la calma, o el encuentro con los demás por fuera de las dinámicas del trabajo. La biblioteca no rechaza, no impone un ritmo de rendimiento. Una biblioteca recibe a un alumno aventajado, a una niña con problemas de aprendizaje, a un habitante de calle o a un esquizoide paranoico. A un joven interesado y a una madre desempleada. Y a todos se ofrece por igual. En la biblioteca no hay otra condición que la ciudadanía y el manejo de los códigos básicos de comportamiento, lo cual es mucho menos que en el mundo de las escuelas y en los lugares más comunes de la interacción formal.

Esta característica hace que las bibliotecas y el mundo del libro y la lectura sean lugares idóneos para ejercitar esa necesidad de asignarle “valor” a lo que nos rodea, y de generar diálogos distintos sobre nuestros deseos y nuestro futuro. De este modo, hacer conciencia de lo que tenemos, de lo que queremos y de lo que podemos mediante la conversación con el otro y con uno mismo que implica la lectura, resulta un mecanismo tremendamente eficaz para construir puentes de entendimiento y reconciliación. Puesto en nuestros términos, las sociedades que logran hacer cambios a través de procesos colectivos leen, releen, escriben sobre su propia vida, sobre la vida en comunidad y sobre sus experiencias.

Necesitamos muchas bibliotecas de puertas abiertas y muchos bibliotecarios dispuestos a promover sesiones de lectura y conversación sobre lo que somos y lo que queremos. Esta guerra cruenta que ha dejado más de 6 millones de desplazados y más de 250.000 asesinatos no sólo ha dejado profundas heridas físicas y psicológicas. También nos ha legado la conciencia de que el futuro ya está echado y de que los colombianos sabemos lidiar con la muerte súbita y grotesca. Apalancado en este destino trágico, cualquier decisión sobre el futuro se torna sombría, y cualquier consideración sobre el desarrollo se transforma en una elección binaria, sin discusión ni matices.

Necesitamos saber que sí podemos conversar sobre el desarrollo de manera libre y espontánea, y que al hacerlo no necesariamente estaremos reproduciendo las narrativas que nos han condenado a la violencia. Nosotros podemos elegir un destino distinto, y darle valor a las cosas conforme lo ilumina nuestra lección de vida como colectivo. Y en ese proceso, el mundo del libro y de las bibliotecas tiene muchísimo que aportar.

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[1] En algunos de los párrafos se hace una adaptación de la conferencia que el autor dictó en el marco del 13° Congreso Nacional de Lectura, “Iguales pero diversos”.