Esta columna de opinión se publicó el 13 de septiembre de 2017 en El Espectador

Lo que era un simple rumor parece haberse convertido en realidad el domingo pasado, cuando Édgar Mesías Salgado Aragón o ‘Rodrigo Cadete’ se apartó del proceso de paz. Por el momento, se sabe que ‘Cadete’ se fugó con otros hombres que arribaron a una tienda donde se detuvo, en compañía de sus escoltas, a tomarse una gaseosa en la vía que conduce de Cartagena del Chairá a El Paujil (Caquetá). Y digo rumor porque desde septiembre de 2016 ya se oía a pobladores del Bajo Ariari decir que algo se estaba cocinando “con la gente de ‘Cadete’”. De hecho, se dice que habría sido enviado a la zona veredal de Icononzo (Tolima), ante todo, por razones de seguridad y para aislarlo de su zona de influencia histórica –Vistahermosa (Meta)– donde operó el frente 27, que estuvo bajo su mando.

Pero más allá de las circunstancias que rodean este hecho, la salida de ‘Cadete’ no es un asunto de poca monta. En primer lugar, se trata de una persona con un recorrido y experiencia militar en las FARC de más de 35 años (habría ingresado a los 15 años de edad), tiempo durante el cual pasó por los frentes 15, 14, 16 y 40. Participó en acciones militares como las tomas de Puerto Rico y Mapiripán (Meta), Miraflores (Guaviare), Mitú (Vaupés), Coreguaje (Putumayo) y Santa Bárbara (Guaviare), quizá de las más violentas de esa guerrilla contra las Fuerzas Militares. Estas acciones son recordadas no sólo por su alto esfuerzo militar, en el que las FARC demostraron tener gran capacidad para movilizar tropa e incluso superar la iniciativa del Estado colombiano, sino por los secuestros masivos de integrantes de la Fuerza Pública.

En segundo lugar, la salida de ‘Cadete’ se inscribe en la evolución de las disidencias de las FARC en el oriente del país. A partir del monitoreo que hemos venido haciendo en la FIP desde mayo de 2016, y que próximamente publicaremos en un detallado informe, identificamos –excluyendo las de Nariño y Cauca– al menos cuatro estructuras de disidencias en el oriente del país, cada una con sus respectivas historias de surgimiento, tipos de liderazgos, repertorios de violencia, relacionamiento con la población civil y posibles trayectorias.

Sin entrar en detalle, están las de los frentes 7, 14 y 62, en Caquetá, sur de Meta y el occidente de Guaviare, encabezadas por ‘Gentil Duarte’ y ‘Euclides Mora’; la del frente 40, en Mesetas, al mando de ‘Calarcá’; las del frente 1 en Guaviare, Vaupés, occidente de Guanía y sur de Meta con contados exintegrantes del 44, al mando de ‘Iván Mordisco’; y las del Acacio Medina y frente 16 que continuarían en Vichada y se estarían moviendo hacia el norte, en los límites entre Casanare y Arauca, lideradas por ‘John 40’ y ‘Chuspas’, respectivamente.

Bajo una mirada de largo plazo, el frente 27, que comandó 'Cadete', es producto del desdoblamiento de los frentes 1 y 7 en 1984. ‘Cadete’ es un guerrillero que conoce toda la región por su trayectoria en diferentes estructuras de la organización y tiene redes sociales debido a sus lazos con los comandantes e integrantes de las estructuras mencionadas arriba. Si bien no es posible identificar, en el corto plazo, una unión de todas las disidencias en el oriente colombiano, la evidencia que hemos recogido en trabajo de campo nos permite plantear que hay coordinación, lo que podría marcar el camino que siga ‘Cadete’.

Uno escenario identificado en Guaviare, Meta y Caquetá es la posibilidad del surgimiento de un grupo guerrillero, con todas las capacidades, que aglutine los disidentes de los frentes 7, 14, 40 y 62, mientras que ‘Iván Mordisco’ seguiría un camino más independiente. Por la historia de ‘Cadete’ en las FARC y su presunta afinidad con ‘Gentil Duarte’, se teme que pase a engrosar dicho proyecto de estructura más amplia, lo cual le daría presencia territorial en algunas zonas de Caquetá (Cartagena del Chairá, San Vicente del Caguán), Meta (Macarena, Uribe, Mesetas, Vistahermosa, Puerto Rico, Puerto Concordia, Mapiripán) y Guaviare (El Retorno y San José), así como cierto control fluvial en los ríos Duda, Ariari, Guayabero, Guaviare y Caquetá. ¿Cuál será el camino que siga ‘Cadete’? El tiempo lo dirá.

Por último, la salida de ‘Cadete’ es un campanazo de alerta en al menos dos aspectos:

El primero, respecto a la necesidad de implementar medidas o patrones de cohesión (holding patterns) que eviten que la estructura se siga desmoronando. El argumento no es negar las posibilidades del individuo una vez deja las armas, sino llamar la atención sobre la necesidad de hacer una transición en el que los liderazgos de la organización, en especial los mandos medios, sean empleados para amortiguar o estabilizar las brechas que se van generando entre la comandancia y la tropa rasa. Esto ya sucedió en otros procesos y sus protagonistas, del EPL y las AUC, han advertido sobre la necesidad de evitar que se formen “élites” en la transición, como lo explicamos en un estudio en 2015.

Desafortunadamente ya está sucediendo y ‘Cadete’ parece ser el ejemplo perfecto de quien no encuentra posibilidades de movilidad horizontal o vertical en la transición; es decir, parece haber más condiciones para seguir en la guerra y lo que preocupa es que otros seguirán ese camino, al tiempo que no se vislumbra una estrategia de reincorporación y mucho menos para mandos medios.

El segundo aspecto tiene que ver con apartarse del lugar común que reduce las trayectorias de los grupos armados en escenarios de posacuerdo a motivaciones económicas, como la continuidad del narcotráfico. Si se apela a ese proxy, habría disidencias en todas las regiones de Colombia donde hay coca. Y así no es. Es necesario profundizar en la lectura organizacional, en la forma en qué se transforman los principios de lealtad, disciplina y cohesión de una organización que está saliendo de la guerra, así como en las redes sociales, de las cuales, los guerreros no se apartan de un día para otro. De esta forma, se podría identificar otro tipo de vulnerabilidades como aquellas redes que contribuyan a la reincorporación y que potencialmente los pueden jalonar de nuevo a la ilegalidad, como lo advertimos en la FIP en un estudio de 2014.

Así, mientras unos se devanan los sesos pensando en cómo llamar a estos grupos (“residual” parece ser la palabra de moda) y otros fantasean con el número de municipios y departamentos en los que estarían (como si esto fuera un espejo adecuado para determinar la gravedad del problema), yo pregunto: ¿Cuántos Cadetes, Gentiles y Mordiscos se necesitan para que el Gobierno y, en especial, las entidades responsables de la reincorporación, preexistentes y nuevas, se pongan de acuerdo y tomen medidas para contener a la organización en sus diferentes niveles?