Publicado en Razón Pública

Se fortalece el Ejército

Algunas investigaciones han mostrado de manera convincente cómo, desde mediados del siglo XIX, la élite social colombiana y el bipartidismo optaron por mantener al ejército reducido a su mínima expresión. Con ello querían disminuir el riesgo de golpe de Estado, aun al costo del desorden social que implicaría la falta de presencia militar. Esta estrategia pudo mantenerse durante la mayor parte del siglo XX, gracias a la inexistencia de amenazas externas y a la marginalidad territorial de las guerrillas [1].

El cambio hacia el fortalecimiento de la Fuerza Pública, iniciado desde el gobierno Pastrana, se explicaría por tres factores:

  1. Los recursos del narcotráfico aumentaron la capacidad destructiva de guerrillas y paramilitares. Con esto pusieron en jaque la autoridad del Estado y la estabilidad de zonas neurálgicas desde el punto de vista económico. El arreglo institucional se volvió demasiado costoso y arriesgado.
  2. Desde el fin de la Guerra Fría, Estados Unidos dejó de apoyar regímenes anticomunistas y de alentar golpes militares. Pero además, ante la serie de gobiernos de izquierda que tuvo la región durante la última década del siglo XX, el apoyo de Estados Unidos a Colombia se convertía en tabla de salvación para no ser sometido al ostracismo continental (ostracismo que de manera vicaria sí asumió Colombia durante los dos gobiernos de Uribe).
  3. Los territorios y recursos naturales que se encuentran en zonas controladas por la guerrilla o por los grupos armados del narcotráfico han dejado de ser remotos baldíos de difícil y costoso aprovechamiento económico. Hoy son, por el contrario, el continente de preciadísimos recursos mineros, energéticos, forestales y de potencial explotación agroindustrial. Es muy alto el costo de oportunidad de no tenerlos disponibles para la inversión y la explotación en el futuro mediato o inmediato.

Estos planteamientos, invocados después de la muerte de Alfonso Cano, podrían leerse en clave triunfalista: ¡El Estado, cuando quiso… pudo! Es decir, cuando decidió fortalecerse militarmente, demostró que podía derrotar a la guerrilla que desafiaba su soberanía interior. Sólo se necesitaba que la dirigencia nacional tuviera los incentivos adecuados para lograr la pacificación. Esto es parcial pero no totalmente cierto.

Cómo fue derrotada la guerrilla

Las FARC, en la Séptima Conferencia de 1982, se convirtieron en las FARC-EP, esto es, Ejército del Pueblo. A partir de ese momento, su crecimiento militar fue sostenido hasta el año 2002. No sólo lograron adelantar una guerra de movimientos, cuya culminación emblemática fue la toma de Mitú en 1998, sino que lograron una “zona de despeje” del tamaño de Suiza entre la Orinoquía y la Amazonía colombianas. Eduardo Pizarro calcula que, en sus mejores momentos, las FARC pudieron llegar a reunir 70.000 personas entre combatientes, milicianos y personal de apoyo.

El embate militar iniciado por Uribe tuvo resultados contundentes durante su segundo gobierno. Fue el hoy presidente Santos quien, en calidad de ministro de Defensa, les propinó los más duros golpes sobre la base de la estrategia de los objetivos de alto valor estratégico, esto es, apuntando a eliminar a los miembros del Secretariado. La aplicación consistente de esa estrategia condujo a la muerte de Reyes, Iván Ríos, el Mono Jojoy y Alfonso Cano, además de otros mandos altos y medios de esa guerrilla.

En el pasado las FARC mostraron ser capaces de soportar derrotas militares significativas, pero es la primera vez que deben enfrentar la extrema vulnerabilidad de sus mandos. Para entender la importancia que las FARC les atribuían a esos activos estratégicos, basta con recordar que en el momento de su muerte el Mono Jojoy tenía una guardia pretoriana de 800 hombres, es decir, el Bloque Oriental estaba concentrado en protegerlo.

Paradójicamente, el entorno de seguridad de Alfonso Cano cuando fue acorralado por el ejército era extremadamente pobre, según la información conocida hasta el momento.

Es indudable que la inteligencia tecnológica y humana aplicada a la guerra irregular por el gobierno colombiano, con amplia asesoría de Estados Unidos e Israel, ha tenido un efecto devastador sobre las FARC, hasta el punto de que, unida a las operaciones militares, les ha infligido la derrota estratégica.

El riesgo de la nueva bonanza

Pero esa realidad evidente no puede hacer olvidar que la guerrilla es la estrategia de la debilidad. Esto es, como no se tiene el poder para crear un ejército regular, se opta por crear una guerrilla. De manera que hasta un pequeño grupo de personas, armadas con fusiles, convicciones o codicia, puede iniciar el camino ascendente y convertirse en una amenaza real para la seguridad colectiva.

Así lo demostró el ELN, que resurgió de sus cenizas (30 hombres en armas) después de la estruendosa derrota de Anorí en la década de los 70. Este renacer se debió a la millonaria extorsión pagada por la empresa alemana Mannesmann AG, constructora del oleoducto Río Zulia-Caño Limón. La organización guerrillera supo aprovechar la vulnerabilidad de una industria que operaba sobre un territorio vasto y difícil de proteger.

Pues bien, Colombia hoy ha adoptado un modelo de crecimiento económico altamente dependiente de la actividad minera y energética, así como de actividades agroindustriales a “campo abierto”. Y en este punto cabe recordar que, según Paul Collier, tal estructura productiva es justamente la que hace más viable la financiación de grupos armados no estatales. Y me atrevo a añadir: así estos tengan motivaciones ideológicas, o alguna mezcla entre codicia y convicción.

Mejor una salida negociada

El gobierno Santos presentó un proyecto de reforma para incorporar el concepto de justicia transicional en la Constitución y establecer lo que denominó “un marco jurídico para la paz”; gracias a esa iniciativa se ha vuelto a debatir la posibilidad de una negociación de paz con los grupos guerrilleros.

La muerte de Alfonso Cano parecería contradecir ese objetivo, en tanto un liderazgo fuerte podría ser más necesario para adelantar la negociación que para seguir la guerra. Y sin embargo esa acción militar es perfectamente coherente con la idea de lograr “un país sin guerrilla, por la razón o por la fuerza”.

Ahora bien, la preferencia por la negociación política sigue teniendo fuerte asidero en los siguientes argumentos: a) Podría ayudar a detener el proceso de degradación y criminalización de las FARC, pues reactivaría el mando central y la vigencia de la organización. La solución militar, por el contrario, agudizaría ese deterioro. b) Disminuiría, aunque no eliminaría, el riesgo de resurgimiento de grupos armados. c) Permitiría iniciar el proceso de reforma del sector seguridad, esto es, el desmonte gradual de la gigantesca Fuerza Militar que hoy arrastra el presupuesto del Estado, con lo cual podría fortalecerse a la Policía Nacional, más idónea para garantizar la seguridad ciudadana. Además, con los recursos liberados, empezarían a percibirse los llamados “dividendos de la paz”. d) Finalmente, tal vez el mayor beneficio de la negociación sería un “cierre” deliberado, amplio y riguroso del conflicto. Podríamos conocer la verdad de lo ocurrido, identificar a las víctimas de la guerrilla, aplicar la justicia por los crímenes de lesa humanidad cometidos. Podríamos también diseñar y aplicar un proceso de desmovilización que disminuya el riesgo de repetición de la violencia. Sería una verdadera profilaxis espiritual para Colombia.

Bienvenida la lucha sin armas

Dicho todo lo anterior sobre el conflicto armado interno y sus deseables desenlaces, creo que hay que poner énfasis en algo que ha sido nítidamente develado por la noticia de la muerte de Alfonso Cano.

Aunque fue casual la simultaneidad entre ese hecho y la pacífica movilización estudiantil contra la propuesta de reforma a la educación, puso en evidencia que el hecho bélico no desplazó al hecho político democrático. Por el contrario, la movilización estudiantil sofocó la noticia de la muerte de Cano. Los jóvenes y los no tan jóvenes están mirando hacia delante. ¿Qué puede tener más futuro que el diseño de un sistema educativo? ¿Qué puede anclarnos más en el pasado que la inveterada costumbre de resolver a bala nuestras diferencias?

El camino escogido por los estudiantes para manifestar su inconformidad ha sido el pacífico ejercicio del derecho a deliberar públicamente. El gobierno, más allá de algunos errores, ha mostrado que puede respetar una expresión democrática, sin machismo camorrero. Esperemos que mantenga esa actitud y que cumpla con su oferta de abrir una discusión amplia y democrática del nuevo proyecto educativo. Eso sería abrirle paso a un país que aún está por construirse.

Parafraseando el título de la novela de Hemingway — retomado después por León Valencia — podría decirse que Colombia quiere decir adiós a las armas, aunque hay que reconocer que, hasta en las mejores familias del país, sigue habiendo gente partidaria de la “corriente eléctrica”.