Esta columna de opinión se publicó el 9 de mayo de 2017 en Las 2 Orillas

El miedo al “castrochavismo” es, esencialmente, un miedo terrible al pueblo. Y no hablo del concepto al que alude la ciencia política cuando se refiere al depositario de la voluntad suprema. Cuando digo pueblo me refiero a los pobres, a las clases menos favorecidas, a los desposeídos, a quienes tienen poco que perder.

A quienes soportan el pésimo servicio de transporte público de las ciudades y viajan dos o tres horas para llegar a sus trabajos al despuntar el alba. Los que no tienen la “prepagada” y, por efecto de ello, claudican a las enfermedades más básicas en un mar de burocracia. Quienes, por falta de dinero, se ven obligados a confiar en un sistema educativo que se las arregla para desafiar la tesis universal que predica que la escuela equipara las posibilidades de quienes han nacido en mundos distintos.

La fábula del “castrochavismo” enseña que si en medio de un sistema oprobioso – en el que la desigualdad y la pobreza campean sin freno– aparece una alternativa política que desprecia a los ricos e incendia los corazones del pueblo, su simiente hallará buena tierra. Y esa es la razón por la que resulta tan temible la aparición de un puñado de comunistas bajados del monte.

Contradictoria y compleja relación con la voluntad popular: mientras se alega la necesidad de evitar la tentación del radical revolucionario como opción de gobierno, se piensa que ese mismo pueblo es la fuente de estabilidad

Quienes predican esta historia suponen que el atractivo de estos bandidos anacrónicos se puede juntar con los argumentos de los extremistas de siempre, para consolidar una alianza siniestra e impredecible que tendrá una verdadera posibilidad de tomarse el poder. Cuando eso pase, el régimen cobrará venganza contra los ricos, perjudicará la estructura productiva, erosionará la posibilidad de hacer negocios y acabará con la estabilidad política en la que se suceden sin interrupción, las distintas vertientes de la misma orilla ideológica.

Claro está que para que eso suceda será necesario que los radicales se tomen el poder por la fuerza o lo ganen en jornadas electorales. La primera es una posibilidad remota en un país como Colombia de tradición militar conservadora y de una no-beligerancia prácticamente unánime. El verdadero riesgo está en las urnas. Y es allí donde se hace evidente el primario temor al pueblo.

Ese pueblo adolorido que no sabe bien qué es lo que conviene de verdad y que, engañado por promesas de humo, podría apoyar un proyecto suicida del orden económico y social. En cierto modo, este miedo absoluto a los pobres surge de la certeza de haber reproducido un arreglo con pies de barro y de haber construido vastas riquezas sobre los hombros de quienes menos tienen.

Se trata de una relación tremendamente contradictoria y compleja con la voluntad popular. Al mismo tiempo que se alega la necesidad de evitar a toda costa la tentación del radical revolucionario como opción de gobierno, se piensa que ese mismo pueblo, tratado como hijo menor, es la fuente preciada de la estabilidad y del llamado “estado de opinión”.

Tratar a los ciudadanos como mayores de edad capaces de tomar las decisiones centrales de la vida económica y social es, en política, el mayor desafío de la paz.

Ese pueblo, conducido con mano firme, confirma a su pastor y es fiel a su amo. Pero si se deja libre y sin cuidado es arisco y pendenciero, y en su afán de justicia corre el riesgo de darle un mordisco a su dueño. Hay que evitar a toda costa una votación en la que exista la posibilidad de que gane un comunista, pero hay que promover la misma votación para que el pueblo piadoso afirme que no está bien que los gais sean padres y madres con todas sus letras.

Esa relación ambigua y oscura con la voluntad popular se ha hecho presente en distintos momentos de la historia. En el fin del proceso esclavista, la oposición férrea de los hacendados a la manumisión y al voto fue uno de sus más evidentes síntomas.

Abandonar ese afán de domesticación y tratar a los ciudadanos como mayores de edad capaces de tomar las decisiones centrales de la vida económica y social es, en política, el mayor desafío de la paz.