Esta columna de opinión se publicó el 4 de mayo de 2017 en la Silla Vacía

Después de años de especulaciones y de imaginación frecuentemente desbordada por parte de sus contradictores, el proyecto político de las FARC por fin asomó la cara. Y lo hizo en la forma de un texto formidable: las “Tesis de Abril. Por un partido para construir la paz y la perspectiva democrático-popular”.

Con este documento de 46 páginas, que contiene la reflexión preparatoria para la fundación del partido político de las FARC, los supuestos demonios del país fariano quedaron expuestos al escrutinio y la discusión pública. Pocas cosas tan saludables como esa en nuestro contexto de polarización.

Ya no hay más ambigüedades. Se encuentran allí la ratificación del proyecto comunista, la manifestación explícita del propósito de transformar radicalmente el sistema, la elegía a la propuesta bolivariana y una versión de la historia que ahora, y gracias al proceso de paz, podemos leer y discutir, sin con ello desafiar la legalidad ni ser cómplices del terrorismo.

Las tesis muestran que la organización fariana posee un pensamiento profundo y diverso, y que comprende con matices la realidad nacional e internacional. Se trata, sin duda alguna, de una pieza central para armar el rompecabezas del que podrá ser, si hacemos las cosas bien, el debate político del país en paz.

Para abrir el diálogo sobre este texto (que puede leerse desde muchos ángulos), propongo una consideración sobre la rebeldía y la paz.

El mayor de los miedos de las FARC es que el proceso de paz implique tan solo una entrega de armas y una absorción suya –sin mayores consecuencias– por parte del sistema dominante

En varios apartes de las “Tesis”, las FARC muestran que los fantasmas que se cernieron sobre la negociación no fueron exclusivos de las derechas. En su texto hay un feroz testimonio del que es el mayor de sus miedos: que el proceso de paz implique tan solo una entrega de armas y una absorción suya –sin mayores consecuencias– por parte del sistema dominante.

Así lo explican de su puño y letra:

“[La implementación del Acuerdo Final] … se adelantará en medio de una aguda contienda política e intensa lucha de clases, en el que las facciones de las clases dominantes […] desplegarán todos sus esfuerzos para impedir que se logre desatar la potencia transformadora contenida en los acuerdos, y en el que otros sectores de esas clases pretenderán reducirlos a la simple absorción sistémica de nuestra rebelión armada tras su tránsito a la vida política legal, buscando limitarlos a un proceso de reincorporación guerrillera sin afectación significativa del orden social vigente en nuestro país”. (pp.26-27)

Se trata de un asunto central. Las FARC ingresan a la negociación tras reconocer implícitamente que la lucha armada es una ruta inviable para transformar las estructuras del país y, al hacerlo, aceptan al Estado como interlocutor válido para conversar sobre las transformaciones pendientes, así, desde su perspectiva, éste Estado sea una herramienta de dominación de las clases dominantes.

En el análisis táctico de los diálogos de paz, las FARC fueron seguramente conscientes de su posición de desventaja militar y de llegar a la mesa, si bien sin la derrota a cuestas, sin la capacidad real de realizar una revolución armada.

No se trataba de un diálogo en el que el rebelde ha puesto en jaque al establecimiento y, a cambio de la dejación de armas, le exige cambios profundos. La Habana fue más bien la conversación de dos viejos conocidos, incapaces de derrotarse entre sí. Una charla en la que se barajaron de nuevo las cartas acerca de lo que era posible o no pactar.

El rebelde triunfa o muere. Y ese es su destino trágico. Destino que, al parecer, está tan absurdamente bien incorporado por el ELN. En el triunfo, el rebelde desaparece y le deja a la sociedad un estado de cosas distinto. Lo demás es burocracia. En la muerte, en general con tintes heroicos, cobra caro su desaparición. Cuando las cosas suceden de otro modo, se trata de una suerte de domesticación.

El proceso de paz de La Habana demostró que la sociedad colombiana fue capaz de domesticar su proceso revolucionario

Y pese al dolor que puedan sentir las FARC a propósito de este asunto, la verdad es que el proceso de paz demostró que la sociedad colombiana fue capaz de domesticar su proceso revolucionario.

Y lo hizo por muchas vías. Una, en cierto modo inesperada, fue la infiltración del narcotráfico en sus estructuras y proyecto, y la consecuente pérdida de legitimidad que debido a ello tuvo su lucha. Otra fue la del desarrollo paulatino del proyecto constituyente del 91 y el renacimiento en el debate público sobre la necesidad de repensar el desarrollo rural. Basta con leer el informe de recomendaciones de la Misión para la transformación del campo, para entender que el problema rural es una consciencia creciente en círculos muy diversos.

Lo que sucedió fue que la sociedad colombiana, en medio de un debate interno que aún no tiene un desenlace claro, fue labrando con dificultad las rutas de una profundización democrática que, aunque inconclusa, está muy por delante de los planteamientos que, sobre derechos, sostenibilidad y desarrollo, defienden las FARC.

Los debates que hemos tenido sobre bienes ecológicos y minería y sobre mecanismos de participación ciudadana, y las discusiones sobre derechos de las minorías y desarrollo rural, son sólo algunas muestras de que los verdaderos cambios se han comenzado a realizar en medio del desarrollo institucional. Y eso fue lo que hizo posible el acuerdo de paz.

En sus Tesis, las FARC aceptan la división de las élites, pero, desde su punto de vista, la élite con la que pactaron –que es su crítica principal al Gobierno–, no desea una verdadera transformación. Esa es la élite que quiere que el sistema los absorba sin hacer mucho esfuerzo.

A ellos se refieren de la siguiente manera:

“Sabemos que hay sectores políticos y económicos heterogéneos […] que, si bien están comprometidos con lo convenido y han demostrado voluntad política para su implementación inicial (normativa), tienen en mente un concepto de paz acotado principalmente al “desarme de las FARC” y a la materialización de algunas de las reformas de los acuerdos, por considerarlas modernizantes del régimen político y del propio modelo económico. Su visión de la transición de limita al remozamiento de la dominación de clase; a la apelación de la reforma para un mejor apuntalamiento del proyecto hegemónico; al perfeccionamiento de los procedimientos de la democracia liberal y a los dividendos económicos (y gananciales) de la paz”. (p.45-46)

Sí hay un importante grupo de colombianos y colombianas ansiosos de un verdadero cambio para el país

Esta visión, que pretende alejar de sí los temores de la domesticación, dista de ser fiel a la realidad. No sólo porque es imposible comprender a las élites como grupos homogéneos y claramente identificables, sino porque sí hay un importante grupo de colombianos y colombianas ansiosos de un verdadero cambio para el país.

Y no sólo son trabajadores de las clases menos favorecidas, ni miembros de las poblaciones aisladas y vulnerables. Son mujeres y hombres de las clases medias y de ciudades intermedias, científicos, profesores y trabajadores de bancos. Gente de negocios con grandes capitales, funcionarios públicos, ministros y trabajadores del salario mínimo. Todos ellos saben que nuestro sistema requiere un cambio, y comprenden la desigualdad, la corrupción, la inseguridad y la pobreza como los síntomas de una anomalía que hace falta atender con seriedad.

Qué distinto hubiera sido que las FARC aceptaran que la historia del país ya no necesitaba su proyecto armado y anunciaran que habían tomado la decisión de transformarse en una organización política legal porque comprendieron que el país estaba listo para hacer transformaciones importantes sin la necesidad de un fusil al lado.

Pero ese, por supuesto, es un relato muy poco poético para una organización tan concentrada en defender su rebeldía. Ojalá este acento no haga que su verdadero aporte, en este nuevo contexto, resulte apenas marginal.