Esta columna de opinión se publicó el 28 de febrero de 2017 en Las 2 Orillas

Las FARC entendieron rápidamente que un desempeño pobre de su antiguo aliado en Cuba aceita su argumento anti-establecimiento y les permite estrenarse en la arena política ganándose el favor de los frustrados.

Por eso, mostrar los retrasos y dificultades de la ejecución del Acuerdo les permite evidenciar su voluntad de paz y justificar, al mismo tiempo, la necesidad de un cambio en el modo en que se toman las decisiones. Proponer un cambio en los protagonistas. Cada vez son más frecuentes los trinos de los jefes guerrilleros denunciando la pobreza del desempeño estatal en varios frentes. La salud y la educación dentro de sus favoritos.

Las FARC contra el Estado.

Por su parte, los políticos con aspiraciones presidenciales, que saben que la paz con las FARC no es rentable políticamente, y que la identificación con el Gobierno Santos es poco menos que una condena en la opinión pública, elaboran sus argumentos de crítica al Estado haciendo eco a las reservas expresadas bien sea por los militares o por las organizaciones en defensa de los derechos humanos sobre la Jurisdicción de Paz, según convenga a su interpretación.

En un ámbito que ha trazado la agenda anticorrupción como un reemplazo prematuro a la del Acuerdo de Paz, los escándalos de Odebrecht son un bocado de cardenal para quienes quieren posicionar la tesis según la cual el verdadero cáncer de Colombia es el abuso y malversación de los fondos públicos y las prácticas siniestras de adjudicación de obras y contratos.

Particular ventaja han obtenido de esta tesis los políticos de la oposición, quienes han alimentado la imagen de un gobierno que no solo negoció un arreglo de paz perjudicial, sino que exacerbó los peores males del clientelismo. En tiempos de teja y cemento, todos son demócratas convencidos de la deliberación y la probidad.

Los candidatos contra el Estado.

Es hora de apoyar con ánimo crítico pero constructivo las muchas iniciativas de las agendas públicas en lo nacional y territorial

Sin embargo, lo más crítico del panorama actual es que el Estado mismo es el que obra de manera más flagrante contra sus intereses.

Un fiscal que se retracta de acusaciones temerarias, un proyecto de reforma política sin el menor contexto y respaldo, las refriegas entre el Ministerio de Minas y los mandatarios locales por los recursos territoriales derivados de la sobretasa a la gasolina, la permanencia en sus cargos de un vicepresidente y unos ministros que son candidatos, las contradicciones en materia de lucha contra las drogas y una casi total descoordinación entre las dependencias encargadas del posconflicto, son solo algunos de los reflejos de un Estado que se comporta errático y sin liderazgo, en un momento crítico de nuestra historia.

El Estado contra el Estado.

Colombia atraviesa una coyuntura única. Tras más de cincuenta años de combate, la guerrilla más vieja y persistente del hemisferio occidental accedió a dejar las armas tras un acuerdo de paz. Las imágenes que nos dejó la “última marcha” de los guerrilleros nos muestran la dimensión de la transformación que estamos viviendo. Familias enteras desplazándose hacia las zonas de transición, como cerrando el círculo de esa amarga historia que comenzó hace ya varias décadas en Marquetalia.

A su vez, y tras los nubarrones producidos por la caída en la renta petrolera, la economía colombiana comienza a dar leves síntomas de repunte. Los difíciles indicadores sobre consumo interno y dinamismo económico comienzan a contrastar con una inflación que vuelve lentamente a su cauce natural y la estabilización del precio de los commodities. A eso hay que sumar los nuevos proyectos que se hacen posibles por efecto de la finalización de una guerra.

Lo más crítico del panorama actual es que el Estado mismo es el que obra de manera más flagrante contra sus intereses

Ambas agendas, la de la economía y la paz, necesitan para su consolidación un clima de confianza y un fuerte sentido de posibilidad. Es hora de comenzar a creer que somos los colombianos los dueños de nuestro destino, y que si tomamos buenas decisiones en este momento tan particular podremos comenzar a transitar por la senda del crecimiento sostenible y con redistribución de bienestar.

Es hora de apoyar con ánimo crítico pero constructivo las muchas iniciativas de las agendas públicas en los niveles nacional y territorial, que proponen acciones concretas para ese escenario único que es el posconflicto. Es hora de aupar a la Agencia de Renovación Territorial para que haga posible el punto de desarrollo rural de La Habana, y de apoyar a la Agencia de Tierras y de Desarrollo Rural para que destraben de una buena vez esas limitaciones que suponen la formalización y la productividad en las zonas que ha golpeado la guerra.

Ese Estado que tanto desdeñamos está lleno de hombres y mujeres con convicción y tesón, que están dispuestos, si nosotros los impulsamos, a sacar adelante una ambiciosa agenda de transformación. Ya es hora de acoger a ese extraño Estado, de arroparlo con fraternidad y de exigirle un cambio, teniendo en cuenta que el clima generalizado de desconfianza a los únicos que les conviene es a los que quieren sentarse próximamente en las sillas del Gobierno. Esa es la paradoja.