Summary: The dialogue starts with a terrible public image for Santos and the ELN, and distrust is in the center of the climate of opinion. Despite this, we are facing a golden opportunity.

Esta columna de opinión se publicó en Las 2 Orillas el 14 de febrero de 2017

Para que esta paz con el ELN nos funcione tenemos que poner los pies sobre la tierra. Ahora más que nunca necesitamos ejercitar la creatividad y el pragmatismo. El diálogo con el ELN arranca en un muy mal momento, por lo que se deberá superar con audacia los predicamentos que suponen los contextos nacional e internacional, que le son francamente adversos.

Sobre el primero debemos partir de la pésima imagen del presidente Santos y del natural desgaste que reflejan sus seis años largos de gobierno. Si hasta hace pocas semanas, cualquier iniciativa impulsada por el Nobel-mandatario era materia de disputa enconada, ahora, tras el escándalo de Odebrecht, la reacción es la animadversión y el hastío.

Esta pésima popularidad es compartida por el ELN. El discurso radical, los atentados contra la infraestructura energética, los actos de terrorismo panfletario en las ciudades y la insistencia en el secuestro, han reducido hasta el mínimo sus simpatías entre una población mayoritariamente urbana y sesgadamente informada.

A nivel doméstico, ese barco que atracó en la paz y que llevó la carga del proceso con las FARC, parece haber levado anclas hacia otros puertos. Corrupción parece ser el nuevo horizonte. Así los defensores de la paz enarbolen hoy la lucha anticorrupción como complementaria al esfuerzo de la no violencia, el clamor ciudadano señala que, en nuestro imaginario, ya estamos pasando la página del conflicto armado sin haber leído sus últimos párrafos. Irresponsable y riesgoso. Si ya a muy pocos les preocupa cumplir a cabalidad los acuerdos firmados con las FARC, aún a menos les motiva embarcarse en una nueva contienda con resultados inciertos.

Como lo han analizado varios expertos en la FIP, como María Victoria Llorente y Eduardo Álvarez, la agenda de las conversaciones con el ELN tampoco despierta el optimismo. A comparación de los puntos estructurales pero específicos del proceso con las FARC, los elenos le proponen a la sociedad un diálogo en el que cabe todo. Se trata de las famosas “transformaciones para la paz”.

Si ya a muy pocos les preocupa cumplir a cabalidad los acuerdos firmados con las FARC, aún a menos les motiva embarcarse en una nueva contienda con el ELN

La propuesta no podía ser menos práctica. Consiste nada menos que en ponerse a dialogar sobre las transformaciones que el país necesita, en una conversación amplia, que mientras profundiza la democracia, nos permite tomar decisiones de futuro en asuntos claves para lo económico, lo político y lo social. Es la quintaesencia del proyecto eleno, del llamado “pueblo en armas”. Haber hecho una revolución para que los estudiantes, los campesinos y los obreros tengan la oportunidad de participar, por fin, en el diseño de los nuevos mecanismos que la sociedad necesita.

Y digo que no hay peor momento para ello porque el clima de opinión en el país, que no es de animosa convicción ni de futuro promisorio, circunda hoy por los senderos de la expectativa y la desconfianza. Ya el plebiscito mostró que un argumento eficaz para azuzar a la gente contra la paz fue invocar la idea de una revolución por decreto. Es indudable que la tesis de que en La Habana se estaba vendiendo el país rindió frutos jugosos.

También es cierto que, en un contexto de turbulencia económica, lo último que desean escuchar muchos actores relevantes del país es que arrancamos una discusión sobre la economía sin un destino cierto. Ese, y el escenario de derechización de la política allende nuestras fronteras, consolidan esos nubarrones que presagian una amarga tormenta.

Pese a ello, estamos frente a una oportunidad de oro. El ELN, caracterizado por su terquedad recia y áspera, ha tomado la decisión de sentarse a negociar en serio. Si es posible transformar en votos las armas de los elenos, es posible decir que el espectro de las manifestaciones de izquierda en la política de Colombia habrá quedado, por fin, plenamente representado.

Y con el ELN en la civilidad se vendrán discusiones importantes y necesarias sobre minería y activos estratégicos, sobre nacionalización y protección de recursos, sobre educación gratuita y medidas estatizantes de corte anti–mercado. No es una agenda construida para Colombia. Es la discusión de las democracias latinoamericanas que se ha gestionado con relativo éxito en la política de Chile y Uruguay.

Estamos frente a una oportunidad de oro. El ELN, caracterizado por su terquedad recia y áspera, ha tomado la decisión de sentarse a negociar en serio.

Lo importante es que se aclare que ninguna decisión de fondo sobre el modelo de desarrollo en Colombia será el resultado directo de la mesa. Esto no sería ni conveniente ni viable. Pues el debate sobre el desarrollo es nuestra verdadera agenda pendiente y, si la sabemos dar, puede ser una verdadera conversación democrática en la que converjan los intereses más diversos.

Pablo Beltrán lanzó un bálsamo en Quito en ese sentido, al afirmar que el propósito del diálogo es “buscarle fin al conflicto armado”.

Para que este proceso salga bien, no debe extralimitarse el alcance y el sentido de la participación ciudadana en un ambiente, como el colombiano, tenso y polarizado. En ese sentido, ojalá no se repliquen metodologías, supuestamente participativas, que no convocan a los diferentes a la mesa, y frente a las cuales hay interminables reclamos sobre manipulación y cooptación.

Si salimos de Quito con un acuerdo para dejar las armas, la confianza parcialmente recuperada y la definición de algunas reformas, de tipo sustantivo, que tendrán un debate amplio y democrático por las vías institucionales, lograremos llevarnos las manos llenas.