Esta columna de opinión se publicó el 28 de octubre de 2016 en El País de España

Colombia está a la espera que inicie la fase pública de las negociaciones de paz entre el gobierno de Colombia y el Ejército de Liberación Nacional (ELN); sin embargo, el proceso, además de generar varios interrogantes, está condicionado por los resultados del plebiscito y la ventaja que tuvo el “No” al rechazar los acuerdos con las FARC.

Ésta no es la primera vez que se pretende abrir un proceso con esta guerrilla. En marzo de este año, se dio un intento fallido congelado por cuenta de los secuestros del ELN. Ahora, el Gobierno espera la liberación de dos personas, dentro de las cuales se encuentra el político del Chocó, Odín Sánchez. Sin acciones humanitarias claras por parte de este grupo insurgente, difícilmente podrá comenzar el diálogo abierto.

El Gobierno entiende que la paz con el ELN ha sido complicada, gaseosa y esquiva, pero es necesaria para terminar el conflicto armado.

El cálculo inicial era que los diálogos comenzarán al mismo tiempo que la implementación de los acuerdos con las FARC. Sin embargo, con los resultados del plebiscito y la división del país alrededor de los pactado en La Habana, hay incertidumbre sobre lo que ocurrirá. Si la negociación con este grupo ya era difícil, bajo el contexto actual los desafíos se amplifican y se agravan.

¿Por qué esta tan difícil negociar con el ELN? Hay al menos cuatro asuntos claves para entender este proceso. El primero de ellos es que la agenda del ELN plantea temas relevantes para el país, pero que son intocables para el Gobierno. Los cambios que demanda esta guerrilla al modelo minero-energético, así como las reformas al actual modelo económico, implican cruzar líneas rojas que el Ejecutivo trazó claramente con las FARC. Bajo estas condiciones, la negociación deberá girar más en torno a ajustes y transformaciones graduales.

Si se compara el ELN con las FARC, tiene menos oxígeno político para dialogar

El segundo asunto es que el ELN sigue siendo relevante militarmente, pero ha sido relegado políticamente. Justamente, su accionar bélico ha buscado posicionar a esta guerrilla en una agenda que ha sido ocupada primordialmente por las FARC.

Sus posiciones como organización, expresadas en el V Congreso –máxima instancia de esta guerrilla, que se realizó a finales de 2014– no han ayudado y han generando más confusiones que claridades. El ELN argumenta que Colombia es el mismo de hace 50 años, sugiere que un proceso de paz será la oportunidad para examinar si dejan las armas o no y asegura ser representante de los nuevos destinos que necesita el país.

Que esta guerrilla pueda avanzar en su agenda política dependerá en buena medida de que logre sintonizarse con los mensajes que el electorado dio en el reciente plebiscito, es decir, que ceda en muchas de sus aspiraciones, si quiere llegar a una discusión política realista y factible, sobre lo cual hay dudas fundadas.

El tercer desafío es que si bien el ELN cuenta con una base social fuerte en sus territorios, al compararla con las FARC, tiene menos oxígeno político para dialogar con el Gobierno nacional y márgenes de negociación más restringidos.

Según lo acordado, para avanzar en las conversaciones con esta guerrilla se requiere de un proceso de participación amplia que involucre directamente a la sociedad civil. El ELN entiende el proceso como una mesa de tres patas en donde los sectores sociales deben alcanzar un acuerdo con el gobierno para poner fin a los problemas estructurales. Esta propuesta no solo plantea cuestionamientos de forma –metodológicas– sino de fondo, en un momento en que el uso de mecanismos de democracia directa ha traído consigo una fuerte agenda de contrarreformas.

El ELN no tendrá más de dos años del actual Gobierno para concretar las negociaciones de paz

En un escenario de “Pacto Nacional” o “Asamblea Constituyente” –dos opciones que se pusieron sobre la mesa para salir del embrollo resultante del plebiscito– habría una oportunidad para integrar de manera efectiva al ELN. Sin embargo, los intentos actuales de ajustes y precisiones al acuerdo de La Habana por parte del Gobierno y las FARC, están lejos de abrir este camino. Todo parece indicar que el presidente Santos se la jugará por sacar el acuerdo con las FARC adelante y navegar en medio de las tensiones políticas.

El cuarto desafío es que el proceso con el ELN necesita tiempo, pero debe mostrar resultado inmediatos. A diferencia del de las FARC, que tuvo un margen de maniobra bastante amplio, de casi dos períodos presidenciales, esta guerrilla no tendrá más de dos años del actual Gobierno.

Es relevante tener en cuenta que el ELN es una guerrilla distinta a las FARC y requiere un proceso a su medida. La cuestión es que mientras que este grupo insurgente quiere abrir la participación política, tocar temas estructurales y dejar para después la discusión sobre la entrega de las armas, las condiciones actuales plantean un espacio estrecho, restringido y sin mucho chance para las trasformaciones.

El proceso dependerá, en buena medida, de que el ELN sepa acomodarse a las nuevas circunstancias, es decir, avanzar en los diálogos a pesar de sí mismos.