Esta columna de opinión se publicó el 11 de octubre de 2016 en Las 2 Orillas

Flaco favor le hacemos a la paz si suponemos que los resultados del plebiscito dibujaron un país partido en dos de modo irreconciliable. La caricatura que ha venido tomando fuerza en ciertos circuitos es la siguiente: una Colombia, la del Sí, es la Colombia progresista y de pensamiento liberal. La que cree que la paz requiere cambios estructurales y la que entiende el dolor de las víctimas. Es la Colombia ilustrada, la de las agendas del siglo XXI, la que defiende los derechos de las minorías y la que grita por aunar a los desafíos del desarrollo rural los efectos del cambio climático y la conservación ambiental.

La otra Colombia, la del No, es la de la defensa del status quo, la del conservadurismo ultramontano. La de los gamonales y los terratenientes enraizados a sus históricas prebendas, contrarios a cualquier propósito de modernización y redistribución de la riqueza. La del Concordato y el púlpito incendiado, la del Estado religioso, la protectora de un concepto de familia tradicional y de la moral cristiana. Estoy seguro de no equivocarme si afirmo que también es posible, en otros circuitos, identificar una visión igualmente simple de esta dicotomía, formulada desde el lado opuesto del espejo.

Visto de este modo, el encuentro entre el Sí y el No, más que un diálogo político, supone el enfrentamiento y la búsqueda de confluencias prácticamente improbables entre dos visiones de mundo y dos proyectos de país totalmente contrarios. Nada más alejado de la realidad. Pese a una campaña electoral marcada por la pugnacidad y la discordia, los colombianos seguimos distribuidos de manera normal en la curva de nuestras preferencias políticas. Unos pocos radicales de lado y lado, otros tantos dudosos pero firmes y un gran conjunto de individuos, con intereses muy similares, que terminan tomando postura con razonamientos en buena medida impredecibles.

Reconozcámoslo de una buena vez. Muchos ciudadanos que optaron por el Sí se inspiraron en las enseñanzas del evangelio de Jesús sobre el perdón y la reconciliación, mientras que otros, igualmente fieles a la palabra, terminaron votando No espantados por el fantasma de las ideas más liberales sobre el género. Cosa similar sucedió con quienes razonaron que el acuerdo, pese a sus rasgos positivos en la agenda de redistribución agraria, planteaba serios desafíos a la estructura de la justicia en Colombia y a la fidelidad Constitucional, y se decantaron por un difícil No mientras que sus colegas, con debates e ideas similares, optaron por el camino contrario pensando que de ese modo se servía mejor al país.

Flaco favor le hacemos a la paz si suponemos que los resultados del plebiscito dibujaron un país partido en dos de modo irreconciliable

Tenemos que aceptar que las diferencias entre el Sí y el No no fueron necesariamente diferencias entre el día y la noche, ni muestras de un abismo insalvable entre visiones de mundo excluyentes, sino alternativas sutiles y complejas. Allí hay que reconocer también que a la confusión contribuyeron los mensajes efectistas y la tergiversación que hoy es pan de cada día en las campañas políticas.

Desde que el debate público se pobló de “memes”, “hackers” y perfiles falsos, cada vez es más complejo comprender hasta qué punto va la publicidad saboteadora, más afín al consumo de productos masivos, y hasta dónde la expresión deliberativa de los pueblos que buscan respuestas a preguntas complejas. De la banalización no queda sino el cansancio.

En estos momentos de confusión me parece útil recordar las ideas de otro Nobel, menos famoso por estos días. Me refiero a este indio que revolucionó nuestra noción de desarrollo: Amartya Sen. En una de sus obras menos discutidas en el ámbito colombiano, Identidad y Violencia, el profesor Sen argumenta que las decisiones complejas están firmemente amarradas a nuestras nociones de identidad, y que para entenderlas mejor hay que hacerse más preguntas sobre la historia y la pertenencia y menos sobre el interés individual.

Lo interesante del planteamiento de Sen, para el caso colombiano actual, es que desde su perspectiva, esas identidades que definen nuestras preferencias, son heterogéneas y móviles. Para Sen, cada uno de nosotros es una amalgama de fidelidades y afectos que se superponen, a veces de manera conflictiva. Yo puedo ser al mismo tiempo liberal de principios, afecto a los programas sociales, persona de fe, preocupado por la familia y convencido con vigor de la necesidad de desarrollar el proyecto campesino. Ninguno de nosotros es tan predecible como los demás quisieran.

Nada más alejado de la realidad pensar que el encuentro entre el Sí y el No, más que un diálogo político, supone el enfrentamiento y la búsqueda de confluencias prácticamente improbables entre dos proyectos de país totalmente contrarios

Lo que sucede es que en momentos de tensión, los ciudadanos examinamos nuestras afiliaciones y terminamos por leer el mundo mediante el lente que nos proporciona un conjunto particular de ellas. Quizás para muchos, su decisión electoral se centró en el debate entre su preocupación por la justicia y su deseo del desarrollo para el campo. Del resultado de ese debate, dependiendo del caso, pudo salir un Sí o un No.

Importante resulta reconocer también que en esta priorización cuenta menos el cálculo racional sobre los resultados futuros, que la sensación de acogida que brinda nuestra pertenencia a los grupos sociales. En pocas palabras, en medio de la dificultad terminamos afirmando la noción de quienes nos resultan más acogedores. De quienes nos juzgarán menos.

Y esa es la razón por la cual la visión dicotómica y caricaturesca de la discusión entre el Sí y el No no solo es falsa sino contraproducente. En efecto, en un ambiente de incertidumbre, en el que necesitamos que nuestros líderes “cedan”, no hay nada peor que creer que el contrario es un imbécil con intenciones oscuras. Si nuestra idea es que parte de esa mayoría que le dijo No al acuerdo de paz quede incluido en esta nueva fórmula, no queda más que ofrecer la acogida que requiere la reconsideración sobre la identidad. De ese tamaño es el reto.