Esta columna se publicó en Las2Orillas el 27 de septiembre de 2016

Unos días atrás le pedimos a nuestra pequeña hija que escogiera algunos de sus juguetes para regalar. Desde hace un par de años y gracias a la convicción de la madre –quien en ese tema, como en muchos otros, me da lecciones permanentes– hemos procurado cultivar la idea de que no es bueno acumular tantas cosas y que es mejor compartirlas con los demás mientras se encuentran en buen estado.

Fue todo un desafío. Hubo mucha conversación y un par de suspiros largos. Nos tomó algo más de dos horas llenar el canasto. La decisión final se dio entre una muñeca, prácticamente nueva, que representa a un famoso personaje de una película infantil, y un erizo de peluche café, que ya tiene con nosotros más de tres años. Para mi sorpresa y luego de dudarlo poco, la pequeña eligió quedarse con el erizo y regalar la muñeca. Cuando le pregunté por las razones de su decisión, ella contestó: “fácil papi, el oso me lo regalaste tú. Cuando lo veo me acuerdo de ti. Cuando no estás, él me acompaña en la noche”.

¡Tremendo nudo en la garganta! Una de esas frases que saboreamos como dulces quienes tenemos la dicha enorme de tener un niño o niña a nuestro cuidado. Una frase que no habla sólo de los regalos y los objetos, sino de una de las más extraordinarias habilidades que tenemos los seres humanos. La de darle valor a las cosas, a los momentos, a las acciones. Y es que vivir tiene mucho que ver con eso. Con nuestra capacidad para relacionarnos con los acontecimientos más cotidianos y hacerlos memorables. Con nuestro poder para ver el mundo mediante lentes propios, que le asignan mayor brillo y nitidez a las personas, a los objetos y a los lugares conforme nos acerquen a eso que le hayamos sentido. A aquello que tiene valor para nosotros.

Es momento de darle valor a este acontecimiento de nuestra historia,de crear un sentido que nos acerque colectivamente al ideal de vida que queremos

Tengo una deuda impagable con el buen Eduardo Álvarez y con Juan Pablo Díaz del Castillo. A ellos les debo, entre muchas otras cosas, el descubrimiento del extraordinario pensamiento de Víctor Frankl. Este famoso psiquiatra, que sobrevivió con estoicismo a los campos de concentración nazis, fue de los primeros en plantear que nuestra capacidad de aferrarnos a aquello que valoramos es lo que le da sentido a nuestra vida. Y que en momentos de crisis y de cambio, esa posibilidad de darle valor a las cosas puede significar la diferencia entre la vida y la muerte. Tanto él como los autores de la llamada “sociología figuracional”, como Elías y Wouters, han mostrado que los seres humanos vivimos en redes de sentido que se van construyendo lentamente con el tiempo, y que estas redes nos ayudan a plantearnos qué es lo valioso y que no. Por eso, incluso para una pequeña niña como mi hija, existe mayor significado en un objeto que se relaciona conmigo, así este no sea nuevo ni famoso.

Esa misma literatura explica que darle sentido a los momentos, a los acontecimientos y a los objetos no es algo que dependa sólo de la intuición o de nuestra capacidad para “captar” los mensajes sociales. Al parecer, nosotros mismos somos capaces de crear esos sentidos de manera intencional, tanto para nosotros mismos como para quienes nos rodean. Esa habilidad, que es muy cercana a nuestra posibilidad de innovar y de crear, se expresa con fuerza en nuestras festividades y celebraciones. Lo que esto implica es que cuando celebramos algo con vigor y cuando nos rodeamos de quienes queremos para hacerlo, estamos construyendo alrededor de lo celebrado una huella de valor. Un sentido adicional al que la cosa tiene en el universo de lo material.

Pensemos por un momento en los cumpleaños, en los aniversarios de muerte o, incluso, en las fiestas de fin de año. Celebrarlos o no y elegir el modo en que lo hacemos, dota de sentido esos momentos y genera una consciencia compartida sobre su importancia y su significado. En estricto sentido, todos los días es el aniversario de algunos de los eventos de nuestra vida, pero decidir celebrar el momento en que los abuelos se casaron o aquel en que conocimos a nuestro compañero o compañera de vida, habla y teje el relato de nuestra existencia.

Lo de ayer no fue un show más, como lo han pretendido mostrar algunos, ni un despilfarro descarado de celebración de la impunidad

Con nuestra paz sucede lo mismo. Todos sabemos que, en términos muy gruesos, un acuerdo para el cese de un conflicto no está en capacidad por sí solo de cambiar radicalmente nuestra vida cotidiana. También reconocemos que las reformas que implica el acuerdo son varias y difíciles, y que nos costará mucho esfuerzo sacarlas adelante. Pese a ello, y quizás también por ello, es que tomamos la decisión de revestir el acuerdo con un significado propio y de darle valor social mediante una ceremonia impactante, como la que sucedió ayer. Es momento de darle valor a este acontecimiento de nuestra historia. Es momento de crear un sentido que nos acerque colectivamente al ideal de vida que queremos.

Lo de ayer no fue un show más, como lo han pretendido mostrar algunos, ni un despilfarro descarado de celebración de la impunidad, como también se alcanzó a decir. No. Lo de ayer fue la expresión colectiva e intangible de la enorme dimensión que tiene la decisión por la paz que está en juego en el plebiscito. Fue la generación de un símbolo de todos, de un momento de sentido. Por eso, y porque los pueblos no pueden comprender la verdadera dimensión de la historia leyendo 297 páginas, es que era tan relevante para el país firmar para luego refrendar. Ya veremos si la consciencia colectiva lo entendió así.