Esta columna se publicó el 20 de septiembre de 2016 en El Espectador

Mientras que en las redes sociales se da un álgido debate en torno al plebiscito y desde la tranquilidad del teclado se defienden alevosamente las preferencias, en las zonas más afectadas por la guerra cientos de víctimas se inclinan anónima y valientemente por el SÍ. Aunque tienen temor de hacer pública su decisión y mucha incertidumbre sobre lo que vendrá, están convencidas de que no habrá otra oportunidad para dejarle a sus hijos un país distinto.

Quiero hablarles de Octavio, un campesino que vive en una de las muchas zonas de la periferia de Colombia golpeadas por la confrontación. Cambié su nombre. También opté por omitir su apellido y procedencia. Al leer esta columna entenderán mi decisión.

Intentaré reproducir de la manera más fiel y hasta donde mi memoria lo permita, mi conversación con él:

Cuando lo encontré, Octavio acababa de llegar de su finca. Tiempo atrás se dedicó a cultivar coca, pero prefirió dejarla porque vivía con zozobra e intranquilidad. Él ha vivido toda su vida en la tierra que heredó de su padre. Además de trabajar en el campo, también es comerciante. Sus días transcurren de la vereda al pueblo, rebuscándosela, ganándose la vida como puede.

Mientras lo invito a una cerveza, le pregunto cómo están las cosas. Me contesta: “Desde que tengo memoria, nunca habíamos tenido tanta tranquilidad. Con el proceso de paz esto por aquí se ha calmado mucho”. Me cuenta que va a votar por el SÍ en el plebiscito y con convicción comienza a darme sus razones. Tiene miedo e incertidumbre y a la vez piensa que “hay que darle una oportunidad a la paz”.

Él no ha leído los acuerdos y seguramente no lo hará. Octavio está convencido de que la guerra no traerá nada bueno. Se queja de unos y de otros. Reniega del pasado pero insiste en ver con optimismo el futuro. “Hay que votar por el Sí” repite. “Yo no sé si se acaba la guerra con esto, pero hay que intentarlo”.

"Cientos de ciudadanos que han vivido directamente las consecuencias de la guerra, acudirán anónimamente a las urnas para apoyar lo acordado en La Habana"

Le pregunto si puedo grabarlo con mi celular. En ese momento pienso que su testimonio podría ayudar a entender mejor la posición de personas que como él han sido víctimas de la confrontación armada. Por mi cabeza pasan amigos, familiares y conocidos que no tendrán la oportunidad de escuchar la palabras de Octavio.

Con el lente de mi celular lo enfoco y le digo: ¿Cuál será su voto el 2 de octubre? Él responde: “Pensé que me iba a preguntar otra cosa. Vea, uno por aquí no puede ponerse hablar de eso. Yo se le digo aquí en privado. Si llego a decir que SÍ me pueden pelar de este lado. Si digo que NO, me pueden pelar del otro”. Dejo mi teléfono sobre la mesa y Octavio me dice: “pero yo voy a votar por el SÍ”.

En los días siguientes a esta conversación, una y otra vez encontré a personas que como Octavio optarán por el SÍ, pero que prefieren no expresar públicamente su opinión. En medio de la guerra se acostumbraron a guardar silencio.

Hace unos días la Misión de Observación Electoral (MOE) se declaró “preocupada” por la violencia política que ha acompañado el debate en torno a lo acordado entre el Gobierno y las FARC. De acuerdo con la MOE, la polarización ha derivado en situaciones de riesgo para líderes sociales, funcionarios locales y miembros de las juntas de acción comunal.

Según la MOE, 15 colombianos han sido asesinados o amenazados en los lugares donde se instalarán las Zonas Veredales y los Puntos Transitorios donde las FARC iniciarán el proceso de reincorporación. La información señala que la mayoría de estas personas promovían el SÍ para el plebiscito.

Bajo esta circunstancias, cientos de ciudadanos que como Octavio han vivido directamente las consecuencias de la confrontación armada acudirán anónimamente a las urnas para apoyar lo acordado en La Habana. Ellos serán los verdaderos héroes de esta jornada, sin libertad para opinar, pero con la valentía de apostar por el fin de la guerra y el principio de un país en el cual se pueda escuchar su voz. Para ellos la esperanza es el antídoto del temor.