Distintas miradas al proceso de negociación que inicia esta semana en la capital noriega.

Carlos Lozano, Guillermo Rivera, Juan Carlos Palou, León Valencia, María Victoria Llorente y Javier Ciurlizza

La tan esperada cita entre el gobierno colombiano y la guerrilla de las Farc para negociar el fin de la guerra que se vive en Colombia desde hace casi 50 años, ya es una realidad.

Los colombianos saben que lo que está en juego es nada más y nada menos que lograr, por fin, una paz estable y duradera, algo que no será una tarea fácil. Un analista ha definido este momento histórico como una obra con muchos actos y actores donde se abrirá el telón con entusiasmo, pero donde tal vez un actor se caiga, otro se enferme o entre en pánico.

Por ahora, muestra de ese optimismo lo revelan las encuestas que se han aplicado desde que el presidente Juan Manuel Santos anunció a finales de agosto, que su gobierno había llegado –en secreto– a un acuerdo con las Farc para dejar las armas. La aprobación comenzó en un 77% y ya va en un altísimo 82%, según una encuesta del Centro Nacional de Consultoría.

Con anterioridad, el jefe del equipo negociador del gobierno, el exvicepresidente Humberto de la Calle, había pedido “controlar el desbordado apetito hacia una solución mágica y fomentar cierta dosis de escepticismo”. Hay otros que creen que ese apoyo no será tan activo cuando los guerrilleros regresen a la vida civil. Los empresarios, por ejemplo, han reconocido que aunque apoyan este proceso, la desconfianza es el mayor obstáculo para emplear a los desmovilizados.

“Con esta negociación no se va a lograr la paz absoluta. Lo que se va a intentar es lograr que las Farc dejen las armas para cerrar este conflicto”, asegura María Victoria Llorente, directora de la Fundación Ideas para la Paz, que ha hecho seguimiento a los tres procesos de paz anteriores.

Santos ha explicado que lo que se acordó con las Farc en una fase exploratoria que duró casi un año en La Habana, fue una agenda temática de cinco puntos y que si esta se convierte en un acuerdo entre el gobierno y las Farc para que dejen las armas, entonces se pasará a una tercera fase que será la construcción democrática de la paz. Así que el camino será largo. Esos puntos incluyen el tema agrario, la participación política, el fin del conflicto, el narcotráfico y las víctimas. “Es una agenda real, que puede modificar las causas del conflicto, fortalecer la democracia y crear mejores condiciones de justicia social”, ha dicho Carlos Lozano, uno de los voceros del movimiento Marcha Patriótica, que ha sido señalado por sectores de derecha, incluido el actual ministro de justicia, Juan Carlos Pinzón, de estar financiado por las Farc.

Lozano ha negado que el movimiento sea de las Farc, pero afirmó que “es la guerrilla la que tiene que decidir qué camino va a adoptar (pensando en su participación política). Si decide integrarse a la Marcha Patriótica, creo que hay que abrirle la puerta”.

Lo que sí está claro para quienes apoyan este proceso, es que esta vez hay más posibilidades de éxito. “Va a haber un proceso de paz porque las partes reconocen el fracaso de la opción militar”, afirmó el analista político León Valencia, durante un conversatorio sobre lo que le espera a Colombia después de Oslo.

Para los colombianos es evidente que las Farc llegan debilitadas a la mesa de negociación. Se calcula que de los 20 mil combatientes que tenían hace una década hoy tienen nueve mil. Sin contar que sus máximos jefes han sido abatidos por las autoridades. Pero también quedó demostrado que no era cierta aquella frase que el expresidente Álvaro Uribe les vendió a los colombianos durante su segundo gobierno, de que estaban en el fin del fin de las Farc.

“Del 2008 para acá las Farc se reorganizaron, abandonaron los grandes campamentos, las grandes estructuras militares, los ataques y tomas de pueblos. Se dividieron en pequeños grupos y cambiaron su eje. Ahora están en negocios ilegales, en minería, en el contrabando de gasolina”, explicó León Valencia.

En una de las entrevistas que ha dado ‘Timochenko’, el máximo líder de las Farc, desde que se anunció el proceso de paz, este afirmó que cuando la guerrilla habla de dejar las armas significa “la abolición del empleo de la fuerza, de la apelación a cualquier tipo de violencias para la consecución de fines económicos o políticos. Es un verdadero adiós a las armas”. Habrá que esperar.

Para opositores al proceso, como Miguel Gómez, representante a la Cámara del partido del expresidente Álvaro Uribe, quien piensa que el único camino para ponerle fin del conflicto es la desmovilización y el sometimiento a la justicia, no es cierto que las Farc quieran la paz sino un pedazo de poder. “Si nos va bien, habrá entonces desmovilización de las Farc pero no paz”, afirmó Gómez.

Por ahora, son varios los temas que preocupan a los analistas colombianos. Para Javier Ciurlizza, director para América Latina y el Caribe de International Crisis Group, este proceso no puede ser simplemente un acuerdo entre dos. Debe participar la sociedad civil pero de una manera “meditada, no asambleísta, que pueda llegar hasta las partes con propuestas concretas”.

La semana pasada ya se dio un primer paso al respecto. El gobierno se reunió con las comisiones de paz del Congreso para anunciarles que serán las encargadas de recoger las propuestas de la sociedad civil a través de mesas de trabajo en ocho subregiones.

Por otro lado, también genera incertidumbre el hecho de que no habrá un cese al fuego mientras avancen las negociaciones por fuera de Colombia, lo que quiere decir que se buscará la paz en medio del conflicto. Según los analistas, eso podría funcionar si la negociación no se prolonga más de ocho meses, como lo ha pronosticado Santos. Sin embargo, “una negociación sin cese al fuego en el largo plazo sería extremadamente problemática”, dijo Ciurlizza, para quien si se da este escenario sería fundamental una tregua, o por lo menos, el cumplimiento estricto de las normas del derecho internacional humanitario.

Hoy lo que cuenta es la decisión que han tomado el gobierno y las Farc de no levantarse de la mesa hasta lograr un acuerdo. “Eso da la tranquilidad de que existe el vivo propósito de conversar para terminar el conflicto y no de conversar para ganar tiempo y lograr avances en lo militar”, afirmó Guillermo Rivera, representante a la cámara del partido liberal que integra las comisiones de paz del Congreso.

Por ahora, el único riesgo real es que se rompa la negociación. “Es importante que tengamos el suficiente temple para rodear este proceso. Si no es ahora, probablemente nunca volverá a haber otro escenario propicio para negociar”, dijo Maria Victoria Llorente de Ideas para la Paz.

También puede jugar en contra que los colombianos han expresado que no cederían en dos temas. Cuando se les preguntó si estarían de acuerdo en que los líderes de la guerrilla participen en política, el 72% se opuso, según una encuesta de Ipsos-Napoleón Franco. A la pregunta de si estarían dispuestos a que los jefes subversivos no fueran a la cárcel, el 78% estuvo en contra.

Si se cumple el cronograma inicial, esta semana se abrirá el telón en Oslo y luego las negociaciones se trasladarán a La Habana. Santos ha dicho que “la paz es la victoria” y los colombianos le apuestan a que esta vez, si será la vencida.