Esta columna fue publicada el 13 de septiembre en el portal Las2orillas

Cada vez sabemos más sobre los diseños del postconflicto. Y dentro de ellos, en un lugar central, se encuentra la recién creada Agencia de Renovación Territorial (ART). Como su timonel, el presidente Santos ha designado a Mariana Escobar, una destacadísima profesional, técnica y conocedora como pocos de los desafíos de la equidad y la seguridad. Cuenta con todas las capacidades, las credenciales y el criterio para sacar adelante esta titánica empresa.

Y digo titánica porque las facultades de la Agencia son amplias y complejas. El decreto 2366 del 7 de diciembre de 2015, que es el que le dio vida, señala que es función de la ART liderar la ejecución de las políticas nacionales en las regiones rurales priorizadas por el conflicto. Esto implica, entre otros desafíos, coordinar a las entidades, diseñar mecanismos de participación ciudadana, planear y promover modelos para la ejecución de recursos y administrar un Banco de Proyectos. En pocas palabras, la ART, con el apoyo de la Agencia Nacional de Tierras y la Agencia de Desarrollo rural, será la responsable institucional de ejecutar el punto sobre desarrollo rural del acuerdo para el fin del conflicto con las FARC.

Durante los diálogos de paz se aceptó que las brechas de calidad de vida entre el mundo urbano y el mundo rural son inaceptables, y que es necesario pagarle al campo colombiano una enorme deuda histórica a través de una inversión sostenida. Para tales efectos, se previó realizar programas de infraestructura vial, de riego y conectividad, de salud, educación, vivienda, agua potable y fomento a la economía solidaria. Estos programas, sumados a los esfuerzos de formalización y acceso de la propiedad, crédito, asistencia técnica y formalización laboral, esperan dar respuesta a las enormes necesidades de un campo en el que, de acuerdo con datos del DNP, la pobreza afecta al 44% de los habitantes.

Estas medidas aterrizarán en las regiones mediante los llamados Programas de Desarrollo con Enfoque territorial (PDET) y sus respectivos planes de acción. Mediante estos planes, que serán el resultado de la deliberación y de la construcción conjunta de las comunidades y las entidades territoriales, se definirán las medidas concretas para lograr lo que el acuerdo denomina “la transformación estructural del campo”.

Es con este telón de fondo y en medio de este desafío, que sorprenden las declaraciones de la doctora Escobar en diálogo con el Espectador, el pasado 11 de septiembre. Frente una pregunta sobre la presencia territorial de la ART y su perspectiva sobre la descentralización, la respuesta de la directora es: “La Agencia será intensiva de mano de obra en el territorio, vamos a tener una organización a través de la cual vamos a estar en seis o siete nodos en las regiones que ya comenté (se refiere a las zonas de los PDET) y que serán de apoyo administrativo y de interlocución con gobernadores y alcaldes. Hay otros nodos subregionales que estarán en veredas y corregimientos, que tendrán la gerencia de los PDET, serán los que se ponen las botas y van a trabajar con las comunidades”.

"Estas líneas son un llamado modesto a comprender que la paz sin descentralización no es posible ni sostenible"

En pocas palabras, más de lo mismo. Tal y como se expone, el diseño de la ART nos presenta un nuevo capítulo de una historia que ya conocemos: una sofisticadísima entidad del orden nacional llegando a los confines de la patria remota, mediante mecanismos desconcentrados de delegación, los cuales no hacen otra cosa que aumentar el enorme déficit de legitimidad de las autoridades territoriales. Ahora, y como ya ha sucedido en el pasado, si un ciudadano quiere obtener respuesta frente a un problema, será mejor negocio acercarse a los funcionarios de los nodos subregionales de la ART que a los concejales o a los alcaldes democráticamente elegidos. ¿Y los planes de desarrollo municipal? ¿Y la mejor distribución de recursos y competencias? ¿Y el necesario fortalecimiento de las capacidades de los actores territoriales? De eso, poco.

Estas líneas son un llamado modesto a comprender que la paz sin descentralización no es posible ni sostenible. Y a pensar que esa agenda descentralizadora requiere medidas y acciones concretas. Medidas que la ART está a tiempo de tomar. Basta conversar con cualquier funcionario de los municipios de categoría 5 y 6 en Colombia, para comprender que en el trasfondo de la violencia se encuentra un Estado que no le ha dado ninguna herramienta a las autoridades territoriales para que hagan bien su función. Frente al temor de la corrupción, la reacción ha sido la retirada. Como si la corrupción no campeara flagrante en las ciudades más grandes del país y en los pasillos del Estado nacional.

¡Cuidado!, porque las expectativas de los ciudadanos frente a la “paz territorial” son altas. No estamos esperando una nueva versión de las recetas ya fallidas. Quienes creemos en que la paz se construye desde las regiones esperamos que el fin de este conflicto sea una oportunidad para cambiar la manera como el centro se acerca y trabaja en los territorios. Es de las capacidades de los actores locales de donde surgirá finalmente la paz. Y, para eso, además de líderes competentes, necesitamos contar con diseños consecuentes.