Esta columna de opinión se publicó el 30 de agosto en Las 2 Orillas

La receta es francamente sencilla. Todos en Colombia la conocemos y, con frecuencia, la repetimos. Infortunadamente, pese a los muchos esfuerzos públicos y privados que hemos realizado, no se ha conseguido atender de manera efectiva este enorme consenso. Me refiero a la convicción de que un ingrediente esencial de la paz son las oportunidades económicas, la posibilidad de trabajar, de incorporarse a procesos productivos, de generar riqueza y, por ahí derecho, de prosperar. Es innegable que el desarrollo es uno de los rostros ineludibles de la paz.

Cuando se pone de presente esta estrecha relación entre el desarrollo y la paz, surgen argumentos a favor y en contra del Sí en el plebiscito que se avecina. Hay quienes piensan que la paz significa una enorme oportunidad de crecimiento para los territorios y sus negocios. En esa línea, muestran las evidencias de los países que después de largos conflictos aumentaron su Producto Interno Bruto, ampliaron sus cifras de crecimiento y generaron mercados en regiones donde antes imperaba la guerra. Los casos de Irlanda del Norte y de Suráfrica son ejemplos frecuentes en esta línea.

Al mismo tiempo, se han vuelto cada vez más frecuentes las voces que defendemos los acuerdos de paz como el inicio de una impostergable agenda de desarrollo rural, orientada a cerrar las brechas entre la ciudad y el campo, y que se constituirá, junto con otras decisiones trascendentales y en el mediano plazo, en una condición necesaria para consolidar un desarrollo no dependiente de la renta del petróleo.

También hay quienes han hecho un llamado de atención que vale la pena considerar. Desde esta orilla, nos han hablado de la terrible injusticia que podría representar una inversión en la desmovilización de un grupo que ha atentado contra la capacidad productiva de las regiones, mientras se dejan de lado las apremiantes necesidades del campesinado más pobre. Desde allí se ha afirmado que representa una rotunda equivocación y un pésimo mensaje, premiar a los ofensores sin pensar en los oprimidos, y poner en riesgo la estabilidad de los negocios ya establecidos por la vía de darle alas a una ideología que atenta de manera franca contra la inversión privada y los negocios.

Hay que apostarle a una visión empresarial en la que la ganancia no es el fin a toda costa del negocio sino un medio para generar bienestar

Además de plantear en términos esquemáticos este debate, considero vital hacer un llamado de atención. Ni en la defensa a ultranza del Sí, por la vía de predecir un nuevo y favorable ambiente de negocios, ni en el apoyo decido al No, como expresión de la defensa del interés privado, se encuentran adecuadamente expresados los preciosos vínculos entre el desarrollo y la paz.

Hoy sabemos, gracias a las experiencias que hemos vivido y a la discusión internacional, que la prosperidad y las oportunidades económicas que enmarcan la paz no son el resultado de cualquier tipo negocio. En efecto, para lograr un desarrollo que impulse la paz, no es necesario únicamente crear empleo en zonas vulnerables, o pagarle impuestos a nuestro maltrecho Estado. No. Para lograr el desarrollo para la paz es fundamental apuntarle a un modelo en el que la dignidad de los seres humanos y el cuidado de la naturaleza esté en el centro de la actividad económica. Se trata de apostarle a una visión empresarial en la que la ganancia no es el fin a toda costa del negocio, sino que es un medio para generar bienestar en la empresa y su entorno. En cierto modo, este compromiso implica transitar desde los modelos económicos que en el siglo XIX nos invitaban a obtener el máximo de las ganancias en el menor tiempo posible, a la propuesta de sostenibilidad en el que las naciones encuentran cada vez mayor confluencia.

Que no haya equívocos. Esta manera nueva de hacer negocios –que ya anima los impulsos de varios importantes empresarios del país– no es exclusiva de un sector económico, ni de las empresas de determinada modalidad o tamaño. Tampoco implica que es imposible la inversión del capital a gran escala, ni mucho menos que las únicas actividades empresariales que sirven para la paz son las tradicionales o las que se resisten a la tecnificación o a la industria.

Al contrario de lo que hoy muchos pregonan, una actividad empresarial que fomenta el desarrollo y la paz no tiene que ver con ser o no una empresa extractiva, o una expresión asociativa de trabajo, o tener actividad agropecuaria. En todos esos casos hay experiencias brillantes y antecedentes nefastos.

La clave del desarrollo que genera la paz reposa en un conjunto de decisiones que toman las empresas. Esas decisiones, a su vez, reflejan abiertamente una preocupación sobre si las decisiones empresariales fomentan visiones de largo plazo, o si se enlazan con la identidad y las aspiraciones de las comunidades. De lo que estoy hablando es de las empresas que toman riesgos, que ejercen liderazgo, que están dispuestas a ciertos sacrificios en pos de los que nada han tenido, las que se ven como parte de los territorios y no como sus usuarios.

Que la paz y el desarrollo están íntimamente relacionados es una tremenda obviedad, pero la cuestión de si nuestras empresas están preparadas para incentivar un modelo que haga sostenible la paz a largo plazo, es una de nuestras más importantes incógnitas. Indudablemente, el postconflicto será una oportunidad para que nuestros empresarios muestren de qué están hechos.