Esta columna de opinión se publicó en El Espectador el 23 de agosto de 2016

A la oposición al proceso con las FARC y la determinación de optar por el No en el plebiscito también los moviliza la rabia –el “empute”– para decirlo en castellano.

Rabia con las FARC, rabia con Santos, rabia de lo ocurrido, rabia por lo incumplido y por lo que vendrá. Un enfado contenido que busca expresarse con un voto de castigo, recubierto por el reclamo de justicia y de no impunidad.

¿Cómo transformar este malestar colectivo para aspirar a un futuro distinto?

En su más reciente libro, “Ira y perdón: resentimiento, generosidad y justicia”, la filósofa Martha Nussbaum pretende demostrar que la ira es “irracional y estúpida”, una reflexión que le cae como anillo al dedo a una sociedad que tiene el enfado en la punta de la lengua o en el dedo que aprieta el gatillo.

Para Nussbaum la rabia es doblemente problemática desde un punto de vista normativo. Primero, porque se cae en el error de pensar que el sufrimiento del que cometió la falta, restaurará o contribuirá a restaurar, lo que fue dañado. Segundo, porque supone que bajando de estatus, a través del dolor o la humillación, a quien cometió la falta, se recuperará la dignidad y posición del agredido. Para Nussbaum los dos supuestos son falsos.

Detrás de la demanda de “justicia” se encuentra en realidad el deseo de castigo, humillación y venganza. Queremos ver al contrario no solo derrotado, sino despojado de cualquier asomo de humanidad.

No se trata de indignación, ni de inconformidad, sino de la búsqueda de retaliación, del “ojo por ojo y diente por diente”, del “yo no me dejo” y del “no se saldrán con la suya”. Nos mueve la fijación de una motivación personal que tiene la aspiración de ser aceptada como una justicia colectiva. Un impulso que enceguece, que se aferra al pasado e impide ver el futuro.

Detrás de la demanda de “justicia” se encuentra en realidad el deseo de castigo, humillación y venganza

Nussbaum comienza su libro con un pasaje de la mitología griega que hace referencia a “Las Furias”, que imponían castigos en la puerta del mundo inferior a aquellos cuyos crímenes habían quedado impunes en el mundo de los mortales. Todo con el objetivo de restablecer el orden perdido. Una de ellas perseguía la venganza, la otra despertaba el odio y la tercera se encargaba de perseguir a los culpables incansablemente, para asegurarse que nunca más cometieran un delito.

Para terminar el ciclo de sangre y venganza, Atenea propuso la creación de las instituciones legales, de un “estado de derecho”, en el que “Las Furias” ya no podrían tener un lugar. Pero antes de excluirlas, Atenea las invitó a ser parte de este nuevo sistema, ofreciéndoles reconocimiento. La condición: ellas debían abandonar su foco en la venganza y adoptar la benevolencia.

La paz en Colombia se enfrenta también a este gran reto: ¿Qué hacer con “las furias” enquistadas en los distintos bandos?

Nussbaum señala que no se trata de encerrar la rabia en una jaula, sino de transformarla pasando de un impulso duro, obsesivo y revanchista a una postura que escucha razones, delibera y se mesura. Para esto nuestra idea de justicia no debe enfocarse en un pasado que no podemos alterar, sino en la creación de un futuro de bienestar. Esta es la verdadera decisión a tomar.

Si la rabia es lo que nos moviliza, los años venideros no serán el resultado de lo mejor que podemos ofrecer como individuos, sino de lo peor que podemos entregar como sociedad. Esto no solo cuenta para aquellos que con cólera rechazan el proceso con las FARC, sino también para quienes con ira dicen defender la paz.