Esta columna de opinión se publicó el 29 de julio de 2016 en El Espectador

En un país acostumbrado a contar muertos, resulta paradójico que se le de poco valor al hecho de ir acabando la guerra. No me refiero al futuro o a lo que podría traer la implementación de los acuerdos, sino a los resultados tangibles, a las 520 vidas salvadas en el último año por cuenta del cese unilateral. Según el Centro de Recursos para el Análisis de Conflictos (CERAC), en el último año las muertes de civiles en medio del conflicto cayeron en un 98% y las muertes de combatientes en un 94%.

Quienes se oponen al proceso insisten en que este es un “falso cese”, argumentando que la guerrilla sigue extorsionando, que sigue recibiendo recursos del narcotráfico y que está aprovechando para rearmarse. Parecen indignarse con el hecho de que hay menos muertos, como si les produjera incomodidad y molestia. Sin duda, los hechos que señalan son reprochables, pero esto no debe llevar a ignorar los aportes del proceso de La Habana en la incompleta trayectoria de la pacificación de Colombia.

Voltaire acuñó la frase “lo perfecto es enemigo de lo bueno”, para referirse a que es preferible ir avanzando con los buenos resultados en un tiempo razonable antes que agotar las energías esperando lograr un resultado perfecto e improbable. La tregua unilateral ha tenido que enfrentar más de un tropiezo. La violencia no ha cesado del todo y la amenaza de su uso continúa estando en la base del control territorial de la insurgencia. Las tasas de homicidio siguen siendo altas en las zonas de influencia de las FARC. No obstante, es importante reconocer que hay avances positivos en los indicadores de seguridad y una tendencia decreciente de la violencia en una parte considerable de los territorios más afectados por el conflicto.

En un país acostumbrado a contar muertos, resulta paradójico que se le de poco valor al hecho de ir acabando la guerra

Al principio de la negociación, la oposición señaló que era un error no exigirle a las FARC un cese de hostilidades. El expresidente Uribe denunció que las FARC “asesinaban colombianos y seguían dialogando”. Habría que recordar, que en su gobierno el cese declarado por los paramilitares estuvo lejos de ser perfecto y se violó de manera reiterada. En febrero de 2004 un informe del propio Gobierno señalaba que tras 14 meses de negociaciones las autodefensas habían cometido 362 homicidios, 16 masacres y 180 secuestros. Sin embargo, esto no llevó a cuestionar la continuidad del proceso.

También habría que decir que una parte de la reducción de los homicidios en el gobierno de Uribe estuvo vinculado al proceso de negociación con los paramilitares –por causa de su predominio en algunas zonas o su desmonte en otras–. También hubo extorsiones a granel y para nadie era un secreto que en medio de los diálogos los comandantes seguían traqueteando. Sin embargo, para quienes tuvimos la responsabilidad de verificar ese proceso en el terreno, la prioridad era hacer todo lo posible para salvar la vida de las personas –un propósito que muchas veces fue superado por la realidad y la impunidad que nos pegó de frente–. La consigna: cada vida cuenta.

En medio del proceso con las FARC, Colombia alcanzó en 2015 un nuevo record en la disminución de la violencia letal, al llegar a una tasa de 26,4 por cada 100.000 habitantes. Parte de la explicación es el descenso en el número de muertes violentas ligadas a la confrontación entre el Estado y la insurgencia. Según el Ministerio de Defensa, mientras que en 2012, 377 miembros de la Fuerza Pública fueron asesinados en actos de servicio, en 2015 esta cifra bajó a 176; adicionalmente, los heridos pasaron de 2.468 a 1.864 en el mismo periodo. De esto se trata justamente el proceso, de ir desactivando la guerra.

Claro, la violencia que queda aún es mucha. Colombia todavía tiene una de las tasas de homicidio más altas del hemisferio, triplicando la tasa mundial, que es de 6,4 por 100.000. Comencemos entonces por desarmar a las FARC y reducir los homicidios vinculados a la confrontación armada, para hacernos cargo de las otras violencias y sobre todo de la persistente impunidad que las alimenta.