Este artículo se publicó en El Espectador el 11 de julio de 2016

Como van las cosas, de realizarse el plebiscito, los ciudadanos llegarán a las urnas no movilizados por la esperanza de un futuro distinto, sino por el temor a un destino catastrófico, incierto. Tanto quienes respaldan el proceso, como quienes se le oponen, están apelando al pánico para movilizar voluntades, por encima de los argumentos. Los votantes tendrán que decidir entre el temor que le producen las FARC en armas o las FARC en el Congreso. Lo cierto, es que la paz también se está vendiendo con miedo.

Resulta fácil sembrar pánico alrededor de las FARC y lo que ha sucedido en La Habana. Los mensaje son sencillos, directos: “Se nos viene el castrochavismo”, “Le están entregando el país a la guerrilla”, “Nos conducirán a la tragedia con las FARC en el Congreso”, “Tendremos total impunidad y olvido”. La lista es larga, tenebrosa y en cierto sentido convincente. Las posiciones en contra de la guerrilla se activan y se amplifican en una mezcla de resentimientos y enquistados prejuicios.

Los opositores del proceso no han tenido que hacer mucho esfuerzo, el miedo se vende fácil en una sociedad marcada por la polarización y la violencia. Ha funcionado tan bien la estrategia que el propio presidente Santos intentó replicarla advirtiendo que si no se gana el plebiscito el país volverá a la guerra. La jugada no salió como se esperaba, pero todo parece indicar que esté será el tono que se usará para vender la paz. “De no vencer en el plebiscito tendremos otros 50 años de conflicto armado”, “no apoyar la paz es condenar el país a la violencia”, “si el proceso fracasa, nunca más tendremos una oportunidad como esta”.

Tanto quienes respaldan el proceso, como quienes se le oponen, están apelando al pánico para movilizar voluntades

Las dos partes saben bien que el miedo es un instinto primario y con fundadas razones los colombianos lo tenemos bien desarrollado. No hay que olvidar que en 1999, casi diez millones de ciudadanos votaron por el mandato por la paz, en medio del pánico. Claro que detrás de las movilizaciones y las banderas blancas había esperanza e ilusión, pero también la memoria de las atrocidades de una guerra intensa.

El plebiscito se decidirá en un contexto distinto. A causa del cese de hostilidades, la confrontación con las FARC ha bajado a un pico histórico. Sin embargo, el miedo está aún presente y seguramente también será usado para movilizar votos y voluntades.

En medio de antipatía por las FARC y la apatía hacia el Congreso, el Gobierno y las instituciones en general, es muy difícil que las partes logren enviar un mensaje convincente de cambio y transformación. Me consta que algunos actores al interior del Ejecutivo han hecho un esfuerzo por trasmitir una perspectiva positiva sobre el futuro, sin embargo, anticipo que a medida que nos vayamos acercando a la fecha del plebiscito, las estrategias políticas de las dos partes –los que respaldan el proceso y los que están en contra– se irán acercando. El ciudadano tendrá que decidir si le tiene más miedo a la “guerra de Uribe” o a la “paz de Santos”, a la FARC como guerrilla o las FARC como partido político. Así las cosas, alguna de las dos posturas se impondrá –espero que la del voto afirmativo–, pero el temor permanecerá en una sociedad profundamente fragmentada.

¿Es posible ganar el plebiscito con una campaña distinta, basada en la esperanza? Habría que comenzar por simplificar los mensajes complejos. Escuchar las dudas y los temores de quienes se resisten al proceso, aceptando que el escepticismo también ha moldeado los acuerdos y la crítica ha obligado a avanzar cautelosamente. Es necesario darle a la víctimas el protagonismo que merecen, también abrir el diálogo con los antagonistas. Al fin y al cabo esto no se trata de Uribe o de Santos, sino del futuro del país. Puede que éste sea un pésimo consejo para un estratega política, pero creo que es la opción que tenemos los ciudadanos que estamos cansados de que nos metan miedo.