Sin las FARC tendremos que mirarnos al espejo y aceptar que la situación de exclusión, abandono y atraso en amplias regiones del país no solo ha sido culpa de la guerrilla. Sin duda, la insurgencia y el conflicto armado son parte de la explicación de un país profundamente desigual, pero también han sido un pretexto para mirar con desinterés y una dosis de arribismo a la “periferia”.

Esa distancia abismal entre el país más acomodado y el que ha sufrido de manera intensa la guerra, ayuda a entender el poco entusiasmo que en algunos sectores ha despertado el proceso con las FARC. El miedo y la desinformación también han tenido su parte. “Están entregando el país”, repiten algunos, que ahora salen en defensa de lo que ya se habían apropiado por cuenta de la corrupción y el clientelismo. “Arribará el castro-chavismo”, alertan, mientras que fingen ignorar que en la raíces del populismo se encuentra la incapacidad de las élites para abrir el juego político y distribuir la riqueza.

Está claro que el acuerdo con las FARC no solucionará los problemas del país, pero sí permitirá reconocer que las transformaciones fundamentales han sido ignoradas o pospuestas por un sistema político que ha tenido como coordenadas la confrontación bélica. Ese es el verdadero valor de este proceso de negociación, que permitirá mirar descarnadamente que falta mucho Estado por construir y mucha democracia por reclamar.

El verdadero valor de este proceso de negociación permitirá mirar que falta mucho Estado por construir y mucha democracia por reclamar

Pensar que la agenda de La Habana producirá por generación espontánea un nuevo país es desconocer la responsabilidad que nos cabe a todos en lo que ha ocurrido y lo que vendrá. Entiendo a los que hacen un llamado a la “paz verdadera”, y no me refiero a aquellos que claman que la “paz está herida” y que Santos y las FARC nos llevarán a ser la próxima Venezuela. Pienso en aquellos ciudadanos que entienden que la paz no se firma, no se pacta, se construye. Pero para eso tenemos que librarnos de la pesada carga de la violencia política y hacer a un lado el obstáculo de la guerra.

Seguramente este proceso hubiera tenido menos resistencia con la certeza de la cárcel para todos los guerrilleros. Pero mirémonos al espejo: detrás de estos reclamos hay una sed de venganza, muchas veces disfrazada de justicia. Para algunos hubiera sido mejor humillar al contrario, ver con satisfacción su claudicación. Pero no hay que olvidar que llegar hasta aquí le ha costado mucho al país. Una guerra intensa con millares de víctimas. Centenares de soldados y policías que murieron en medio de la confrontación y a los que hoy también debemos el fin de esta guerra. El acuerdo con las FARC no es la aceptación de la derrota, por el contrario, es el resultado de la victoria; la victoria de quienes incansablemente insistieron en la salida negociada.

El acuerdo no es garantía de que el país cambiará, de que acortaremos las brechas o que habrá una transformación profunda. Probablemente la guerra continuará en otros frentes, reciclándose en nuevas motivaciones y protagonistas. El Estado, al día siguiente de firmados los acuerdos, tendrá las mismas limitaciones y debilidades. La corrupción continuará siendo nuestro problema fundamental. Pero no estarán las FARC y eso hará una gran diferencia. Probablemente no para usted que estará leyendo cómodamente en su casa o en la oficina esta columna, pero sí para centenares de colombianos que han vivido esta guerra intensamente. Ellos también tienen miedo y desconfianza, no solo de la insurgencia sino sobre todo de un Estado que ha sido incapaz de cumplir con deberes más básicos. Un Estado del que usted y yo también somos responsables.