Esta columna de opinión se publicó e 11 de abril de 2016 en Razón Pública

El asunto pendiente

Después de reunirse con los representantes del Gobierno colombiano y de las FARC, el secretario de Estado de Estados Unidos, Jhon Kerry, declaró que el acuerdo de paz no había podido firmarse porque a las partes “aún les falta negociar algunos asuntos difíciles”. Y tal vez, el más neurálgico de estos asuntos sea la dejación de las armas, como reconoció expresamente el jefe negociador del gobierno Humberto de la Calle.

En efecto, mientras el Gobierno condiciona la transición de la guerrilla a movimiento político a la entrega y destrucción total de sus armas y exige una fecha límite para completar el desarme, las FARC insisten en que el proceso debe ser gradual y en que solo se llevará a cabo si el Estado les garantiza su seguridad ante el paramilitarismo.

Esta discusión se produce precisamente cuando la banda del llamado Clan Úsuga adelanta “paros armados” en varios municipios y hace públicos sus planes para asesinar policías en varios departamentos. Y cuando parecen estar aumentando los reportes sobre persecuciones, amenazas, asesinatos selectivos y desapariciones de líderes sociales en diferentes regiones del país.

Bajo estas circunstancias, la diferencia entre el Gobierno y las FARC sobre la dejación de las armas no es un asunto menor ni es puramente técnico, sino el reflejo de posiciones radicalmente opuestas acerca del futuro del proceso. Y aunque se han dado avances concretos en las negociaciones sobre este punto, las discrepancias acerca de los plazos y condiciones del desarme tienen gran importancia operativa pero también una carga simbólica muy alta.

La doble dimensión del desarme

Hay que tener en cuenta que el desarme de la guerrilla tiene dos dimensiones importantes:

1. La técnico-operativa donde figuran los elementos logísticos de planeación y ejecución del proceso: Actividades secuenciales de diagnóstico sobre el número, tipo y ubicación de las armas; recolección de los arsenales; identificación, inspección y registro de sus características físicas, y almacenamiento y disposición final, ya sea que se destruyan o se reutilicen.

En el mundo existen algunos manuales y guías que pueden ayudar a conducir estos procesos, producto de experiencias que han demostrado la importancia de concertar reglas de juego explícitas y claras sobre protocolos de desarme. Estos procesos deben tener bien definidos sus cronogramas, procedimientos, presupuestos y mecanismos de verificación, monitoreo y rendición de cuentas, como lo hemos venido proponiendo desde la Fundación Ideas para la Paz (FIP).

2. La otra dimensión del desarme es la político-simbólica. Aquí la dejación de armas y el cumplimiento de lo pactado dependen de la voluntad política de las partes, que debe traducirse en un acto simbólico que represente la terminación formal de la guerra y el comienzo de la transición a la paz.

Que la guerrilla deje las armas no será solamente un formalismo, sino un acto con un tremendo significado pues las FARC consideran que “las armas no son un fetiche sino un instrumento de resistencia que no tiene ningún valor sin que haya conciencia de quién esta detrás de ellas”. El del desarme, por lo mismo, es para ellas “un momento lleno de simbolismo porque implica cerrar un ciclo y adentrase en una nueva senda”, como dijo Vicenç Fisas. Se trata de un acto donde intervienen las emociones:

  • De los combatientes, quienes se desprenden de la herramienta que los ha acompañado por muchos años y que ha sido un símbolo de lucha y de protección.
  • De la sociedad colombiana, que espera que no se repita la guerra.
  • De los negociadores, quienes deben darle un manejo cuidadoso a las percepciones, expectativas y sentimientos del público para proyectar una imagen de legitimidad y transparencia en el proceso.

Riesgos y oportunidades

A medida que se fijen lineamientos operativos claros para la gestión del armamento se avanzará en la ejecución del desarme. Esto ayudará a producir confianza, demostrará transparencia, legitimará el proceso y hará que este tenga un alto impacto simbólico. De ahí que una valoración precisa y acertada de la dejación de armas por parte de los negociadores deba contemplar las dos dimensiones mencionadas.

Desconocer esta relación puede llevar incluso a comprometer el avance de los diálogos. Así lo demuestran algunos procesos de paz en el mundo donde los escollos en la planeación y ejecución del desarme han minado la confianza entre las partes y han estado muy cerca de interrumpir las negociaciones.

Las experiencias de República Democrática del Congo, Nepal, Irlanda del Norte, Sierra Leona y El Salvador demuestran que la falta de disposiciones claras sobre el proceso de desarme, el excesivo hermetismo de las negociaciones, la insuficiencia de fondos para su financiamiento y la adopción de plazos restrictivos de ejecución pueden producir malestar, retrasos e interrupciones y llevar a la ruptura de los acuerdos. Aunque no hay ejemplos de procesos de paz fallidos por desacuerdos sobre el tema del desarme, este es un riesgo evidente y un escenario que no debe descartarse.

Hace bien el Gobierno al exigir que las FARC se comprometan con un plazo para terminar el desarme y que no queden dudas sobre la completa destrucción de los arsenales. Sin embargo también es cierto que la imposición de inamovibles o de esquemas rígidos sobre un asunto tan sensible y con tanta trascendencia simbólica puede ser contraproducente.

Esto no significa que deban hacerse concesiones por el afán de alcanzar un acuerdo definitivo. Por el contrario, hay que actuar con la mayor responsabilidad para evitar acuerdos improvisados y para garantizar la efectividad, la confianza y la legitimidad que serán fundamentales para avanzar en otros asuntos críticos como la refrendación popular de los acuerdos.

Hace bien el Gobierno al exigir que las FARC se comprometan con un plazo para terminar el desarme y que no queden dudas sobre la completa destrucción de los arsenales

Posibles cursos de acción

Para lograr que este sea un proceso integral (o donde lo político se traduzca en lo operativo y se plasme en lo simbólico), podrían adoptarse al menos dos medidas para la gestión del armamento en poder de las FARC.

1. Una alternativa consistiría en incluir mecanismos de rendición de cuentas que permitan a la sociedad conocer las condiciones y avances del proceso. Esto podría hacerse mediante grupos de verificación donde participen las partes junto con representantes de la sociedad civil que se encarguen de elaborar y divulgar informes periódicos sobre la dejación y disposición de las armas. Esta estrategia favorecería la confianza y aseguraría la continuidad del proceso en momentos de incertidumbre y pesimismo.

2. Otra opción sería destruir los arsenales. Esta es tal vez la fase con mayor carga simbólica dentro del proceso, y por eso es importante demostrarles a la sociedad colombiana y a la comunidad internacional que las armas han quedado silenciadas para siempre.

Dado que las FARC ha insistido en que esta destrucción no se hará pública y es improbable que ceda en este aspecto, debería contemplarse la posibilidad de crear mecanismos de participación de delegaciones de víctimas y de la sociedad civil en las ceremonias privadas de entrega y destrucción de armas. Esta participación debe ir acompañada por una sólida estrategia de comunicación, de rendición de cuentas, monitoreo y verificación.

Tampoco se pueden descartar las redes sociales u otras formas de seguimiento en tiempo real que informen a la gente sobre el número de armas que se están entregando. Esto no convertiría la dejación en un show mediático, permitiría superar la resistencia de la guerrilla y daría garantías sobre la ejecución del proceso.

Los problemas técnicos pueden ser resueltos, aunque esto implique que las negociaciones se prologuen un poco. Sin embargo, el desarme también es un proceso lleno de significados que exige señales, símbolos y muestras de legitimidad. La conjugación de estos elementos en aras de la definición de procedimientos transparentes y expeditos ayudará a que no se corran riesgos innecesarios que pongan en peligro el diálogo.