Versión ampliada de la columna de opinión publicada en el diario El País de Cali, el 25 de febrero.

Más allá del escándalo y la indignación, la presencia de ‘Iván Márquez’, ‘Jesús Santrich’ y ‘Joaquín Gómez’ en Conejo, corregimiento del municipio de Fonseca, La Guajira, para “socializar” los avances del proceso de paz con el Bloque Martín Caballero y sus cinco frentes (el 59, 41, 19, 35 y 37), fue una postal de lo que será “deshabanizar” el proceso. Este hecho nos deja varias inquietudes.

La primera, si las FARC buscarán en sus territorios de influencia histórica arar el terreno para “socializar” los acuerdos y, de paso, hacer que su propuesta de la Asamblea Nacional Constituyente tome impulso. Lo de Conejo no solamente se trató de hacer pedagogía, es decir, de enseñar y educar a sus tropas acerca del proceso de La Habana, sino también de un acto político clásico a la colombiana: auditorio, discurso y armas. Ya nadie recuerda que esta ha sido una de las formas de hacer política en un país en guerra, porque no sólo del verbo surgen los apoyos. También del fusil.

La diferencia es que los fusiles de las FARC no pondrán el 35% del Congreso, como otros sí lo hicieron hace diez años, y que lo que se están jugando es transitar hacia un movimiento político y terminar con la fórmula plomo = votos.

Otra cosa es la bofetada de realismo político que recibimos el viernes pasado: sin acuerdo, las armas seguirán a discreción, el Gobierno no puede aspirar a controlarlo todo y, sí, las FARC aún cruzan entre Venezuela y Colombia, zona de frontera en la que la autoridad y la legitimidad ha estado históricamente en disputa, sin que el Estado colombiano haya sido un competidor serio.

En todo proceso de paz lo éxitos son la excepción y los obstáculos, tensiones y escenarios de ruptura son la regla, lo que exige ponderación a la hora de analizar lo ocurrido

La segunda inquietud es que en todo proceso de paz lo éxitos son la excepción y los obstáculos, tensiones y escenarios de ruptura son la regla, lo que exige ponderación a la hora de analizar lo ocurrido. Por eso fueron apresurados, hiperbólicos y cortos en elementos de juicio, tuits como los de la senadora Claudia López –“si el gobierno no controla a 20 de las FARC q (sic) están en la Habana para q (sic) no hagan política con armas como controlará toda la guerrillerada?”– o el de Oscar Iván Zuluaga –“Gobierno Santos entrega el país a FARC. Fotos en pleno paso fronterizo con Venezuela. Indignación nacional”–.

Abusar de la exageración, como Zuluaga (“Santos entrega el país a FARC”) y tratar al otro despectivamente como la senadora López (con el uso del sufijo en “guerrillerada” para indicar una colectividad uniforme y amorfa, casi como una gallada más) no contribuye a preguntarnos por la realidad organizacional de las FARC en estos territorios, ni por los alcances de la estrategia de pedagogía, ni tampoco por el rol de los conejeros, ciudadanos que mostraron no sólo ser activos y coincidentes con reclamaciones irresueltas que no sólo enarbolan las FARC, sino también optimistas con que este proceso de paz tenga un desenlace positivo.

Además de no aportar, estas interpretaciones también enceguecen, pues no se trató de controlar a 20 personas, sino de tropa armada y uniformada, en una zona que para hacer pedagogía fue desmilitarizada por un período corto, sin entregarle el territorio a nadie.

Pero quizá otro punto que se ha escapado de este hecho, es que estamos siendo espectadores de un mecanismo muy difícil de poner en práctica: ambas partes haciendo pedagogía acerca de la eventual firma de un acuerdo final. El Gobierno y las FARC lo necesitan pero no tienen la experiencia y como en todo proceso de aprendizaje, también han sido torpes. El Gobierno, por su lado, intenta darle contenido a la manida “paz territorial”, que como concepto es incompleto pues tiene significado pero carece de significante, y hace un gran esfuerzo por involucrar a los diferentes sectores de la sociedad para que sueñen con los beneficios de la paz y se monten en el tren de la refrendación.

Estamos siendo espectadores de un mecanismo muy difícil de poner en práctica: ambas partes haciendo pedagogía acerca de la eventual firma de un acuerdo final

Por su parte, las FARC saben que deben transmitir lo hablado y lo acordado en La Habana a sus estructuras en Colombia. Una cosa son la cohesión y las lealtades integrando un ejército en guerra –sea legal o ilegal– y otra cuando ese mismo ejército busca convertirse en movimiento político. Una cosa son los rumores de disidencias en estos momentos, otra, la realidad después del proceso de paz, cuando algunas estructuras rompan con los actuales esquemas de cohesión y lealtad y, por ende, vean mejores caminos en la criminalidad.

Las imágenes y los videos que han circulado de integrantes de las FARC armados, rodeando a sus comandantes, causaron todo tipo de especulaciones acerca de si así será la cotidianeidad en las zonas de concentración. Más bien, cabe preguntarse por los mecanismos de seguridad internos que deberán disponerse –los externos estarán a cargo del Estado colombiano–, más aún cuando estas zonas se diseñan para la dejación de armas y su destrucción, la desmovilización y la implementación de las primeras medidas de estabilización. Acá algunos han sido muy hábiles en traer los fantasmas del Caguán al confundir zonas de despeje con zonas de concentración.

Ahora bien, hay quienes argumentan que lo de Conejo fue la viva imagen de los Terrepaz disfrazada de zona de concentración, porque lo que buscarán será mantener el contacto con poblaciones en territorios que en muchas regiones de Colombia se estructuraron con la guerra, la cual, a su vez moldeó las identidades y a la misma sociedad. De ahí, que también se plantee que las zonas de concentración estén alejadas de la población civil, bajo criterios razonables de seguridad, operativos y logísticos, y no se alarguen en el tiempo.

Lo que no se puede volver repetir –y me resisto a creer que esto fue una simple indelicadeza– es que las autoridades locales y departamentales no supieran que este acto se iba a llevar a cabo, y que el despeje militar y temporal haya dado pie para ser interpretado como una subordinación de la soberanía nacional a las FARC.

Esperemos que los ajustes al protocolo que ayer anunció Humberto de la Calle corrijan estos vacíos. Si no, estamos frente al “analfabetismo para la paz”. Me lo resume un ciudadano de Fonseca: “Ahí es donde La Habana choca con Colombia.” Las armas, pues, fueron lo de menos.