Columna publicada el 5 de febrero en el diario El Espectador

Del primer cumpleaños del Plan Colombia se habla mucho por estos días, del segundo solo algunos se acuerdan y del tercer “onomástico”, que es el más importante para el postconflicto, casi nada se comenta.

Hablemos primero de la fiesta de 15, de todos los padrinos que ha tenido el Plan Colombia en Bogotá y Washington: Presidentes, congresistas, generales, embajadores, secretarios y ministros. Pero hay un par de ellos que no han salido a sacar pecho: La industria petrolera norteamericana y las compañías contratistas de servicios y equipos militares.

Según las investigaciones rigurosas de Adam Isacson, el lobby de la industria petrolera fue fundamental para asegurar el paquete de ayuda que aprobó el XVI Congreso de los Estados Unidos en el verano del año 2000. Afectados por las constantes voladuras de oleoductos, la incertidumbre operacional y la crisis en las relaciones entre ambos países durante el Gobierno Samper, el rol de los petroleros logro ampliar la escala del Plan Colombia y dinamizar su trámite legislativo. Lo anterior, de un modo muy similar a como 11 años después el lobby de los porcicultores y avicultores norteamericanos sería vital para aceitar la aprobación del TLC en Washington.

A mediados de la década pasada era difícil conseguir una reserva de hotel en Tumaco o San José del Guaviare. La diáspora de miles de contratistas norteamericanos copaban las pocas habitaciones disponibles. Por esos años habían más estadounidenses en Tolemaida que en Cartagena. Fue la industria privada de servicios militares y en menor medida los miembros activos del Army y el Navy quienes apoyaron la modernización de nuestras Fuerzas Armadas. Fueron los contratistas quienes más trabajaron para lograr la ampliación de la aspersión aérea, las capacidades logísticas y la movilidad helicoportada, al igual que el fortalecimiento de las fuerzas especiales, los grupos antisecuestro y la capacitación en manejo de crisis, sistemas de información, inteligencia táctica, comunicaciones, idiomas, etc, etc, etc.

De los 6.1 billones de dólares del paquete de ayuda de los primeros ocho años del Plan Colombia, 4,3 billones (79%) fueron invertidos en los componentes militares y policiales del Plan. No todo fue eficiencia en el gasto, ni transparencia, pero a pesar de los lunares, el cambio en las capacidades armadas en el terreno resultó categórico e irreversible.

Asistencia de EE.UU. a Colombia durante el Plan Colombia (millones de dólares).

Asistencia de EE.UU. a Colombia durante el Plan Colombia (millones de dólares). Fuente: Rico, Daniel (2015), con base en los reportes de GAO al Congreso de EE.UU.

El Plan Colombia nació con un sin sentido operacional, las aeronaves donadas se debían quedar en tierra ante los ataques terroristas y solo podían despegar como apoyo en la lucha contra las drogas. Es decir, los modernos Black Hawk de la Policía Antinarcóticos combatían a las FARC cuando llegaban a destruir un cristalizadero de cocaína, pero cuando la guerrilla se tomaba una población, el apoyo aéreo no estaba autorizado.

El nuevo orden de política exterior de los Estados Unidos que surgió tras los atentados a las Torres Gemelas y la integración de la guerra contra las drogas con la guerra contra el terrorismo, levantó estos vetos operacionales. En la primavera del 2004, el Gobierno Bush inició la segunda etapa del Plan Colombia, con una redefinición estratégica que permitió la priorización de blancos terroristas en el paquete de ayudas. Este fue el punto de partida para la creación y expansión de la Fuerza de Tarea Omega del Comando General, la Fuerza Conjunta que combatió sin descanso a las FARC en sus zonas históricas, en su núcleo económico y en cada una de sus retaguardias en el Meta y el Caquetá. Honor y Gloria a cada uno de los soldados de la Omega.

Para el éxito de Paz Colombia es fundamental contar con interlocutores políticos de alto nivel (y permanentes) en el Congreso de los EE.UU., garantizar la unificación de estrategias bajo un mismo objetivo, tener reglas claras y garantizar la coordinación con contratistas y operadores

La Operación Jaque que llenó de júbilo a todo el país en la tarde del 2 de julio del 2008, marcó el inicio del desmonte gradual del Plan Colombia. Con la liberación de los tres contratistas norteamericanos en poder de las FARC, decayó el interés estratégico del Pentágono en Colombia. Buena parte de la cooperación en inteligencia, la financiación de grupos tácticos y el acompañamiento en las labores de interdicción que se hacían desde el Comando Sur en la Florida, fueron reorientados a las operaciones que EE.UU. lideraba en Afganistán e Irak.

Aunque suena paradójico, tras la Operación Jaque las FARC tuvieron un alivio. La ofensiva militar se resintió en la medida que los recursos del Plan Colombia fueron decayendo. Con menos aspersión aérea, reducción en las horas de vuelo disponibles y el traslado de las plataformas de inteligencia, se diezmó la presión diaria sobre los cabecillas y frentes de las FARC. El viraje presupuestal fue significativo, dos tercios de los recursos que aportaba EE.UU. se recortaron en los siguientes cuatro años.

Las tres etapas del Plan Colombia: su creación, reformulación y desmonte (nacionalización), dejan importantes lecciones para la nueva estrategia de cooperación que se proyecta en la agenda del nuevo Plan. Para el éxito de Paz Colombia es fundamental contar con interlocutores políticos de alto nivel (y permanentes) en el Congreso de los EE.UU., garantizar la unificación de estrategias bajo un mismo objetivo, tener reglas claras y garantizar la coordinación con contratistas y operadores de los recursos, y, sobre todo, mantener una sostenibilidad presupuestal de largo plazo.

El camino de Paz Colombia será tan complejo como el del Plan Colombia, que volvamos a celebrar sus resultados dentro de quince años dependerá del buen aprendizaje institucional de las lecciones históricas.