Columna publicada en la Revista SEMANA Educación. Edición 12.

En mis recorridos por algunas de las zonas más afectadas por el conflicto armado he experimentado un profundo dolor al escuchar a colombianos que se sienten parias en su propia patria. Jóvenes que quisieran salir del país, no solo para evitar las balas, sino para huir de ser tildados injustamente de guerrilleros. Madres que están dispuestas a caminar por horas para dar a luz a sus hijos en la capital, solo para evitarles un señalamiento mortal por su lugar de origen. He recordado los reportes sobre la discriminación racial, cuando personas de algunas zonas de Colombia me cuentan que sólo por tener en su cédula el nombre de un municipio señalado como “zona roja” son interrogadas, detenidas o terminan perdiendo una oportunidad laboral.

Aunque es mucho lo que se ha dicho sobre los temas y las competencias que se deberían desarrollar para la construcción de una cultura de paz, quisiera dar algunas pistas sobre un asunto que ha pasado desapercibido y que definitivamente hay que pensar. Se trata del tema de la estigmatización a las comunidades que han sufrido en carne propia el conflicto. Me uno a un gran grupo de personas y de organizaciones que reconocen el valor y la responsabilidad de las instituciones educativas en la creación de una cultura de paz. Es en la escuela, después de la casa, donde deberíamos aprender a relacionarnos con otros de forma pacífica, a afrontar las frustraciones con serenidad, a valorar la diferencia y a soñar mundos posibles. La escuela es la encargada de mostrarnos que la historia la construye cada uno, con decisiones cotidianas y no grandes héroes lejanos a nosotros. Es también la escuela la que nos ayuda a definir el tipo de personas que queremos ser.

Si en verdad queremos que la paz sea una realidad, las instituciones educativas se tienen que tomar en serio su papel de educar para la paz. No solo en clases de una hora a la semana para cumplir con un decreto, sino desde toda su cotidianidad. Eso incluye lograr que las personas que han vivido el conflicto más directamente se sientan orgullosas de sus raíces, de sus historias de resistencia, de sus capacidades para sobrevivir, muchas veces a pesar de un Estado que debería protegerlas, y de un país que aunque les ha fallado hoy debe comprometerse con su reparación. Incluye también aportar a la construcción de nuevas narrativas sobre estas zonas y sobre las personas que las habitan, y de mejores formas de relacionarnos y reconocernos.

Si en verdad queremos que la paz sea una realidad, las instituciones educativas se tienen que tomar en serio su papel de educar para la paz. No solo en clases de una hora a la semana para cumplir con un decreto, sino desde toda su cotidianidad.

La paz requiere de nuevas generaciones que se sientan tranquilas en su interacción con cualquier compatriota. Para ello, los profesores tienen la tarea enorme de diseñar actividades para el aprendizaje de la historia del conflicto que no profundicen la estigmatización de algunas regiones, grupos e ideologías.

El reto mayor en este sentido no es sólo lograr una mejor comprensión de lo que ha sido el conflicto, sino sanarnos de las heridas de guerra que cargamos todos los adultos de este país, y que alimentan el miedo que se transmite a las nuevas generaciones al estigmatizar al otro. Son esas heridas las que están presentes en las conversaciones informales en los colegios y en la incapacidad para el diálogo en la cotidianidad de la escuela. Son las que salen al hablar del otro, de ese otro que no ha tenido la dicha de vivir el conflicto desde el centro.