Artículo publicado en El Espectador, el 29 de agosto de 2012

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A la recurrente explicación económica para el reclutamiento de menores por grupos armados ilegales se ha sumado, para las mujeres, la de la violencia sexual. Se habla de cientos, miles, de niñas “violadas, abusadas y maltratadas física y sicológicamente por los hombres armados”. Se afirma que “la violencia de género y la violencia sexual en conflictos armados son perpetradas como actos de venganza, como aliciente para la moral de los soldados, como un método de infligir terror y humillación en la población”. Pero el problema presenta aristas más sombrías, y puede tener origen doméstico.

Eloísa*, una ex guerrillera, decidió que su padrastro sería su papá pues su padre biológico, a quien llama El Demonio, abusó de ella desde los ocho años. “Nunca le he contado esto a nadie, ni a mi mamá, porque él se enfurecía y decía que si hablaba me cosía los labios. Y también me callaba por miedo a las lenguas del pueblo, que son largas … Llegaba con una botella de cerveza en la mano y yo volvía a decir `estoy despierta, esto no es un sueño, es la realidad´… Él roncaba un tanto y cuando dejaba de roncar, me decía: `Usted no es mi hija. Usted es mi mujer´”.

Con tales fechorías en casa el reclutamiento estuvo servido en bandeja. Cuando, a los nueve años, Eloísa trató de evadirse con cien tabletas de Novalgina, quienes la encontraron desfallecida en la calle fueron los de la ronda nocturna de la guerrilla. A los trece le mandó un mensaje al duro de turno. “Díganle que quiero ingresar. Yo también soy capaz de disparar un fusil”.

No son pocas las jóvenes campesinas que han buscado refugio a la violencia de su entorno inmediato en los grupos armados. Entre las que respondieron la encuesta a desmovilizados de la Fundación Ideas para la Paz (FIP), una de cada cinco señala haber sufrido abuso sexual antes de la vinculación. Para las citadinas la cifra es menor pero sigue siendo alta, 13%.

Los principales responsables de los atropellos no son los guerreros sino quienes viven con ellas en la casa, o por ahí cerca. El 65% de las campesinas sexualmente abusadas antes de entrar al conflicto señalan a un familiar como responsable. Tan sólo un 5% reporta haber sido agredida por alguien del grupo armado. Para las mujeres de origen urbano la participación de los guerreros en el abuso es mayor pero siempre inferior a la de los familiares.

El impacto del abuso sexual es duradero. En los momentos de pasión con algún guerrillero, a Eloísa se le “encaramaba la rabia a la cabeza” porque le parecía que estaba con El Demonio y sentía unas ganas tremendas de atacarlo. Cuando en su frente le dieron a las mujeres la orden de ajusticiar un infiltrado a cuchilladas, ella sólo tuvo que pensar que era El Demonio y “por fin le había llegado su momento. Ahí me calenté … le dí dos veces. Con fuerza. Con todo lo que me daba el brazo”. Algo sorprendido, el comandante preguntó de dónde había salido semejante guerrera. “¿Guerrera? yo no era más que una hija ofendida”.

Para prevenir el abuso sexual en la casa se debería reforzar la vigilancia a través de la escuela: cuando los incidentes llegan al sistema de salud ya es demasiado tarde. Pero esa vía no es infalible. Una vez que Eloísa se quedó en el salón pensando en la lección de escritura recibió un puño en el oído derecho. Era don Agustín muy molesto porque le había desobedecido la prohibición de no salir a recreo. “Se me fue el mundo … duré más de dos meses con un zumbido en el oído y un mareo que me tumbaba”. Fue a quejarse al comandante.

En la guerrilla las cosas no funcionaron mucho mejor. “Lo que encontré allí fue más agobio”. Eso sí, aprendió a defenderse. No sólo mató a los que quisieron abusar de ella sino que cuando El Demonio volvió a empujarla contra el colchón sacó la treinta y ocho y disparó al suelo. Lo dejó como un pobre diablo.

La vinculación de menores al conflicto colombiano es un enredo monumental. No siempre se trata de una familia que entrega a sus hijas para que no se mueran de hambre, o de unos guerreros que las violan y convierten en esclavas sexuales. A pesar de los excesos de profesores como don Agustín hay que insistir en la calidad del sistema educativo. No abundan opciones para detectar a los tipos endemoniados con sus hijas o familiares.

* Historia tomada de Más allá de la noche de Germán Castro Caycedo.