Cuando era un joven de colegio y las bombas del narcotráfico tronaban por doquier, la Policía se hallaba en un desprestigio atroz. La famosa película de Sergio Cabrera, La Estrategia del Caracol, refleja con ironía y lucidez una opinión que, en ese momento, estaba generalizada. Los policías eran vistos, salvo escasas excepciones, como un puñado de hombres y mujeres desorientados, ineptos y ávidos de sobornos. En el mejor de los casos, amigables, pero, sin lugar a dudas, incapaces de prestar un servicio distinto al de servir de lacayos de poca monta a un grupo público o privado de tramposos con mayor pecunio y poder. En mi retina juvenil vive aún ese policía negligente, de sonrisa fácil y asustadizo, que huyó afanosamente con la mano sobre su quepis mientras la hp casa recién pintada se derrumbaba en una atronadora carcajada del destino.

Pero luego vinieron otros tiempos. Los del combate al narcotráfico, los de los comandos conjuntos y la inteligencia, los de los héroes que se opusieron a la corrupción de la mafia, los de los mártires de Medellín comandados por los “mejores policías del mundo”. ¿Quién hubiera creído que, tras los fatídicos años ochenta, fuera un exdirector de la Policía el hombre con mejor reputación en el país? El súper policía amable y cordial, el del abrazo cálido y la voz serena, que de posible fórmula vicepresidencial pasó a ser ministro del postconflicto.

A nadie le cabe duda que aún queda mucho por mejorar. Pero también sabemos que esa institución que servía de burla hace poco más de veinte años ha evolucionado hacia un cuerpo de policía con reconocimiento regional. Basta con comparar el pensum de formación de la otrora venerada escuela Carlos Ibáñez del Campo de los Carabineros de Chile, con el que tenemos en nuestra criollísima General Santander; o los manuales de procedimientos de la Policía Metropolitana de Buenos Aires con la doctrina para la prestación del servicio de Policía de la Dirección de Seguridad Ciudadana de la PONAL. Esto constata que el avance de la Policía colombiana no ha sido menor.

A nadie le cabe duda que aún queda mucho por mejorar. Pero también sabemos que esa institución que servía de burla hace poco más de veinte años, ha evolucionado hacia un cuerpo de Policía con reconocimiento regional

Para escribir esta historia reciente se han requerido muchos hombres y mujeres, corajudos y visionarios, mucho esfuerzo y, también, mucho desprestigio. Se han necesitado varias misiones de expertos nacionales e internacionales, varias reformas jurídicas y procesos internos de reingeniería, innovación y reforma institucional. Los cambios no han sido fáciles, ni tampoco lineales. Aún resta por discutir muchos elementos del modelo de carrera y de los ascensos, del esquema de incentivos y normas, de las especializaciones y los grados, del aprendizaje integral y los currículos, tanto visibles como ocultos. Pese a ello, al final del día, el itinerario de nuestra Policía muestra una institución que se ha depurado paulatinamente y que ha dado grandes debates con profundidad.

Desafortunadamente –y en ello estriba la paradoja– en medio de este esfuerzo de modernización apareció el proceso de paz. Y con él se avivaron los fantasmas de la guerra fría y los discursos sobre la amenaza y los enemigos internos. Entonces, una Policía que había entendido la necesidad de profesionalizarse y especializarse en torno al concepto de seguridad y convivencia ciudadana, regresó, por efecto del temor, al mensaje de la seguridad nacional y del espíritu de cuerpo. Se encendieron las alarmas cuando se escuchó sobre el Ministerio de la Seguridad Ciudadana, sobre la incorporación de guerrilleros a sus filas y sobre la desmilitarización de las tradiciones policiales.

En ese ambiente de efervescencia y poca serenidad, quienes estaban indecisos se decidieron y los opositores se radicalizaron. Muchos miembros de la reserva activa afilaron sus argumentos y la institución, en conjunto, entró en un cierto tipo de atrincheramiento y preocupación, totalmente contrario a su vida reciente.

Si se mira en perspectiva, todas esas reacciones son absolutamente comprensibles. Son la respuesta lógica a una amenaza real. Que no es la amenaza del castro–chavismo, sino la amenaza que implica la pérdida de la identidad. Ni el Gobierno, ni muchos de los amigos del proceso de paz, han entendido que los cambios generan incertidumbre y que si éstos vienen de afuera y son impuestos, a esa incertidumbre se le suma el terror. Los cambios profundos necesitan tiempo, moderación, paciencia, determinación y templanza.

Una Policía que había entendido la necesidad de profesionalizarse y especializarse en torno al concepto de seguridad y convivencia ciudadana, regresó, por efecto del temor, al mensaje de la seguridad nacional y del espíritu de cuerpo.

Hace ya mucho tiempo aprendimos que el líder que hace la paz es más escaso y valioso que el líder que hace la guerra. Pero esto no es por motivos políticos, sino sencillamente porque pegar los pedazos del jarrón roto es más lento y costoso que arrojarlo al piso. Por ese motivo, el liderazgo para la paz requiere energía y, a la vez, control. Requiere imaginación y realismo. Ayudarnos a visualizar un nuevo futuro y apoyarnos para hallar la fuerza que se requiere para dar el salto.

En ese sentido, cuanta irresponsabilidad encuentro en las declaraciones sueltas e injustificadas que han hecho muchos de los responsables de la política cuando han hablado de reformas policiales en el contexto del proceso de paz. Esos comentarios descontextualizados y carentes de argumentos, incentivan la desconfianza y exacerban los temores sobre el cambio, como ya lo he dicho. Con tristeza debemos reconocer que aún estamos lejos de un liderazgo público para la paz, plenamente transformador y constructivo.

Pese a ello, y por ello también, es que hoy llamo la atención sobre la Policía y le digo a los hombres y mujeres uniformados, con mucha humildad y respeto por su quehacer: ustedes son la institución del postconflicto. Que no les quepa la menor duda. Si este país finaliza algún día este atroz conflicto armado y dedica sus empeños a construir la paz, será en buena medida porque fuimos capaces de regularnos sin temor a ser abatidos y porque consideramos que la convivencia y la seguridad de todos los ciudadanos son la base de la verdadera prosperidad. Y es por ese motivo por el cual el postconflicto requerirá ciudadanos que cuiden ciudadanos, que sepan y apliquen la norma mirando a los ojos y en representación del Estado. O sea, policías.

Que este sea un voto sencillo para que destrabemos la paradoja y para que sigamos dando pasos firmes hacia la modernización de la Policía, con o sin proceso de paz. Y que entendamos que si se firma la paz a nuestra Policía le irá mejor. Pero no porque en La Habana se generen las mejores ideas, sino porque hace ya muchos años hombres y mujeres policías vienen encontrando en nuestro país un lugar imprescindible y entrañable. Vienen pensando en el futuro y tendrán en la paz una oportunidad enorme para dar un salto cualitativo en la dirección correcta. También para dar los debates que están por darse y para tomar las decisiones que aún están pendientes. Que el horizonte de futuro prime y que el temor no los paralice.