Descargue el informe completo AQUÍ

El Bloque Oriental está debilitado y atraviesa, quizás, por el peor momento de su historia. La meta de cumplir con su principal objetivo, que era movilizar una fuerza considerable hacia Bogotá para tomarse el poder, es casi que inexistente. De hecho, su eje de despliegue, la cordillera Oriental, la cual debería estar copada por una cadena de frentes desde Meta hasta Arauca, pasando por Cundinamarca, Boyacá y Casanare, hoy presenta muy pocas estructuras, la mayoría concentradas en Meta o Arauca y en los límites entre Casanare y Arauca. Todo esto contrasta drásticamente con su accionar a finales de los noventa y principios del nuevo milenio, cuando varios frentes y otras estructuras coparon esta zona.

En la actualidad, no hay estructuras del Bloque Oriental en el entorno de Bogotá y su presencia en la capital es muy débil. Recientemente se han presentado acciones, pero se trata de explosiones de petardos sin ningún impacto, que las autoridades han relacionado con el ELN. Los ataques de las FARC son nulos en Cundinamarca, diferente a lo que se vivió entre 1993 y 2002, cuando un conjunto de frentes rodeó a Bogotá y presionó por medio de acciones armadas.

Aunque es evidente que las FARC nunca estuvieron cerca de tomarse el poder, ejercieron una presión fuerte en dirección a la capital. La Séptima Conferencia (1982) y otras reuniones nacionales le habían asignado al Bloque Oriental situar el eje de despliegue estratégico en la cordillera Oriental y a Bogotá como su centro, así como crear una cadena de no menos de doce frentes que iban desde Uribe (Meta) y llegaban hasta la frontera con Venezuela.

El Pleno de 1985 ratificó lo anterior cuando se ordenó controlar la cordillera Oriental y cercar la capital de la República, para lo que dispuso crear una fuerza de 15.000 integrantes y unas autodefensas campesinas de 5.000, así como atacar simultáneamente en todo el territorio nacional para inmovilizar al Ejército y a la Policía, impulsar insurrecciones en las ciudades, buscar el control de las poblaciones situadas al oriente y crear un gobierno provisional. Hoy, la historia es otra. El Bloque Oriental tiene cerca de 3.500 integrantes, es decir, una cuarta parte de lo que previó la organización, y la reducción de sus efectivos continúa.

Ya en 1993, con la Octava Conferencia, se dieron instrucciones para crear las condiciones políticas y militares para cercar, bloquear y ejercer dominio sobre Bogotá. Se hizo explícito que para el cumplimiento de este objetivo se tendría en cuenta la participación del 50% del conjunto de las fuerzas, que se debería desplazar hacia el centro de despliegue. Esto no deja de ser una paradoja. En la actualidad el Bloque Oriental se acerca al 50% de los integrantes del conjunto de la organización pero en una coyuntura en donde sus efectivos disminuyen a un ritmo considerable.

La participación del Bloque Oriental aumenta en el conjunto de la organización, pero porque el ritmo de disminución de integrantes de los Bloques Caribe, Noroccidental y Magdalena Medio y del Comando Conjunto Central son mayores. El Bloque Oriental osciló entre el 31% y el 47% de los efectivos de toda las FARC entre 1992 y 2011, pero en la actualidad está replegado y no tiene proyección sobre Bogotá.

El Bloque Oriental tiene hoy cerca de 3.500 integrantes, una cuarta parte de lo que previeron, y la reducción de efectivos continúa.

La Octava Conferencia también determinó que cada uno de los frentes debía crecer hasta conformar una fuerza de 300 combatientes, pero ha sucedido lo contrario. Las estructuras de más de 150 integrantes pasaron de 17 en 2002, a solo cinco en 2011, en cambio las estructuras menores aumentaron: 24 en 2011 frente a dos en 2002. Es un retroceso evidente, incuestionable. Se suma que las columnas móviles ya no tienen la misión de movilizarse sobre Bogotá y en la actualidad están replegadas en zonas poco accesibles y marginadas.

La capacidad militar está minada y prueba de ello es que en la actualidad ya no ataca instalaciones de la Fuerza Pública, ni se toma poblaciones. Solamente efectuó dos ataques en 2013, en comparación con los más de 20 que realizó en 2002. Ni siquiera entonces se acercó a un 10% de lo previsto en los planes, que era tomarse a Bogotá.

Hoy el Bloque Oriental prioriza atentados a la infraestructura y realiza pequeñas emboscadas y hostigamientos, las cuales están también en retroceso. En 2013 realizó 74 ataques a la infraestructura, muchos menos si se compara con las 340 de 2002. Entre emboscadas y hostigamientos realizó 90 en 2013, frente a las 179 de 2002; a lo que se agrega que la magnitud de estos ataques es cada vez menor.

Adicionalmente, es necesario considerar que si bien el Bloque Oriental llevaba la delantera en todas las acciones armadas en 2002, comparado con los demás bloques y comandos conjuntos, en 2013 ocupó el segundo lugar en combates, después del Comando Conjunto de Occidente. En ataques a la infraestructura ocupó el quinto después de los Bloque Sur, Noroccidental, el Comando Conjunto de Occidente y el Magdalena Medio. En hostigamientos fue el tercero después del Comando Conjunto de Occidente y del Noroccidental. Ocupó el segundo lugar en ataques a poblaciones y/o a instalaciones de la Fuerza Pública pero solamente realizó dos al igual que varios bloques.

En estas circunstancias, las condiciones favorables para un proceso de paz son evidentes. De no hacerlo, esta estructura correría el riesgo de atomizarse. El Bloque Oriental está replegado y concentra sus frentes en la cuenca del Ariari, Uribe, Vistahermosa, Mesetas, La Macarena y San Vicente del Caguán, así como en el Sarare, en el departamento de Arauca.

Hoy el Bloque Oriental prioriza atentados a la infraestructura y realiza pequeñas emboscadas y hostigamientos, las cuales están también en retroceso. En 2013 realizó 74 ataques a la infraestructura, muchos menos si se compara con las 340 de 2002.

Se suma que su capacidad para financiarse está muy reducida. Los cultivos en municipios en donde el Bloque ha tenido influencia pasaron de 46.000 hectáreas en 2002 a 8.000 en 2013, menos de una cuarta parte. Es evidente que todavía hay nichos de siembras y se mantienen centros de acopio y transformación, pero cada vez más estos se transforman en economías legales.

Un ejemplo de que esto ocurre es San Juan de Lozada, un centro poblado donde el Bloque Oriental tiene un control absoluto y fue preponderantemente cocalero en el pasado, pero hoy está en un proceso de transformación hacia la ganadería tecnificada. Adicionalmente, Piñalito, un corregimiento de Vistahermosa que sirvió de centro de acopio y transformación, en la actualidad es testigo de transformaciones de la estructura productiva a economías legales.

Pese a lo anterior, no hay que desconocer la persistencia de centros cocaleros. El Bajo Guayabero, en la convergencia entre La Macarena, Vistahermosa y Puerto Rico sigue siendo una zona crítica y preocupan casos como el de Santa Catalina y El Vergel, áreas abiertas de acopio y comercialización de drogas ilícitas.

Las condiciones en la zona donde se ha movido el Bloque Oriental no son del todo favorables al proceso de paz. En las zonas más integradas a economías legales, es decir ganaderías, explotaciones de palma, exploración o extracción de petróleo, salvo excepciones, son contrarias a las FARC y poco se cree en el proceso de paz. Lo mismo ocurre en las principales cabeceras en donde vive la mayoría de la población.

Lo contrario ocurre en espacios en donde predominan economías ilegales, la presencia institucional es baja, hay cultivos de coca y arraigo de comunidades que en el pasado fueron encuadradas por el Partido Comunista o por juntas de acción comunal y organizaciones agrarias proclives a las FARC. Allí las posturas son mucho más favorables y habría algún respaldo a las FARC. No obstante, resulta difícil saber qué pasaría cuando la organización no tenga respaldo armado, aún en un caso como en San Juan de Lozada, en límites entre La Macarena y San Vicente del Caguán, donde se ha desarrollado una ganadería tecnificada y al mismo tiempo hay respaldo a las FARC.

Los retos son difíciles. En la medida en que las economías ilegales se transforman y las FARC dejen de sustentarse en un respaldo armado, las comunidades tenderían a alinearse con el Estado. Este escenario deja la pregunta abierta de hasta qué punto las FARC abandonarán las economías ilegales, la extorsión y las armas. Construir un escenario de paz en estas condiciones es un propósito que debe incorporar variados ingredientes. Más aún si se tiene en cuenta que de no llegar a un acuerdo negociado, la organización tenderá a fragmentarse y atomizarse aún más.