Esta columna de opinión se publicó en la revista Tribuna, de
la Universidad de los Andes, en la edición de febrero del 2015

No creo que buscar la paz negociada con las guerrillas tenga riesgos para Colombia. Lo que sí implica, de lograrse, son muchos desafíos. El primero de ellos y más inmediato tiene que ver con el balance entre justicia y paz, un acertijo difícil de resolver porque se trata de lograr que los grupos insurgentes dejen las armas para que hagan política por los canales democráticos, pero que a la vez se respeten plenamente los derechos de las víctimas. La mayoría de los colombianos, por lo demás, han manifestado de manera reiterada en los sondeos de opinión que lo que esperan es que los guerrilleros se desmovilicen, dejen las armas, paguen cárcel y no participen en política. Y para hacer más complejo el acertijo está el asunto de encontrar una fórmula que equilibre el tratamiento que se les dé a los guerrilleros con el que recibirían otros actores del conflicto, en particular los agentes del Estado. Resolver este dilema requiere de un esfuerzo imaginativo, el cual al ­final quedará en manos del Congreso, que tendrá que reglamentar el Marco Jurídico para la Paz. De la manera como esto se resuelva dependerá la paz en el país.

El segundo gran desafío está en la construcción de una paz sostenible, lo que depende de realizar las trasformaciones que el país requiere para evitar que la violencia política persista y que otras formas de crimen se tomen los espacios de poder que dejen las guerrillas, como ha ocurrido en el pasado. Los puntos de la agenda que ya se han acordado en La Habana en materia rural y de partición política y ciudadana son claves en ese sentido, así como la noción de “Paz Territorial” que viene promoviendo el comisionado de Paz Sergio Jaramillo. Sin embargo, son numerosas las preguntas sobre la manera como esto se traducirá a la realidad. ¿Cómo se va a transformar la ruralidad en Colombia cerrando la brecha con el país urbano? ¿Cómo cambiar los términos de la relación entre la Colombia “moderna y so­sticada” del altiplano y la “salvaje” que con frecuencia se encuentra en la periferia? ¿Cómo construir Estado, ciudadanía y condiciones para la equidad en todo el territorio nacional? Y ­finalmente, ¿cuál sería el monto de la inversión que se requeriría para construir la paz territorial?

Estos asuntos no son nuevos y en Colombia se han ensayado diversas fórmulas en el pasado como la Reforma Agraria, el Plan Nacional de Rehabilitación o la Política de Consolidación Territorial, que no han logrado el cometido. Hoy estamos ante una gran oportunidad para lograrlo, pues el que se silencien los fusiles de las guerrillas abrirá el espacio para que los colombianos nos concentremos en los asuntos estructurales. Sin embargo, la sola “energía de la paz” de la que habla el comisionado Jaramillo no será su­ficiente para modernizar a Colombia y sacarla del espiral de violencias y criminalidad. Se requiere de unidad de propósito frente a la construcción de paz y lo que esto implica, algo que precisamente hoy no existe en el país, pues como lo dice el experto del Centro Internacional de Toledo por la Paz, Shlomo Ben Ami, las guerras unen (así como sucedió en la lucha contra las FARC), pero la paz divide.

Se requiere de un liderazgo pedagógico, al estilo mockusiano, que movilice ciudadanos e invite a reflexionar sobre la manera como los colombianos entendemos el conflicto

Para enfrentar los desafíos que supone la paz y la unidad de propósito para construirla se requiere en primer lugar de un liderazgo político que construya un consenso político alrededor de los temas de justicia y de la refrendación ciudadana de los acuerdos; sin esto podrá ­armarse la paz en Cuba, pero no será una realidad en Colombia. Al mismo tiempo se requiere de un liderazgo pedagógico, al estilo mockusiano, que movilice ciudadanos e invite a reflexionar sobre la manera como los colombianos entendemos el conflicto, sus causas y sus soluciones.

En Colombia caló la idea de que el problema del conflicto son las guerrillas, pero si no pensamos en nuestra responsabilidad colectiva y en lo que cada uno puede aportar para hacer una Colombia moderna y democrática, no será posible construir una paz sostenible. Ese liderazgo pedagógico no tiene que ver con explicar los acuerdos de La Habana, sino con trabajar por el cambio de valores ciudadanos. Finalmente, hay que tener en cuenta que la construcción de una paz sostenible es un proceso acumulativo de largo plazo, de ahí que se requiera de un liderazgo prolongado.