Para la Alcaldía de Bogotá y expertos en seguridad, el aumento de la tasa de homicidios en 2014 se debe al incremento de las disputas entre bandas delincuenciales relacionadas con el microtráfico, e incluso a los ajustes de cuentas de bandas foráneas involucradas en el narcotráfico y la minería ilegal[1]. Bogotá pasó de tener una tasa de 16.7 homicidios por cada cien mil habitantes en 2013 a una de 17.3 en 2014, y una porción importante de ese incremento, según los análisis de la FIP, está relacionado con el sicariato: de 94 casos se pasó a 215[2]. Basta mirar cómo funcionan los expendios para entender el complejo sistema de criminalidad en la ciudad.

Se calcula que el negocio de las drogas en Bogotá mueve en promedio 30 millones de pesos diarios por ‘olla’ y que las redes a las que pertenecen obtienen ganancias por más de 30 mil millones al mes[3]. Esta rentabilidad produce duras tensiones entre quienes tienen o desean tener parte en el negocio. Las autoridades hablan de la existencia de un gran número de estructuras delincuenciales, desde pequeñas organizaciones familiares hasta redes criminales que cuentan con un soporte armado. Para el caso de las segundas, ese brazo armado hace parte de la misma organización, mientras que en las pequeñas, generalmente se subcontrata. Cada cual, de acuerdo a su capacidad, se encarga de garantizar el dominio del mercado en territorios específicos. En el caso de las pequeñas organizaciones el control se limita a barrios periféricos, mientras que en las mayores se extiende a más de una localidad.

Las organizaciones más grandes controlan los expendios con mayor demanda. En una ‘olla’ como el Bronx puede haber hasta siete organizaciones encargadas de la comercialización de la droga y esas mismas estructuras extienden sus tentáculos a las localidades de la periferia. Las autoridades llaman ‘ganchos’ o líneas de microtráfico a esta forma de repartición del mercado. Cada estructura tiene un sello que identifica su droga para poder controlar la venta, fidelizar a sus clientes (por la vía no violenta) y evitar que sus jíbaros vendan droga de otra organización.

En 2013, por ejemplo, luego de que el presidente Santos ordenara intervenir las ‘ollas’ más grandes del país, se desarticularon los ‘ganchos’ mosco, homero y manguera que operaban en el Bronx. Las autoridades los identificaron porque en sus papeletas de droga tenían estos símbolos. Se estima que en Bogotá existen 13 ‘ganchos’ desplegados en las localidades de Suba, Chapinero, San Cristobal, Engativá, Puente Aranda, Ciudad Bolívar, Tunjuelito, Rafael Uribe, Santa Fe, Bosa y Kennedy, es decir, en la mitad de la ciudad.

El mercado está organizado de esta forma para mantener y aumentar el nivel de demanda. Se trata de un sistema compuesto de ‘ollas’ mayores, ‘ollas’ periféricas y expendios al menudeo o callejeros, el cual fue cobrando fuerza tras la desarticulación de la 'olla' conocida como el ‘Cartucho’, a finales de los 90. Ese golpe dinamizó el mercado y atomizó la demanda. Por eso surgió el Bronx como 'olla' principal –aunque nunca ha alcanzado las dimensiones de su predecesora– pero también expendios menores en localidades periféricas.

Este sistema fortalece los micromercados y permite que mientras una ‘olla’ se cierra por el accionar de la Policía, otra se abra y así se mantiene el balance entre la oferta y la demanda. Su eficacia quedó en evidencia en 2013 cuando a pesar de la intervención de las ‘ollas’ más grandes del país, el mercado no se alteró, según lo demuestran los análisis de la FIP[4].

Mientras las ‘ollas’ mayores se concentran en la venta de bazuco, marihuana y cocaína, los expendios más exclusivos comercian con diversidad de drogas sintéticas y semi-sintéticas. Esto significa que hay una especialización de los expendios por producto y por ende, por tipo de cliente que las frecuenta. Por ejemplo, las ‘ollas’ que expenden de forma exclusiva bazuco, son frecuentadas por habitantes de calle, mientras las que expenden drogas sintéticas y semi-sintéticas, cubren la demanda de jóvenes de estratos cuatro, cinco y seis. En esa medida, esta especialización tiene un trasfondo elitista dado que limita a los clientes según su capacidad de pago.

El Bronx, ubicado junto a la plaza del Voto Nacional en el centro de Bogotá, concentra una alta densidad de población de todas las clases sociales, aunque prevalecen una gran cantidad de habitantes de calle. Por ser una ‘olla’ mayor, ofrece todo tipo de productos, incluso alcohol artesanal, la compra y venta de artículos robados y armas. Tanto en el interior como en las cuadras que la rodean, hay establecimientos de reciclaje, que son un común denominador en todas las ‘ollas’ del país[5]. A estos negocios entran y salen constantemente habitantes de calle, lo que facilita el ingreso de la droga, ya que la camuflan en las carretillas que son de difícil control para la Policía[6].

Como ya se mencionó, este expendio no es controlado por una sola organización. Cada estructura tiene un área delimitada dentro de las cuatro cuadras que lo conforman, así como sus clientes. Para garantizar el cumplimiento de las leyes que allí se imparten están los brazos armados de cada organización, que se encargan de ajusticiar al jíbaro que vende droga de otro gancho o que pierde la mercancía, o al consumidor que le compra a otro o que no paga, entre muchas otras causas. Al interior de la ‘olla’ no son comunes los homicidios, sin embargo, su entorno si aporta, en gran medida, al aumento de los casos que registra Bogotá.

Hoy las autoridades hablan de cuatro ‘cartuchos’, tipo Bronx, además del despliegue de ‘ollas’ menores en zonas residenciales de localidades periféricas como Bosa, Kennedy, Suba, San Cristóbal, Ciudad Bolívar y Usme, pasando por innumerables expendios callejeros regados en toda la ciudad. Este sistema, además de desconcentrar la venta de estupefacientes y llevarla a entornos más cercanos al consumidor, busca proteger el mercado, como ya se mencionó.

‘El Amparo’ es una de esas ‘ollas’ periféricas. Se ubica en la localidad de Kennedy, en el entorno de la central de abastos más grande del país, Corabastos. Según los habitantes del sector, el expendio llegó al barrio hacia el año 2000 tras la aparición de varios lugares dedicados al reciclaje que atrajeron habitantes de calle, recicladores, coteros y carromuleros. A todo esto se sumaron las vías destapadas y la poca presencia policial, caldo de cultivo para instalar puntos de venta de estupefacientes.

Hoy en día, operan en esta zona por lo menos tres estructuras delincuenciales que han manejado el expendio desde que se creó. Allí las disputas y los homicidios son constantes debido al incumplimiento de los acuerdos que existen entre estas organizaciones. La Policía interviene y hay capturas, pero el negocio se mantiene, la estructura se renueva fácilmente y las disputas persisten.

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[1] “Guerra por minería y narcotráfico aumentó los homicidios en Bogotá”. El Tiempo, 7 de enero de 2015. Leer más

[2] “Lo que esconden las cifras: En 2014 bajaron los homicidios pero persisten dinámicas criminales”. Fundación Ideas para la Paz, 18 de febrero de 2015. Leer más

[3] “Microtráfico en Bogotá mueve al mes $30 mil millones por estupefacientes”. El Espectador, 12 de diciembre de 2014. Leer más

[4] “Ollas: la Policía intervino pero persiste el problema”. Fundación Ideas para la Paz, 9 de julio de 2013. Leer más

[5] El papel de estos negocios es vital para una ‘olla’. Además de atraer al consumidor de basuco (una de las drogas que genera mayor adición, por lo tanto, mayor rentabilidad), permite establecer diferentes mecanismos de intercambio, como droga por reciclaje. En esa medida, la moneda termina por perder valor al interior de la ‘olla’.

[6] En inmediaciones al Bronx existen, por lo menos, tres ‘ollas’ más: San Bernardo, Cinco Huecos y la Favorita. Con cada golpe fuerte que propina la Policía al Bronx, los consumidores se alejan un tiempo, se desplazan a estas otras ‘ollas’ que configuran el sistema del Bronx. Así la demanda se mantiene pero el movimiento al interior de la olla mayor que calma de forma momentánea, para luego reactivarse. Incluso, con estos golpes el precio de la droga casi nunca se altera a pesar de perder flujo de compradores y si lo hace no es por un tiempo mayor.