Esta columna fue publicada el 30 de Octubre de 2014 en el portal La2orillas

He leído con detalle y mucho interés el texto titulado “Las 68 capitulaciones de Santos en la Habana”, así como las respuestas que ofreció el Gobierno nacional ante semejante andanada uribista. También he seguido con atención las diversas reacciones y reflexiones que varios opinadores y expertos han hecho sobre el particular. Unos, como siempre, más airados que otros. Mi conclusión: le agradezco enormemente al Centro Democrático su laboriosa tarea, pues, gracias a ella, tengo una nueva visión sobre los acuerdos de paz.

Hace algunas semanas, cuando el Gobierno y las FARC decidieron publicar los textos que se han concertado con paso lento en la Habana, muchos nos volcamos a ellos esperando encontrar en sus líneas algunos indicios para una nueva Colombia. Quisimos encontrar en estos pactos, hasta hace poco confidenciales, esas buenas señales, esos buenos augurios. Ese aroma que precede a la buena mesa. Hurgamos con impaciencia, procurando leer el inicio de la solución a muchos de los problemas de nuestra adolorida patria. Sin embargo, en términos generales, lo que hallamos allí fue un plan para cumplir lo que ya dice la Constitución y muchas de las leyes que ya tenemos en el país. Propuestas encomiables, pero poco novedosas, para generar dignidad en donde hay pobreza, para pagarle una deuda histórica a los campesinos, para ampliar el abanico de opciones electorales y para acercar el Estado a los ciudadanos.

De hecho, en algunos puntos, como los tocantes al narcotráfico y la participación ciudadana, las medidas propuestas resultan trasnochadas y hasta retardatarias. Sobre las drogas el acuerdo es poco progresista. Parte del supuesto de que el narcotráfico es un problema que se debe (y se puede) erradicar y, sentado en la noción del prohibicionismo, utiliza un lenguaje contemporáneo para proponer las medidas que venimos discutiendo hace más de veinte años. A propósito del segundo punto que menciono, el acuerdo nos expresa, como si fuera una gran novedad, que el Sistema de Planeación participativa del desarrollo no funciona en Colombia, y que los Consejos Territoriales deben ser apoyados para que la gente ayude eficazmente a decidir para dónde vamos.

Nuestra lectura inicial fue agridulce. Mucho ruido y pocas nueces. ¿Estas son las transformaciones que quería la FARC? ¿Por esto persistió tantos años en el monte? Un poco más de lo mismo que ya sabemos, con mucha pompa de por medio. Pongamos los pies sobre la tierra: ¿qué se podía esperar de dos conservadores discutiendo sobre el futuro de Colombia? Por un lado, un establecimiento en esencia retardatario, que quiere que todo cambie haciendo las cosas igual, concentrado en la maquinaria partidista, en la mermelada y en la discusión de la política manuda y, por el otro, un grupo armado ilegal, de herencia tan campesina como goda y machista. Que maltrata mujeres, recluta niños, expide manuales de convivencia y predica una diatriba bucólica y moralizante al mejor estilo del padre Astete. La democracia para el primero es la pantomima electoral con visos de reality show y, para los otros, la versión marquetaliana del totalitarismo rural soviético, en donde la alienación no va por cuenta del consumo sino de la ideología.

Sin embargo, justo en ese momento, en medio de esa desapacible melancolía, fue que llegó el texto del Centro Democrático, y, con él, una nueva luz lo impregnó todo. Por supuesto, lo que nos hacía falta era exagerar un poco, tergiversar con sutileza y leer entre líneas. Lo que teníamos que hacer era imaginar con intereses externos más allá de lo escrito. Y esa tarea, tan incómoda que nos ahorró el CD, nos permitió ver cosas que no habíamos visto.

En una reorganización, sobre – interpretación y lectura alternativa de lo que dice el acuerdo, el uribismo señaló que lo que está escrito permite concluir que: “Todos los beneficiarios de la repartición de tierras serán también beneficiarios de los programas de vivienda, educación, crédito, adecuación de tierras, proyectos productivos, etc,”. También dice que “en contravía del desarrollo moderno de la agricultura, que exige grandes inversiones en extensas plantaciones, el acuerdo busca desconcentrar y repartir la propiedad” y que “la mayoría de los planes y programas que se plantean en el acuerdo, solo están dirigidos a la economía campesina, familiar y comunitaria”. También afirma el CD que las FARC “exigen la conformación en el nivel local, regional y nacional, de veedurías, observatorios y sistemas de rendición de cuentas de los compromisos gubernamentales” y que “el acuerdo parte de la base de que en Colombia la democracia es estrecha, no es pluralista, y no hay garantías para la participación y la inclusión política”.

Qué grata es la lectura del uribismo en estos y en otros puntos, y cuánto nos alegra saber que ese proceso de paz sí pueda, en la realidad, ser una oportunidad de cambio. Estas ideas, tan discutidas por estos días, nos permiten albergar la esperanza de una nación en donde las cosas funcionen de manera diferente. En donde apoyemos decididamente la economía de los pequeños campesinos y no los intereses de los grandes propietarios, los cuales, en las economías de mercado, tienen muchas herramientas para protegerse por cuenta propia. Un país en el que el desarrollo con todas sus letras llegue a donde el último colombiano, en el que no haya ciudadanos de segunda clase y en el que la función pública sea un gran orgullo y una gran responsabilidad, más que una oportunidad de robar. Una nación en la que se ejerza una democracia limpia y en la que haya una posibilidad real de oponerse a los actores dominantes. Sobre este último punto, no puedo callar mi extrañeza al leer que al CD le molesta tanto la denuncia de la estrechez de nuestra democracia, cuando ellos mismos han señalado, una y otra vez, que han sido víctimas de un sistema electoral que privilegia a los que tienen el poder.

Así las cosas, sólo nos resta desear con todo el fervor que este proceso de paz llegue a buen término. Porque si, como lo señalan las 68 capitulaciones, estamos en una ruta de transformación verdadera y profunda para Colombia, vamos por el camino indicado. Y aunque nunca pensé que el uribismo tuviera tanta confianza en la voluntad transformadora del presidente Santos (talante del que yo he, en muchas ocasiones dudado), en esta ocasión no tengo otra opción que darle al equipo del CD un profundo GRACIAS. Ahora creo más en el proceso de paz.