Últimamente y de manera sistemática los medios de comunicación han comenzado a visibilizar el problema de la violencia contra las mujeres, crimen que muchos grupos, en especial de mujeres, llevan denunciando desde hace décadas. La forma, en algunos casos, denigrante y revictimizante en que se ha venido haciendo habrá que adecuarla para que los medios asuman responsablemente el tratamiento de esta información. Sin embargo, parece interesante que con ello se cuestionen y pongan sobre la mesa conductas que nuestra cultura ha normalizado y frente a las cuales se ha responsabilizado a las mujeres cuando nos quejábamos de ser objetos de piropos, silbidos, manoseos y agresiones de todo tipo en los espacios públicos.

Una de las formas de violencia que se ha venido visibilizando tiene que ver con agresiones sexuales ocurridas en el sistema Transmilenio en Bogotá. Vale la pena aclarar que además de las manifestaciones de violencia física, también se presentan casos de violencia psicológica, pues hacemos sentir responsables a las mujeres de esas agresiones por el simple hecho de comportarse o vestir de cierta manera. Lo que sucede en Transmilenio -en realidad es el pan de cada día en los espacios públicos y privados- es apenas la materialización de una serie de conductas, pensamientos y sentimientos aprendidos, legitimados y normalizados en nuestra sociedad.

La estrategia policial

Frente a estas conductas violentas y a los cientos de casos de agresiones sexuales denunciados de manera sistemática desde febrero, las autoridades distritales han venido incorporando tímidas acciones para detener a los agresores. Así, el pasado 28 de julio se dio a conocer una estrategia de la Policía Metropolitana de Bogotá, en la cual unas cuantas funcionarias (7) servirían de “señuelo”. Desafortunadamente la estrategia, tal como se ha dicho en varios escenarios, es insuficiente y debería ser cuestionada.

Insuficiente, pues las medidas no pueden ser únicamente represivas o disuasivas. Éstas deberían estar acompañadas, como mínimo, de elementos pedagógicos que además de apuntar a la sociedad en general, sensibilice a todas las entidades del Estado, en especial, las del sistema penal, porque en muchas ocasiones, son estas las que revictimizan y desestimulan a las mujeres en el momento de poner las denuncias. Trabajar en un cambio de enfoque con aquellas instituciones que mantienen una estructura basada en el patriarcado con un poderoso sustento en las diferencias de género, podría evitar que sus acciones fomenten la aparición de elementos discriminatorios entre la población, vulnerando a las mujeres frente a diferentes formas de violencia.

Y, debería ser cuestionada, en la medida que responde de manera populista frente al boom mediático, basándose en la reproducción de estereotipos que a diario se utilizan para culpar a las mujeres por despertar pasiones en los hombres, dándoles el poder para manosearlas. Hablando claro, el problema no es que las policías jóvenes estén vestidas de civil y se infiltren, como se hace en muchas operaciones policiales, es que utilicen ropa ajustada, tacones y mucho maquillaje que hace que el imaginario colectivo continúe creyendo que son sólo este tipo de mujeres quienes son víctimas de acoso, cuando las mujeres en general -tal como lo afirmó Olga Amparo Sánchez, directora de la Casa de la Mujer- son víctimas de violencia. El problema es que expongan a nuestras mujeres policías a ser manoseadas y agredidas con el fin de obtener operatividad para la institución policial y afirmar que las autoridades están controlando o previniendo este flagelo.

Trabajar en un cambio de enfoque con aquellas instituciones que mantienen una estructura basada en el patriarcado con un poderoso sustento en las diferencias de género, podría evitar que sus acciones fomenten la aparición de elementos discriminatorios entre la población, vulnerando a las mujeres frente a diferentes formas de violencia.

Corresponsabilidad

Además de las instituciones del Estado, la sociedad colombiana es también responsable de las conductas misóginas y violentas contra las mujeres. Si bien se cuestiona la estrategia puesta en marcha por la Policía en Transmilenio, la responsabilidad no es única y exclusiva de esa institución. Lo visto es que estas políticas y estrategias contienen un alto sesgo de género y está confirmado que los programas que obligan y sancionan a los hombres tienen poco efecto, por lo que es hora de abrir más escenarios de debate y reflexión, cuestionarnos desde lo individual, desde las construcciones de redes y relaciones que hacemos en nuestra cotidianidad. La estrategia debe ser compartida, incluyendo no sólo a quienes actúan bajo el modelo clásico de masculinidad, sino también a hombres y mujeres que ven el problema como algo externo, que no (se) cuestionan, que aplauden, que normalizan estas acciones.

De ahí que sea importante cuestionar aquellas medidas que segregan y que no proporcionan elementos de respeto y convivencia entre los géneros, y hacer énfasis en varios ámbitos institucionales de la sociedad donde se planteen estrategias efectivas y transversales de prevención de la violencia de género, pues de esta forma se reestructurarían los conceptos previamente establecidos por el sistema patriarcal.

Es evidente que el modelo machista sigue imperante a pesar de tantas luchas y por ello la importancia de usar la perspectiva de género como eje transversal en el proyecto de cualquier institución, trascendiendo aquellas estrategias o actuaciones aisladas que pueden ser interesantes, pero que son poco sostenibles en el tiempo y tienen poco impacto en el cambio de comportamientos, sentimientos y actitudes frente a las desigualdades y a la discriminación.

Ojalá que la promesa de construcción de paz con equidad y educación, tema central de la posesión del presidente Juan Manuel Santos el pasado 7 de agosto, continúe con los lineamientos de la Política Nacional de Equidad de Género lanzada en 2013. Para ello es necesario que el Estado colombiano continúe reconociendo las desigualdades entre hombres y mujeres, e incorporando, empoderando y visibilizando a las mujeres como sujetos autónomos y con poder de participación, decisión y aplicación de este nuevo proyecto de paz.