Esta columna de opinión se publicó el 5 de enero de 2018 en Portafolio

La campaña presidencial para el 2018 está para alquilar balcón. En su primer capítulo, presenciamos gran cantidad y variedad de precandidatos inscribiéndose por firmas, una solitaria consulta partidista y una singular selección por encuestas. Ya tenemos candidatos con nombre propio y en el segundo capítulo estas personas tendrán que socializar sus propuestas específicas y concretar (o no) alianzas programáticas. El tercer y último capítulo será de alianzas estratégicas necesarias para llegar a la segunda vuelta y ganarla.

A la vez, hemos superado el primer año de implementación del Acuerdo de Paz con un balance, cuando menos, agridulce. Y, aunque los candidatos intentan desmarcarse de este asunto, no debemos olvidar que la posición sobre la paz, en concreto sobre combatir o negociar con las guerrillas, prácticamente ha definido las últimas cinco elecciones presidenciales en Colombia.

Por lo anterior, ahora que estamos pasando de concretar el nombre del candidato a los contenidos de sus propuestas, es importante aportar al debate sobre implementación de los acuerdos de paz. Sin duda, los respectivos compromisos de campaña impactarán los resultados de las elecciones y con ello la agenda del próximo gobierno.

Un aporte sustantivo está en dejar atrás la noción de ‘todo o nada’, que ha rodeado al Acuerdo. Recordemos que el principio rector para la negociación fue el famoso “nada está acordado hasta que todo esté acordado”, muy útil para avanzar en una negociación, pero que en campaña y fase de implementación debe replantearse.

La noción de todo o nada también orientó la refrendación del Acuerdo. En el plebiscito votamos ‘Si’ o ‘No’ a un texto de 297 páginas. El ‘No’ ganó por un estrecho margen, y ese triunfo, inesperado hasta para sus propios promotores, generó incertidumbre. Hubo movilizaciones ciudadanas proacuerdo, el Presidente recibió el Nobel de Paz, el gobierno recolectó propuestas de los promotores del ‘No’ y las llevó a La Habana; unas se incorporaron, otras no. Se formuló una segunda versión del texto que fue presentado al Congreso y refrendado. Fue un camino espinoso que le dio salida legal a lo negociado, pero quedó la sensación de un país dividido, paradójicamente, frente al Acuerdo.

Si el enfoque todo o nada, cumplir o incumplir, continúa en la campaña presidencial se restringe un debate que podría ser muy rico en detalles, en especial, al referirnos a un texto de 310 páginas con disposiciones sobre reintegración de la guerrilla, desarrollo rural, cultivos ilícitos, participación en política y reparación de 8 millones y medio de víctimas en Colombia.

Negar el Acuerdo o cumplirlo al pie de la letra son las opciones menos imaginativas ante esta variedad. Cambiarlo por otro no garantiza que las cosas funcionen mejor, al tiempo, algunas disposiciones no están dando los resultados esperados. Entonces, ¿hay que seguir con ellas solo por cumplir?

Qué tal si la campaña presidencial ayuda a evaluar el ritmo de la implementación, y permite preguntarnos: ¿qué está funcionando y qué no?

Qué tal si el debate entre presidenciables nos ayuda a conversar, de forma transparente y con amplia participación, sobre esas preguntas y buscar alternativas concretas.

Y si lográramos concertar ajustes que impliquen cambios al texto acordado, ¿por qué no hacerlos en el próximo gobierno?

Unas campañas en clave de evaluación y ajuste, además de ayudar a mejorar los resultados de lo acordado, podrían favorecer la reconciliación. Reconocer que algunas cosas han funcionado mejor de lo esperado y que otras no, como se esperaba, ayuda a abonar un terreno medio entre el todo o nada.

En el 2005, Jhon Paul Lederach publicó su libro La imaginación moral, en el que demuestra que la clave para construir la paz pasa por la “capacidad de imaginar algo enraizado en los retos del mundo real, pero a la vez capaz de dar a luz aquello que todavía no existe”. En época de campaña, tomemos en serio esa consideración.